Propuestas (I). Sobre la política económica.

Esta no debe tener un alma propia, como hoy se le atribuye, sino que debe ser un instrumento subordinado a la generación de la política de salud pública, su verdadero fundamento como guía de reestructuración completa de la producción y de las formas sociales de su consumo, y que también requiere sujetar a la política educativa.
Sin formación de la persona sana y educada como eje y acción vital de toda política económica para formar el placer de vivir, el auténtico producto del proceso económico tal como lo formuló Bergson, ella verdaderamente no existe.
Estar sano es una cualidad que debe derivarse de la organización social de la producción que demanda cumplir requerimientos materiales estrictos respecto a cantidad y calidad de productos y procesos, y de necesidad de abastecimiento en tiempo real. Y para esto no existen mejores parámetros de organización que las limitaciones físicas del cuerpo humano, y por extensión de las especies que le sirven de alimento.
Por ejemplo, se sabe que a los 70ºC de temperatura la muerte es inexorable y que a los 41ºC de temperatura las células humanas empiezan a morir, que únicamente podemos soportar hasta 55 decibeles sin que se altere la salud y que somos capaces de tolerar 110 decibeles por no más de 1 minuto y 30 segundos, que bajo la influencia del grado de temperatura, edad y estado de salud individual, podemos estar hasta una semana sin beber y hasta 42 días sin comer pero con una hidratación suficiente, se sabe también que nos es imposible estar más de 5 minutos sin respirar y que también no podemos existir en áreas inundadas y que hay límites para tolerar la mala calidad del aire, lo que incluye los malos olores.
Restricciones como éstas y los tiempos de tolerancia física frente a ellas dan la pauta de los límites que la producción social no debe transgredir y cuya organización debe respetar, producir y cuidar. Límites que dan la pauta de las urgencias para actuar y del sentido de seguridad y soberanía para tener, como Estado Nacional, una población sana y protegida, en la mayor medida posible, contra los desastres, naturales o no.
Elementos como estos generan interconexiones insospechadas como el vínculo entre la salud de las personas con una ingeniería sismo-resistente. Lo mismo atañe a la arborización completa de las ciudades para regular su temperatura interna y proteger a sus ciudadanos de la radiación ultravioleta. Esto por igual abarca la necesidad de que la persona sana lo sea, también en parte, por vivir con garantías frente a riesgos de inundaciones del hábitat en la que existe y por tener la certeza de que la política referida a la persona sana incorpora la salud de los alimentos que ingiere y la salud de los procesos que los elaboran.
No deben propiciarse cambios tecnológicos que estén fuera de estos objetivos. Transformar plásticos en combustibles va en una dirección correcta, pero reemplazar el motor de combustión interna por motores eléctricos va en un mejor sentido como política de salud pública por elevar la calidad del aire que se respire.
El mayor defecto de la política económica, como se ve, es no poder transformar la producción, algo que para una política de salud pública, estructurada como política de cero hospitales, cuestión que es plenamente compatible con la generación de la persona sana, es un asunto insoslayable e imprescindible.

Club de Leones
Propuestas (II) Exigencias para recuperar la moneda nacional.

La existencia de la canasta de monedas que cumplen, según el FMI, la función de instrumento de reservas en el mercado mundial, formada por un muy selecto y reducido grupo de monedas al que se acaba de incorporar muy recientemente el Yuan, deja entrever que la circulación mundial del dinero no pudo conservar su separación de su forma de moneda, disociación observada por Marx en su tiempo al hablar del rol del dinero en las relaciones internacionales. Este fenómeno es ilustrativo de la imposibilidad de que el Estado no se involucre en el concepto de dinero, razón de toda disimilitud entre dinero y moneda, pero también de las diferencias de poder entre los Estados Nacionales en la órbita del mercado mundial.
Existe un total de 194 países y solamente son 5 las monedas que integran la canasta de reservas del FMI, entre ellas el Euro, la única moneda supranacional, empleada por 19 de los 28 países que constituyen la Unión Europea.
Sobre esta base no es difícil imaginar imposibilidades. Por ejemplo, que la reciente incorporación del Yuan hace más improbable aún la existencia de un escenario mundial organizado desde una única moneda nacional. La dolarización o yuanización del mundo, por caso, incluso en las órbitas de circulación interior, y referida a todas las funciones del dinero suenan a fantasías como proyectos de hegemonía a nivel mundial, incluso porque ambos países tienen dientes nucleares.
Mucho más probable, como proyecto de poder, es que toda circulación del dinero, interior o no, asuma la forma de depósito bancario, como condición universal del integración financiera. Sin embargo, no podríamos hablar de que actualmente no existan disputas por hegemonía. Hoy el mercado mundial sufre el uso del dólar como arma a través de la capacidad del Estado emisor de permitir o no el uso de su moneda, clara expresión bélica de un nacionalismo monetario en un mundo multipolar que parece exigir también la extinción de toda unipolaridad monetaria, y no simplemente el paso de un nacionalismo monetario hacia otro, aunque la disputa entre el dólar y el Yuan parezca sugerirlo.
Curiosamente Hayek, ferviente partidario de la competencia entre dineros para que sobrevivan los más estables, fue contrario a todo proyecto monetario hegemónico al hablar de la necesidad de desnacionalizar el dinero o, lo que es igual, de desvincular al Estado del concepto de dinero mediante la competencia privada.
No es difícil imaginar un mercado mundial sin la injerencia monetaria de ningún Estado, una forma de extinción de todo imperialismo monetario. No es dificultoso imaginarlo si pensamos en el oro, que únicamente es posible de extraer, que es imposible de emitir sin haber sido extraído y que no requiere ser amonedado para el mercado mundial. Pero tampoco sería difícil suponer que se le asignan diversos nombres monetarios a un mismo y determinado peso de metal para referirse a la propiedad y procedencia de él. Significaría que Bretton Woods reapareciere como una condición universal asequible a todos los Estados Nacionales y no como proyecto hegemónico de uno de ellos o de pocos. Así toda moneda nacional funcionaría como divisa mundial por tener un corazón aurífero y bajo el mantra de un comercio mundial compensado. Imaginar un mundo así va en la dirección de convertir en políticamente inevitable lo que hoy es políticamente imposible.
Un mundo así, parece un proceso ya en desarrollo. Usar la propia moneda nacional como divisa para las relaciones bilaterales entre países es un fenómeno observable. Escenario negado para Ecuador por asesinar su moneda, pero situación políticamente reversible, sobre todo si adviene una voluntad política que permita circunscribir el uso de los tesoros privados y el desarrollo de la minería metálica a la emisión y sostenimiento de una moneda propia y de manera urgente.

