Por Juan Cajas

Cuando la adolescencia te señala, por más que trates de esconderte tras las cortinas bordadas de tu casa; cuando la miseria, la inequidad, la miseria, provocan que tus pupilas disciernan entre la belleza arquitectónica de Quito y sus calles largas y empinadas, con farolas rotas, con las caras tristes de las gentes, empezarás a tomar partido.

Club de Leones

Entenderás, que recorrer los recovecos, a oler el continuo vaciar de vasinillas depositadas cuotidianamente en las calzadas de La Ronda; el tenue despertar de los menestorosos anclados, sin hogar, de madrugada, en los portales de las clásicas plazas eclesiales; es tu ciudad.

Deberás entender que las misiones, disputándose los favores de la corona, sembraron en el parto de aquel Quito, de ancestros de los hijos de la Tierra, sus enjambres.

San Francisco, jesuíta, habría de guiar a sus adláteres a tomar la plaza, a erigir el templo y su comarca. Los Dominicos, no podían quedarse atrás en la batalla, establecieron su local  y su convento –Santo Domingo-. Los Mercedarios, duros huesos de roer, a pocos metros de los  franciscanos, cerca de lo que bautizaron como vergel, también hicieron su iglesia y su castillo, y crearon La Merced.

El Palacio de Carondelet, centro de toda actividad, debía ser cercado- por si las moscas- dijo algiuien. Entonces, rodeado, cobijado por los cielos y los Santos, el gobierno de ese entonces, debería comulgar a discreción entre las tribus de Jerusalem.

Eso es Quito, majestuoso, con incomparables templos, recomendados por los dominantes del turismo, que  conminan a no moverse fuera del entorno colonial. Pero a pocas cuadras, gente llena de hambre, hacinada y con angustia, sobrevive de la magia de su incomparable artesanía, con su coloquial amor a su terruño. Los Curas, al ver tanta belleza, cercaron con iglesias, templos y conventos a lo que entonces, era, nada más y nada menos, que el Centro de aquel majestuoso Reino de Los Quitus.

La Historia, te ha escogido, ya no se trata  de derrumbar conventos, se trata, de tomar a cada rato, como tuya cada plaza, se trata de plantar las banderas justicieras y dejar sembrado en cada recoveco, las virtudes y sapiencias de todos tus ancestros. Ellos,  sabios y alejados de toda inequidad, vivían entre nardos, entre iguales, sin conocer, la pandemia horrorosa de la desigualdad.

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