Por Natalia Sierra.

La humanidad vive momentos excepcionales, no solo por la difícil situación sanitaria que enfrentamos como sociedad global, sino por los cambios abruptos en nuestra forma de vida –más moderna para algunos, menos para la mayoría- que esta emergencia sanitaria ha provocado. A pesar de todas las advertencias que anunciaban la llegada de una situación tan difícil como la que experimentamos en este siglo, nunca las tomamos en serio. Quizá porque la industria cultural norteamericana nos invadió con películas de catástrofes y serie apocalípticas tan inverosímiles como cómodas, las advertencias verosímiles de la catástrofe sanitaria que hoy enfrentamos se convirtieron en ficción. Nos acostumbraron a las catástrofes ficcionadas de Hollywood, donde siempre el Estado norteamericano, posicionado como estado mundial, salvaba a la humanidad del asteroide, de la invasión extraterrestre, de la conspiración ruso-china, del terrorismo islámico, de los narcotraficantes latinoamericanos, etc. Así, nos hicieron creer que estábamos a salvo de cualquier catástrofe gracias a la “valentía” y “generosidad” norteamericana y sus aliados.

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Lo cierto es que la catástrofe llegó, no por el asteroide ni por los extraterrestres, ni siquiera por las conspiraciones de los enemigos de occidente, que al final juegan en el mismo tablero de ajedrez capitalista. Llegó de la mano de un pequeño organismo biológico, sea fabricado artificialmente o producto de su propio desarrollo y mutación biológica – esa respuesta que algún día la tendremos, por ahora no es tan importante –. Sin embargo, ese pequeño organismo no es el responsable de esta tremenda crisis humana. La emergencia y el colapso sanitario que enfrentamos tienen que ver con la manera en que el capitalismo ha dirigido la modernidad globalizada, es decir con las dinámicas gubernamentales económicas, sociales, culturales, ideológicas y tecnológicas que impuso al planeta como forma de la vida humana.

El alcance de esta catástrofe va más allá de la pandemia que ha sitiado a los humanos. Esta lamentable dolencia destapa otras enfermedades que el capitalismo colonial y patriarcal ha creado y viralizado por todo el planeta y que, a su vez, explican la virulencia de este organismo. Los peores virus capitalistas son: 1) La destrucción ambiental y la extinción de cientos de especies animales que cohabitan con nosotros en el planeta. Exterminio perpetrado por las fuerzas productivas–destructivas capitalistas que, obviamente, genera un desequilibrio biológico que pone en riesgo también la vida humana. 2) La destrucción sistemática de los territorios y comunidades de vida diferente y alternativa al capitalismo, como son los pueblos ancestrales y campesinos que por miles de años han cuidado la naturaleza que nos acoge, desastre que ha provocado un desequilibrio social y ambiental que pone en riesgo a millones de seres humanos que son obligados a desplazarse a los centros capitalista locales o globales, generando una peligrosa concentración urbana, que hoy nos pasa factura. 3) La destrucción salvaje de la dimensión femenina de la sociedad que contempla fundamentalmente esa capacidad humana de cuidar la naturaleza, cuidar a las otras especies animales y vegetales y cuidarnos como humanidad. Este salvaje ataque a lo femenino se hace visible en la violación a la naturaleza, a la comunidad y a la sociedad en sus espacios de cuidado, como son, fundamentalmente, la salud, la alimentación la educación, el arte, la vivienda y la cultura. Espacios de cuidado que han sido brutalmente desmantelados a nombre del crecimiento económico y el libre mercado. Ahora, cuando el “virus enemigo ataca”, nos damos cuenta de que sin el cuidado no hay vida.

Aquí nos encontramos encerrados en nuestras celdas urbanas, mirando aterrados cómo el pequeño organismo “amenaza nuestra vida”. Una vida perfecta para los pocos responsables y ganadores de la catástrofe, una vida cómoda para los de las clases medias que cada vez son menos y una vida impuesta, precaria y en muchos casos miserable para la mayoría que la viven como tragedia, esos a los que les tienen que obligar con el ejército a quedarse en una casa que muchos no tienen. Aquí nos encontramos en una grieta histórica, que detiene el relato dominante del progreso capitalista y su obscena producción y su perverso consumo. Aquí nos encontramos encerrados en nuestra jaulas de concreto, mirando -los que pueden por sus ventanas y balcones y lo que no por sus aparatos tecnológico- a los animalitos salir del confinamiento al que les condenamos hasta que les llegue la hora de su extinción. Ahora quizá ellos miren dese afuera la hora de nuestra extinción. Aquí nos encontramos mirando como la naturaleza respira y sana sus pulmones mientras los nuestros están en riesgo. Aquí nos encontramos mirando sorprendidos que o nos salvamos todos, sobre todo aquellos a los que siempre miramos desde arriba, desde nuestras ventanas y balcones, o no se salva nadie.

En esta grieta histórica provocada por el pequeño organismo -lugar que no está arriba ni abajo, ni a la derecha ni a la izquierda, ni en el centro ni en la periferia, ni en el norte ni en el sur- asistimos a la última cita con nuestra finitud. Este es el momento de aceptar nuestra indigencia humana, ser humildes y agradecidos con la vida y con el hospedaje natural que se nos ha ofrecido. Humildad con la dignidad suficiente que nos permita enfrentar al enemigo real – el capitalismo patriarcal y colonial- y no permitir que esta catástrofe lo alimente y lo fortalezca. Tenemos la oportunidad excepcional de torcer la historia y abrir caminos hacia otras formas de vida humana, que no destruyan la naturaleza; que no se apropie de los territorios que les corresponde a las otras especies animales; que no expropie, acumule y concentre en pocas manos humanas lo que nos corresponde a toda la especie para tener una vida plena y respetuosa con lo que no es humano; que cuide lo femenino que nos cuida. Si no somos capaces de hacerlo, quizá no nos merecemos esta gracia cósmica.

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