Propuestas (III) Reorganizar al sistema bancario.

Todas las funciones atribuibles al dinero derivan de su naturaleza como institución integradora del mundo mercantil. Esta condición de nexo universal lo tipifica, esencialmente, y para este comentario, como medio general de compra, de pago y de conservación del valor. Lo primero hace referencia a que es imposible tener dinero para consumirlo, sí para ser gastado, y hacerlo es transferirlo, pasarlo incesantemente de unas manos a otras. Lo segundo atañe a la posibilidad de compra pese a no tener dinero en el presente. Y, lo tercero, alude a que el dinero, para que sea posible transferirlo, siempre, debe ser, por sí mismo, físicamente indestructible. No es todo. Dado que el dinero compra producción, por ser medio general de compra, lo que se transfiere siempre es su poder adquisitivo. Por esto, la forma moneda del dinero, la implicación del Estado en el concepto de dinero, debiera someterse inapelablemente a estas condiciones.
La moneda debiera permitir conservar valores, poder ser transferida y prestada sin sobresaltos y ello por no perder su magnitud de capacidad adquisitiva. En suma, la gestión estatal de la moneda, como representante del dinero, estructura de manera fundamental la política de proteger los derechos de propiedad de las personas. Por tanto, todo ataque a la calidad de la moneda, por ser signo de dinero, llámense endeudamiento externo improductivos, emisiones inorgánicas de moneda, devaluaciones monetarias y crisis financieras deben criminalizarse por ser formas de ataque a los derechos de propiedad privada de los ciudadanos.
Por ejemplo, las quiebras de las empresas que no pueden sostenerse a los precios de exportación vigentes en los mercados mundiales son enteramente saludables y preferibles a las devaluaciones monetarias.
Las quiebras reducen el valor de las empresas, se abaratan, pueden ser adquiridas por remate si aún son viables y, por lo mismo, estructurar costes de producción más bajos para volver a vender y ganar mercados. No dejar que las empresas quiebren es lesivo a los derechos de propiedad.
Otro, ejemplo. La AGD (Agencia de Garantía de Depósitos), institución formada en Ecuador para dejar cerrado por entero los efectos de la crisis financiera de 1999, crisis que terminó con el asesinato del sucre y sin modificar el sistema de banca que colapsó, el de reserva fraccionaria o de encaje bancario, precisó que la crisis financiera había significado una pérdida de 8.500 millones de dólares, claramente expresada, por caso, en la inflación de moneda a favor de los bancos que la precedió y en la huída de la población desde el sucre hacia el dólar.
Ahora bien, esta forma de hablar puede dar la impresión de que esa masa de dinero se volvió cenizas y no de que su poder adquisitivo, en realidad, fue transferido con violencia desde unos bolsillos hacia otros y con activa participación del Estado. Antes de ese crack, recordamos, se decía, no hay créditos en sucres, sólo tenemos créditos en dólares. El cliente firmaba los pagarés en dólares y, automáticamente, se le ofrecía el canje de dólares a sucres, estimulando artificialmente el negocio cambiario mediante la dolarización de los créditos y sin que existan dólares para ser prestados. La Banca basada en el sistema de reserva fraccionaria, y no sólo en Ecuador, tiene malos antecedentes y los describe muy bien Huerta de Soto. Es un peligro para proteger la calidad de la moneda. Todos los beneficios que se le atribuyen a la dolarización, y que protegen el poder adquisitivo de la circulación del dólar en el Ecuador, radican en que es imposible para el Banco Central inflar la cantidad de esa moneda a pedido de los Bancos. Y no por esto los Bancos han dejado de ser lo que son, instituciones basadas en el sistema de reserva fraccionaria, proclives a la inflación de créditos por prestar por encima del ahorro existente.
Si alguien hablase de que existe garantía de depósitos se puede responderle que tal garantía es inexistente para una crisis sistémica. Ahora bien, que una potencial crisis financiera no pueda ser resuelta por la vía de las inflaciones de moneda, la Reserva Federal no emitiría para los Bancos de Ecuador, sólo indica que la solución a esa crisis no tomará esa vía, pero no por ello sería menos traumática. Por esto es que una recuperación de la moneda nacional, por las razones aludidas en Propuestas (II), es impensable sin reorganizar el sistema financiero, sin el fin de la Banca basada en el encaje bancario como eje de una nueva norma de solvencia y de liquidez. Se precisa una Banca de emisión, otra de depósitos cuyo eje sea la custodia de valores, y otra de créditos e inversiones, forma de establecer límites más precisos entre las funciones de medio general de compra y de pagos del dinero. La primera cuida la calidad de la emisión, la segunda imposibilita toda inflación de la demanda y la tercera, distribuye ganancias y pérdidas a quiénes corresponda y sin que se pueda formar crisis sistémica alguna, porque créditos e inversiones no serían mayores al ahorro existente, al dinero ahorrado para prestar o invertir.
Como bien anota McMillan deben desaparecer las garantías estatales, y más en libre competencia, en sus palabras: “la organización del crédito necesita permitir que se materialicen los riesgos, igual que una póliza sensata de seguros contra incendios no se basa en el principio de suprimir el fuego a toda costa”, la muerte no puede eludirse. La Banca de Emisión y la Banca de depósitos, debieran trabajar bajo la esfera pública y únicamente la Banca créditos e Inversiones quedaría en la esfera privada. De esta forma se rompe el nexo entre depósitos a la vista, crédito bancario e inflación de créditos y se garantiza la calidad del dinero – y de su signo – como modo principal de expresión y de protección de los derechos de propiedad.

Propuestas (IV) Inclusión financiera pero sin desaparición de la circulación física del papel moneda.

La naturaleza integradora del dinero, vista desde su función como medio general de compra, tiene efectos distintos al discriminar el consumo entre personal y productivo, pese a que ambos resultados se expresen mediante la misma fórmula: la convertibilidad mutua entre dinero y mercancía y enfrenten los riesgos o incertidumbres implícitos respecto al cambio de mercancías por dinero, identificados por Marx como el salto mortal de la mercancía, esto porque sólo la oferta útil crea su propia demanda.
Imaginemos, y para ejemplificar, que alguien supone, como proyecto de inversión, que la forma más eficaz de vender tomates es transformándolos en salsa de tomate. En este caso el intercambio de tomates por dinero no estará referido al consumo personal, a que sea comprado por una ama de casa para utilizarlo en preparar el almuerzo de ese día, sino que aparecerá como parte de las adquisiciones que es preciso hacer y que permitirán su consumo productivo, su transformación a futuro en salsa de tomate. Bajo este prisma los riesgos e incertidumbres inherentes al cambio de tomates por dinero lo serán ahora del cambio de salsa de tomate por dinero. Si bien el ama de casa puede usar la tarjeta de crédito para comprar los tomates que necesita para preparar la comida del día, lo propio de la Banca, como institución centralizadora de dinero, es la financiación del consumo productivo, esto es, de los proyectos productivos de los empresarios. Si, y para seguir con el ejemplo, la conversión del tomate en salsa de tomate significa una inversión de $ 20 millones y el emprendedor sólo puede ahorrar $ 50.000 por año, él sólo podría efectuar su proyecto 40 años después. La Banca al centralizar los ahorros privados e individuales, evita la espera o la reduce significativamente, es su función productiva básica.
Comprometidos los fondos, Banca y Emprendedor marchan juntos y si los consumidores en el futuro no comprasen la salsa de tomate sufrirán las consecuencias de la financiación de ofertas finalmente inútiles, sobre todo la Banca si garantizó la devolución con intereses del ahorro centralizado.
Los proyectos de inversión pueden fallar, ciertamente, la Banca puede equivocarse. Pero que parte de los ahorros existentes y prestados se transformen en consumos involuntarios sólo tiene consecuencias para los implicados. Esto es idéntico a la defunción de un familiar, sólo genera tristeza a los involucrados, amigos y parientes del difunto, pero hasta ahí.
Pero una cosa es lo referido a los riesgos e incertidumbres de los proyectos productivos y otra, muy distinta, a los problemas derivados de la organización y de otras prácticas posibles de la Banca. Una Banca que financia importaciones que no generan exportaciones en condiciones que el poder adquisitivo de las ventas externas del país se reduce, varios años ya, es una Banca cuya práctica crediticia la coloca ante riesgos e incertidumbre mayores. Y una Banca que no sólo centraliza ahorros sino que también reúne fondos depositados a la vista y destinados al consumo personal, con plazos inciertos de permanencia y retiros, y que toma estos recursos para elevar el nivel de crédito que puede otorgar sobre el nivel de ahorro captado por ella, configura una práctica que la convierte en una Banca mucho más expuesta a problemas de liquidez y de solvencia. Esto si entregase créditos a plazos ciertos con recursos que le son demandados a ella en plazos inciertos; a más entregas, peor. Problemas que se magnifican, primero, porque el fondo de garantía de depósitos no cubre una crisis sistémica y, segundo, por no tener garantizado la existencia de un prestamista de última instancia, sobre todo por trabajar en un país sin moneda nacional.
La extensión de la inclusión financiera, bajo estas condiciones, y la penalización en marcha del uso físico de la moneda empleada, tiene el propósito de sacarle las castañas del fuego. La posibilidad de que cualquier cliente se acerque a las ventanillas de la Banca y solicite sus recursos en efectivo es como un Bretton Woods para la Banca local. La expone, con todas sus consecuencias, a revelar sus problemas de liquidez y/o de solvencia. La penalización del uso del dinero en efectivo y, sobre todo, la extinción de su circulación física es, para la Banca local, igual a la defunción del Acuerdo de Bretton Woods. Si toda la circulación de la moneda se obliga a que se desarrolle sin que el dinero salga de la forma de depósito bancario, de ahí la política de inclusión financiera, retirar dinero físico sería imposible y la Banca podría manejar el nivel de liquidez e insolvencia que quisiera sin correr riesgo alguno de quiebra, el prestamista de última instancia serían sus propios clientes, aunque no lo sepan y lo sufran.
Así se estructura un proyecto de inmortalidad bancaria como expresión de poder real y de acumulación. EEUU se liberó de la convertibilidad de su papel moneda en oro y la Banca aquí se liberaría de toda conversión de sus depósitos en papel moneda. El juego es claro y la impunidad es total, más aún lo sería si el papel moneda retirado de la circulación forma reservas bancarias bajo el mismo control de la Banca privada. Libertad absoluta de emisión de papel moneda, respecto a EE UU, en un caso, y libertad completa de creación de depósitos bancarios respecto a la Banca local, en el segundo. Nadie niega los beneficios de la circulación electrónica del dinero, pero ellos no deben obtenerse sin restricciones.
No se debe eliminar el Bretton Woods para la Banca local. Y para ello bastaría que por cada dólar de depósito en la Banca Privada exista en el Banco Central la respectiva cantidad en papel moneda en cuentas individuales para cada banco y que todos los clientes a la vez, o cualquier cliente de un banco en particular, titulares de depósitos en ellos, puedan acercarse al Banco Central, probar sus acreencias contra los Bancos que correspondan, y retirar el efectivo que deseen hasta el límite de sus derechos de propiedad y sin formar crisis sistémica alguna o crisis de algún banco en particular por retiro de depósitos en él.
Una Banca sana no debe escapar del control del Banco Central ni de la vigilancia de sus clientes. Sin ese control la inclusión financiera bien puede representar la más amplia absorción del Estado por ella, la forma más eficaz de privatizar la Banca Central y estructurar su mayor poder sobre el Estado y la sociedad.

Propuestas (V) La Banca de emisión (I)

La producción mercantil que nos rige, sustentada en la división social del trabajo y de los saberes, es un nexo integrador que demanda un comercio o intercambio compensado entre individuos y naciones. Marx usó la fórmula (M-M), intercambio de mercancía por mercancía, para representarla. Expresión que formula 2 principios. Uno, que la producción social es la base de toda relación de intercambio o que sin la producción social ningún vínculo mercantil es posible. Y, dos, que sólo es posible comprar la producción ajena con la producción propia y que es ésta, la producción propia, la única fuente real de toda capacidad de compra y de poder adquisitivo.
Dos principios que rigen la formación del dinero y las interacciones entre mercancía y dinero. Von Mises habló del intercambio indirecto y Marx, en términos lógicos, representó la cuestión así: [M-D-M]. Modo de decir que el dinero no viene desde fuera de las relaciones de intercambio sino que deviene de ellas por estar contenido en ellas, en la misma condición de la producción como fuente de toda capacidad de compra y de poder adquisitivo.
Sobre esta base se habló del sector monetario para referirse a la actividad productiva encargada de producir la mercancía que cumplía la función de dinero en las relaciones de intercambio. El dinero, en consecuencia, jamás podría ser emitido por Banca Central alguna. Si sólo la producción engendra poder adquisitivo y capacidad de compra, entiéndase que siempre hablamos de la producción propia que es útil para otros y que la se enajena mediante actos de intercambio, sólo la producción es y será capaz de generar al dinero, a la mercancía que cumple la función de equivalente general de las mercancías. Por esto es que toda Banca Central sólo puede emitir moneda pero jamás dinero, la emisión de moneda no reemplaza a la minería metálica. La emisión de dinero estará regida, siempre, por los tiempos de la producción, por los tiempos de extracción de los metales que cumplen tal rol y por el rendimiento de las minas. Por esto es que el dinero no puede falsificarse, la moneda sí. Motivo por el cual el oro, el dinero por excelencia, es la fuente fundamental de los derechos de propiedad.
Ello explica la necesidad de una moneda con un corazón aurífero, postulada antes, para recuperar la moneda nacional y la necesidad de que toda la minería metálica productora de metales preciosos, que potencialmente pueden cumplir las funciones dinerarias, tengan constitucionalmente ese rol y bajo el control del Banco Central. El hecho de que sea la producción la que emita el dinero y no el Banco Central determina su rol de darle a la emisión de dinero que proviene de la producción la forma de la emisión de moneda, nada más. Y ésta, la moneda, o el dinero amonedado, sólo podrá emitirse cuando los lingotes de oro lleguen a las bóvedas del Banco Central e incrementen su reserva.
Bajo este prisma toda inflación de moneda, o emisión de moneda sin aumentos de las reservas de oro, es un delito contra los derechos de propiedad y deberá castigarse. Por esto es que la extracción de funciones monetarias del oro mediante su exportación y recepción de dólares para su circulación interior es algo totalmente distinto al hecho de utilizar el rol dinerario del oro, sin exportarlo, elevando las reservas del Banco Central, y emitiendo sobre esa base nuestra propia moneda para su circulación en el territorio nacional.
Renunciar a la tenencia de una moneda propia, teniendo un sector monetario que la sustente, es como intercambiar oro por espejos. Es colocar nuestra minería metálica como sustento de la formación y respaldo de las monedas de otras naciones. Y esto debe concluir. No podemos participar en el mundo multipolar en gestación sin moneda nacional como un instrumento de desarrollo propio.

Propuestas (VI) La Banca de Emisión (II)

El dinero tiene, además de su origen como dinero-mercancía, un nacimiento también crediticio, un hermano mellizo. Mathieu lo caracteriza, desde la forma moneda del dinero, como crédito que circula, que se gasta al ser transferido. Y alude con ello a la necesidad irreductible de tener que comprar con créditos. La explicación es simple. Los tiempos naturales de la producción social o, lo que es igual, los tiempos naturales de gestación y crianza de las especies que nos sirven de alimento, no son iguales. Y sí tendencialmente lo fuesen no tienen, como procesos naturales, la misma fecha de inicio.Esta condición determina una suerte de incompatibilidad con la naturaleza del intercambio, que se organiza sobre la base de simultaneidad entre dar y recibir. En el mismo instante en que es factible entregar arroz será imposible recibir en contrapartida carne de cerdo, ejemplificamos. Criar cerdos lleva mucho más tiempos que criar plantas de arroz. Por esto, por las diferencias de los tiempos naturales de la producción social el crédito está fusionado al intercambio, y desde el principio, él lo hace emerger.
La relación deudor-acreedor, es la expresión siamesa del lazo vendedor-comprador. En el ejemplo el agricultor, por tener un menor tiempo natural de producción, se vuelve acreedor y el ganadero, por enfrentar un tiempo natural mayor de producción, se convierte en deudor. El vendedor devenido en acreedor aceptará siempre, para poder vender, el pagaré emitido por el comprador devenido en deudor. A partir de este hecho no es difícil imaginar la circulación de ese pagaré como medio general de compra hasta que se venza su plazo y pueda ser presentado al cobro ante su emisor. Es por esto que Mathieu, lo reiteramos, define al dinero como crédito que circula y es su circulación la que definitivamente convierte al crédito en dinero. Así el segundo origen del dinero se clarifica.
Hablamos de la producción futura como premisa de toda emisión de dinero limitada por las cuantías, ritmos y plazos de la producción por venir y que cristalizará también bajo la forma de moneda. Y, en consecuencia, hablamos, por la desigualdad en los tiempos naturales de la producción social, de la necesidad imperiosa de comprar para producir, de comprar antes de producir, mientras se produce y antes de vender lo que se producirá, como un hecho social que no puede ser evitado y que obliga, por la simultaneidad inherente al cambio mercantil entre dar y recibir, a la formación del crédito y a su circulación como dinero bajo la forma de papel moneda. Estamos aquí frente a un tipo de dinero que, a diferencia del dinero-mercancía, no tiene vida permanente. Es un dinero que debe ser constantemente creado y destruído. Existe y circula hasta que los plazos que rigen su emisión se cumplan. Fenómeno que nos habla de una emisión de crédito que tiene forzosamente que convertirse en emisión de dinero para poder ser otorgado. Un suceso enteramente distinto al otorgamiento de créditos que hace la Banca como proceso de transferencia de un dinero que posee existencia permanente y que es propio del dinero mercancía y enteramente visible en las funciones dinerarias de los metales preciosos. El punto es que estas 2 formas de otorgar créditos son hoy las dos formas básicas y actuales de organización del negocio bancario, pese a que deben distinguirse e institucionalmente separarse para no alumbrar crisis financieras. Y el hecho es que la Banca privada ejerce funciones de intermediación financiera únicamente cuando otorga créditos por transferencia del dinero ya existente. Y se arroga funciones de sector productivo cuando otorga créditos por emisión de dinero, de créditos que circularán como dinero. Sobre esta base el hecho es que el dinero, originado o no en el crédito, tiene que circular como moneda y que la Banca Privada no puede emitirla, razón por la que toda necesidad de que sus créditos así creados circulen y efectivamente lo hagan bajo la forma de moneda la satisface mediante la toma fraudulenta de dinero ya existente y depositado en sus arcas como fondos a la vista. Y esto por serle imposible tomar con tal finalidad los créditos que se otorgan transfiriendo el dinero ya existente. El corolario de este proceder es su permanente iliquidez. Coloca, para elevar la rentabilidad del negocio bancario, a varias personas a la vez detrás de los mismos billetes, cuestión que la explica a ella como Sistema de reserva fraccionaria o de encaje bancario y como Institucionalidad potencialmente formadora de crisis sistémicas. A menor tasa de encaje, más riesgo y grado de certeza de default. Por esto sólo si la Banca Privada limitase sus créditos a la transferencia del dinero ya existente y que es centralizado por ella como fondos de ahorro, podría soportar sin riesgo de quiebra una corrida bancaria hasta el 100% de los depósitos a la vista. Y éste no es su comportamiento histórico. Lo revela la estafa de 1999, sus balances actuales y el afán de suprimir la circulación física del papel moneda pretextando un derecho universal a la inclusión financiera para eliminar todo riesgo de corrida de depósitos.
Por tal motivo se debe extirpar a la Banca Privada de todo atributo de emisión de dinero y transferirlo al Banco Central para que sea globalmente Instituto emisor, de moneda sustentada en dinero-mercancía y de moneda soportada en los planes de producción futura, liberando a los productores de toda forma de usura financiera privada y de todo despojo a través de las variaciones de precios gracias a la muerte de la inflación. Defender la calidad de la moneda es la mejor opción para el desarrollo real y protección de los derechos de propiedad colectivos e individuales.
La Banca privada debe únicamente funcionar como Banca de ahorro y de inversiones, y nada más. No habría mejor contribución al desarrollo del país que una Banca Privada circunscrita exclusivamente a la tarea de ser, en verdad, intermediaria financiera. No requeriría de un prestamista de última instancia ni grado alguno de cobertura de depósitos si no centraliza fondos a la vista. No hay otro modo mejor de separar al Estado de la Banca. Lo cierto es que el riesgo de colapso bancario no desaparece si pese a que el país no dispone de moneda propia y el Banco Central, precisamente por ello, no puede ser su prestamista de última instancia, la Banca sigue actuando bajo el Sistema de Reserva fraccionaria y, por tanto, sigue colocando a varias personas a la vez detrás de los mismos billetes. La Banca Central puede ser realmente y por entero una Banca de Emisión que proteja en todo momento la calidad de una moneda nacional si, y sólo sí, a la Banca Privada se le impone el que deje de ser un sistema de recaudación de fondos a la vista.

Propuestas (VII) Banca de fondos a la vista.

Consumo y ahorro son 2 expresiones de conducta, recíprocamente excluyentes, que derivan de requerimientos individuales distintos para sobrevivir, a corto y largo plazo, y que tienen que ver, hoy más que ayer, con los ritmos de circulación del dinero.
Ahorrar significa tener la capacidad de esperar sin morir por decidir diferir parte del consumo personal. Nadie puede ahorrar todo su ingreso porque es biológicamente imposible escapar a la preferencia temporal por el corto plazo. Si nadie muere inmediatamente por no haber comido menos morirá si ha ingerido algo. Originariamente hay un grado de elasticidad orgánica que hizo y hace posible retardar el consumo, demora que se justifica frente a los riesgos e incertidumbre que brotan del futuro, accidentes, enfermedades inesperadas, ante el porvenir toda precaución es poca. Se ahorra para mejorar las posibilidades de supervivencia a plazo largo. Bajo este prisma, el dinero se inmoviliza, no compra, lo que contradice su función circulatoria e integradora.
El crédito y la tasa de interés fueron las formas institucionales que hicieron posible diferir el consumo sin que el dinero se inmovilice para llegar al largo plazo de mejor manera, con un consumo individual mayor y mejor, razón básica para resistirse a la preferencia temporal.
Ahora bien, a pesar de que el ahorro y consumo son conductas inconciliables no son antagónicas si están referidas al mismo individuo. Tampoco lo habría si los fondos ahorrados son prestados a otros individuos para satisfacer requerimientos de consumo, personales o productivos. Claro que mucho mejor sería toda opción por la financiación de inversiones para formar más consumo productivo, rol de una Banca interesada en el desarrollo.
El antagonismo se produce sí, y sólo si, los fondos destinados al consumo personal son centralizados y subrepticiamente tomados para luego transferirlos como fondos de ahorro para financiar el consumo personal y/o las inversiones de otras personas. Y esto es lo que la Banca basada en el sistema de reserva fraccionaria hace cotidianamente al otorgar créditos por encima del ahorro existente y centralizado por ella, como señalamos en otra oportunidad, pone a varias personas tras los mismos billetes simultáneamente, un juego peligroso. A menor nivel de encaje, es peor. Usufructúa, peligrosamente, del retardo en la circulación del dinero, que se le presenta a ella como demora en el retiro de los depósitos, derivada del hecho de que el consumo personal tiene por la misma organización de la naturaleza de cadencias, ritmos, momentos distintos de uso, que se expresan en los tiempos de permanencia de los depósitos a la vista.
Así las cosas es imposible, para satisfacer las demandas de consumo personal, gastar el dinero inmediatamente. Hay un tiempo de espera, que no es tiempo de ahorro, pero que es asumido por la Banca como tal para prestar como fondos de ahorro lo que son, en rigor, recursos destinados al consumo personal. En consecuencia, el consumo y el ahorro deben ser separados para impedir tomas fraudulentas de disponer de tales recursos. A la Banca privada hay que prohibirle la centralización de fondos a la vista, lo que es igual a suprimirla como sistema de reserva fraccionaria y equivale a eliminar toda necesidad de que exista un prestamista de última instancia. En el marco de una Banca Central que cope globalmente las funciones de emisión de dinero, mediante la emisión de una moneda nacional, tal extirpación de funciones es imprescindible, pero mucho más lo es en las condiciones de inexistencia de moneda nacional puesto que todo el exceso de crédito otorgado por la Banca no puede sustentarse en la cantidad de moneda que circula, ni en caso de crisis bancaria, pues ni ella ni el Banco Central pueden emitir dólares norteamericanos. Una Banca pública que centralice todos los fondos que se depositen a la vista puede, inclusive, recibir bajo esa condición, gastos de las inversiones referidos al consumo productivo. Tal separación vuelve sólido al sistema bancario, conserva la calidad de la moneda y evidencia la posibilidad de una inclusión financiera que siga las pautas de la circulación mercantil. No hay tasa de interés alguna que rija el desplazamiento incesante del dinero, y menos aún hay impuestos que lo hagan. Si la inclusión financiera demanda gastos para alcanzarla debe hacerse con el pago de los impuestos que existen. El Estado está obligado a dar servicios con la tributación que recibe.
Permitir que se cobre 9 centavos por cada operación de circulación del dinero como depósito bancario es decretar impuestos enmascarados como tasa de servicios, reducir el poder adquisitivo de la población que use dinero físico va por igual camino. Lo primero podría ser admisible, lo segundo no. Es admisible siempre y cuando existiese una separación institucional real entre la centralización de fondos a la vista respecto a la de los fondos de ahorro, aunque la centralización de fondos a la vista siga en manos privadas y no se transfiera a una institución pública, pero mejor si se lo hace, la separación es sería más real. Lo segundo no, porque no va en la perspectiva de una moneda sana; apunta más bien al afán de la Banca privada de liberarse de la necesidad de un prestamista de última instancia, de no tener que renunciar a su sistema de reserva fraccionaria, como formación y expresión de un poder absoluto – el suyo – sobre la sociedad, y sin tener que abandonar la circulación del dólar norteamericano, pese a lo cual podría emitir la cantidad de moneda digital que le sea demandada y sin restricción alguna. Así la fórmula de la circulación mercantil (Mercancía-Dinero-Mercancía), se reconfiguraría como (Mercancía-Depósito Bancario- Mercancía). Escenario bajo el que controlaría totalmente las reservas de moneda física y un potencial negocio cambiario entre dólar físico y dólar digital, su propia moneda, que no podría circular más que como depósito bancario, un desenlace orwelliano. No es preciso existir en un escenario como el descrito, una Banca sana es posible y la separación eficaz entre Banca de Emisión, Banca de Ahorro e Inversiones y Banca centralizada de fondos a la vista, es el mejor de los mundos posibles y que es necesario construir como política de desarrollo en el plano financiero.

Propuestas (VIII) El Sistema de ahorro-inversión.

Sin ahorros no hay inversiones, profesa la Ciencia económica. Esto puede parecer una regla sencilla, pero no. Primero precisa que los ahorros no deben convertirse en una reducción del volumen de dinero en circulación. Segundo, indica que la magnitud del ahorro existente determina la cantidad máxima de inversiones posibles, su límite. Y, tercero, señala que el exceso de ahorros, o lo que es igual, la dificultad de conversión de los ahorros existentes en inversiones, no debe durar demasiado.
Esto se deriva del carácter integrador del dinero que demanda ritmos definidos en su velocidad de circulación. Ahorros no transformados en inversiones son dineros que no compran y que exigen una modificación de la oferta productiva para regresar al torrente circulatorio. Esto no lo entendió Keynes, pero no nos ocupamos de eso aquí. De esto se deriva la función productiva de la Banca: centralizar los ahorros para dirigirlos a la financiación de los proyectos de inversión.
El préstamo comercial, la centralización de ahorros para financiar gastos de consumo personal, no tiene nada que ver con el papel de la Banca de organizar y modelar el futuro de la producción. Alude a una Banca que estructura su nivel de beneficios formando deudas y no créditos, y diferenciar entre ambos es vital: las deudas reducen los ingresos futuros del deudor, los créditos, en cambio, los aumentan. El sistema de ahorro-inversión, por tanto, debe organizarse para generar créditos y no crear deudores. Esto último debe prohibirse. Las deudas comerciales le competen al capital comercial, no al capital bancario.
Bosquejamos un escenario que organiza la imposibilidad de que existan excesos de inversiones. La razón es la siguiente. Ahorrar significa diferir el consumo personal, consumir en el futuro. Siempre se entenderá que las inversiones que los ahorros financian producirán a futuro la producción para el consumo personal que esos mismos ahorros comprarán, un proceso auto sustentado. El exceso de inversiones que sólo es posible si el sistema de fondos a la vista y el sistema de ahorro-inversión están fusionados, condición de toda Banca que funciona a través del sistema de reserva fraccionaria, no organiza un proceso auto sustentado. Cuando se financian inversiones con fondos a la vista ocurre, sencillamente, que ningún titular de esos recursos está ahorrando hoy para adquirir a futuro esa producción. Y esto significa que, finalmente, se generarán inversiones que no tendrán mercados. El exceso de inversiones es un principio de iliquidez permanente en la gestión bancaria y de insolvencia de la Banca a futuro y ocurre cuando el crédito otorgado supera al ahorro centralizado por la Banca. De ahí la necesidad de que el sistema de fondos a la vista y el sistema de ahorro-inversión marchen por separado. Esta segmentación garantiza que los riesgos e incertidumbres inherentes al futuro no afectarán al sistema de pagos. Significa que las inversiones fallidas se transforman en consumo involuntario, que las pérdidas se limitarán únicamente a quienes las sufren, que se ejecutarán las garantías que correspondan a las inversiones fracasadas entre Banca y Ahorristas y que las pérdidas que existan no podrán convertirse en crisis sistémicas que afecten la calidad de la moneda y el patrimonio de los demás porque no involucran al sistema de pagos, en esencia, el sistema que centraliza fondos a la vista y el rol circulatorio del dinero. El Ecuador tiene experiencia de lo nefasto de esa fusión y que continúa existiendo bajo condiciones más restrictivas. Una debacle financiera estructuraría el trauma de generar dineros alternativos, el menos integrador como forma de circulación que Marx reconoció como la forma simple o fortuita del valor. Un suceso así no es una panacea y, simplemente, debe evitarse. En esto se verifica la separación de la Banca del Estado como una forma absolutamente irreductible de liquidez y solvencia bancaria.

Propuestas (IX) La gestión de la tasa de interés

La teoría económica convencional define a la tasa de interés como el precio del dinero. Esto es una forma extraña de hacerlo dado que sólo las mercancías pueden tener precios y porque al dinero únicamente le es posible tener poder adquisitivo. Tan rara como decir, cuando se mide la inflación, que 100 dólares tienen un poder adquisitivo de 95 dólares o que un quintal de arroz vale 75 o 125 libras de arroz. En realidad, si consideramos la relación económica que hace de la tasa de interés algo necesario, las cosas se aclaran.
La tasa de interés, indicó Marx en el III tomo de El Capital, es el precio que se paga por usar el dinero ajeno en su función de capital. La tasa de interés, pasiva y activa, y la diferencia entre ambas, que expresan el margen de intermediación financiero recibido por la Banca, se adaptan plenamente a ese concepto.
El ahorrista presta su dinero a interés, entrega su dinero con el fin expreso de que sea usado en su función de capital. Y Banca e Inversionistas trabajan sobre esa base para asegurar que, efectivamente, el dinero se use con tal fin.
Diremos, entonces, que el sistema de ahorro e inversiones, que estructura los nexos entre acumulación y préstamos es, a través de la formación de deudas o créditos, uno de los espacios para la existencia o vigencia de la tasa de interés, aunque también sea factible, en el mismo sistema de ahorro e inversiones, lograr que existan inversiones a las que no les sean necesarias o imprescindibles asumir forma crediticia alguna, cuestión que claramente aparece como diferencias entre tener acreedores o socios.
Lograr que la tasa de interés pueda ser prescindible y que sólo sea imprescindible la tasa de ganancia es una mejor política para desarrollar el sistema de ahorro e inversiones. La actual presencia del FMI en el país sería totalmente innecesaria si los préstamos externos del Ecuador no fueran deuda sino inversiones, aunque igual cosa ocurriría si el país tuviera créditos y no deudas externas. Lo dijimos antes. Las deudas reducen los ingresos futuros, los créditos los aumentan por usar el dinero ajeno en su función de capital.
Ahora bien, aunque sea posible abogar por la eutanasia de la tasa de interés – o del rentista – en el sistema de ahorro e inversiones, será imposible hacerlo si nos referimos a la distribución de los ingresos al interior de las redes productivas y será imprescindible hacerlo cuando la organización del intercambio mercantil demanda de modo irreductible el pago aplazado como respuesta social e histórica a la desigualdad de los tiempos naturales de la producción social, atribuibles a la forma de actuar de la Naturaleza, que requiere, necesariamente, ser un sistema organizado mediante tiempos desiguales.
Lo primero supone que todo valor mercantil, bajo la forma de valor de uso, se estructura como una red física de división social del trabajo. Y todos los partícipes en cada red se sustentan en la realización del precio que ella produce. Por tanto, el precio de una mercancía es un precio a ser distribuido entre los partícipes de su correspondiente red, quiénes tienen, respecto al momento o fecha de venta de las mercancías que la red produce, una distinta ubicación temporal al interior de ella red. A más lejana posición respecto a ese instante demoran más para poder cobrar, a más cercanía esperan menos tiempo. Por esto al cobrar, anticipadamente o no, la parte del precio que les corresponda, la tasa de interés se estructurará como un sistema de justicia distributiva con relación a la ubicación temporal en la red, en el pago anticipado actuará como tasa de descuento, en el pago aplazado lo hará como tasa de acumulación.
El que espera más tiempo siempre deberá recibir una participación mayor en el precio conforme a su propia contribución. Si no fuese así habría una iniquidad distributiva que deberá corregirse. Y lo segundo que hace indispensable el crédito y pago aplazado, del productor con tiempo natural más corto de producción respecto al productor con tiempo natural de producción mayor, y por serle naturalmente imposible al productor con tiempo natural de producción más largo pagar antes de que culmine su tiempo de producción, también hace inverosímil la presencia de la tasa de interés.
Si estuviere presente la tasa de interés niega toda existencia como expresión de justicia distributiva para expresarse como tasa de explotación. Es por esta razón, tal como señalamos antes, imprescindible distinguir y separar los créditos que transfieren dineros ya existentes de los créditos que crean dineros. Y es por esta misma razón que el otorgamiento de estos créditos, sólo a través de una Banca de emisión, no debe sujetarse a tasa de interés alguna como expresión de justicia distributiva inherente a los tiempos naturales distintos de la producción social. Así los espacios de existencia o no de la tasa de interés quedan claramente especificados como sistema de justicia distributiva.

Propuestas (X) El Capital comercial.

La teoría económica convencional define a la tasa de interés como el precio del dinero. Esto es una forma extraña de hacerlo dado que sólo las mercancías pueden tener precios y porque al dinero únicamente le es posible tener poder adquisitivo. Tan rara como decir, cuando se mide la inflación, que 100 dólares tienen un poder adquisitivo de 95 dólares o que un quintal de arroz vale 75 o 125 libras de arroz. En realidad, si consideramos la relación económica que hace de la tasa de interés algo necesario, las cosas se aclaran.
La tasa de interés, indicó Marx en el III tomo de El Capital, es el precio que se paga por usar el dinero ajeno en su función de capital. La tasa de interés, pasiva y activa, y la diferencia entre ambas, que expresan el margen de intermediación financiero recibido por la Banca, se adaptan plenamente a ese concepto.
El ahorrista presta su dinero a interés, entrega su dinero con el fin expreso de que sea usado en su función de capital. Y Banca e Inversionistas trabajan sobre esa base para asegurar que, efectivamente, el dinero se use con tal fin.
Diremos, entonces, que el sistema de ahorro e inversiones, que estructura los nexos entre acumulación y préstamos es, a través de la formación de deudas o créditos, uno de los espacios para la existencia o vigencia de la tasa de interés, aunque también sea factible, en el mismo sistema de ahorro e inversiones, lograr que existan inversiones a las que no les sean necesarias o imprescindibles asumir forma crediticia alguna, cuestión que claramente aparece como diferencias entre tener acreedores o socios.
Lograr que la tasa de interés pueda ser prescindible y que sólo sea imprescindible la tasa de ganancia es una mejor política para desarrollar el sistema de ahorro e inversiones. La actual presencia del FMI en el país sería totalmente innecesaria si los préstamos externos del Ecuador no fueran deuda sino inversiones, aunque igual cosa ocurriría si el país tuviera créditos y no deudas externas. Lo dijimos antes. Las deudas reducen los ingresos futuros, los créditos los aumentan por usar el dinero ajeno en su función de capital.
Ahora bien, aunque sea posible abogar por la eutanasia de la tasa de interés – o del rentista – en el sistema de ahorro e inversiones, será imposible hacerlo si nos referimos a la distribución de los ingresos al interior de las redes productivas y será imprescindible hacerlo cuando la organización del intercambio mercantil demanda de modo irreductible el pago aplazado como respuesta social e histórica a la desigualdad de los tiempos naturales de la producción social, atribuibles a la forma de actuar de la Naturaleza, que requiere, necesariamente, ser un sistema organizado mediante tiempos desiguales.
Lo primero supone que todo valor mercantil, bajo la forma de valor de uso, se estructura como una red física de división social del trabajo. Y todos los partícipes en cada red se sustentan en la realización del precio que ella produce. Por tanto, el precio de una mercancía es un precio a ser distribuido entre los partícipes de su correspondiente red, quiénes tienen, respecto al momento o fecha de venta de las mercancías que la red produce, una distinta ubicación temporal al interior de ella red. A más lejana posición respecto a ese instante demoran más para poder cobrar, a más cercanía esperan menos tiempo. Por esto al cobrar, anticipadamente o no, la parte del precio que les corresponda, la tasa de interés se estructurará como un sistema de justicia distributiva con relación a la ubicación temporal en la red, en el pago anticipado actuará como tasa de descuento, en el pago aplazado lo hará como tasa de acumulación.
El que espera más tiempo siempre deberá recibir una participación mayor en el precio conforme a su propia contribución. Si no fuese así habría una iniquidad distributiva que deberá corregirse. Y lo segundo que hace indispensable el crédito y pago aplazado, del productor con tiempo natural más corto de producción respecto al productor con tiempo natural de producción mayor, y por serle naturalmente imposible al productor con tiempo natural de producción más largo pagar antes de que culmine su tiempo de producción, también hace inverosímil la presencia de la tasa de interés.
Si estuviere presente la tasa de interés niega toda existencia como expresión de justicia distributiva para expresarse como tasa de explotación. Es por esta razón, tal como señalamos antes, imprescindible distinguir y separar los créditos que transfieren dineros ya existentes de los créditos que crean dineros. Y es por esta misma razón que el otorgamiento de estos créditos, sólo a través de una Banca de emisión, no debe sujetarse a tasa de interés alguna como expresión de justicia distributiva inherente a los tiempos naturales distintos de la producción social. Así los espacios de existencia o no de la tasa de interés quedan claramente especificados como sistema de justicia distributiva.

Propuestas (XI) Organizar la deflación de los precios.

La ley que determina el volumen necesario de dinero para la circulación de mercancías indica que dicho volumen dependerá, en un período dado y dentro de unas fronteras definidas, de la sumatoria de todos los precios de las mercancías producidas. Volumen que variará en relación a la velocidad del dinero en circulación, mayor si tal velocidad es menor o menor si ésta es mayor. Pero que también tal volumen podrá variar con relación a la modificación de los precios y ofertas de las mercancías, con referencia al grado de extensión y compensación entre sí de los plazos de las ventas a crédito, y con respecto a los ritmos de la circulación del dinero como medio de pago. A partir de esto diremos que es factible sostener que el estado actual del Ecuador, como de cualquier otra nación, sujeta a la producción mercantil, se reflejará en sólo una de las muchas situaciones posibles que esta ley vislumbra y que se pueden deducir del sentido de la variabilidad potencial de los elementos que la componen y definen. En rigor hay todo un álgebra combinatoria de situaciones posibles, todas ellas regidas por el hecho de que el poder adquisitivo del volumen máximo de dinero en circulación que sea posible dependerá, en parte, de los precios de las mercancías que circulen, cuestión que es relevante para nuestro propósito aquí. Ahora bien, imaginemos, a partir de esto, una situación persistente de reducción de los ingresos por exportaciones, sobre todo por disminución de los precios de las mercancías exportadas y no por contracción de la oferta física exportada. El resultado es que el volumen de dinero en circulación disminuirá. Valores persistentemente menores de las exportaciones significarán una situación reiterada de menor liquidez para las transacciones internas, que no podrá ser enfrentada por elevaciones de la velocidad de circulación del dinero dado que ésta es una cantidad física y no matemática. La menor demanda producirá una oferta excesiva respecto a los menores volúmenes de dinero existentes y persistentes, y el nivel de oferta se ajustará, paulatinamente, a la liquidez realmente existente. Sobre esta base imaginemos ahora que los persistentes valores disminuidos de las exportaciones se transforman, sobre todo, en deterioros permanentes de los ingresos ingresos fiscales y que la política a asumir será la de eludir a raja tabla los descensos en la producción. Y, supongamos, además, como complemento, las tres situaciones siguientes. Primero, que no existen transformaciones a la vista de la oferta exportable como motor de crecimientos económicos futuros o, al menos, que pudiese compensar la reducción de la liquidez originada en los menores valores de los ingresos por exportaciones, segundo, que la experiencia histórica de los ingresos anuales de la inversión externa, como aporte de liquidez a la circulación interior, tampoco podrían compensar los menores ingresos de dinero por exportaciones y, tercero, que la situación de valores de las exportaciones disminuidos sería transitoria y que pasaría pronto. Queda claro que en este marco de condiciones imaginadas o supuestas la única solución es prestar, tanto en el interior y más en el exterior. Pero los préstamos en el interior no significan ingresos de divisas, y su falta de ingreso es el problema real. Más aún cuando la Banca del interior, aunque pueda inflar créditos, éstos no podrán elevar la cantidad de divisas en circulación. Así los préstamos externos fluirán sin que el deterioro de los ingresos por las exportaciones se revierta. A más tiempo de deterioro del valor de las exportaciones más deudas para conservar el volumen de dinero en circulación, situación que apunta a su límite. Aunque el deterioro del valor de las exportaciones pueda persistir un incremento permanente del nivel de la deuda externa encontrará rápidamente restricciones en una situación así, más por su tasa de interés, plazos de cobro y capacidad de devolución de valores crecientes. En el plano interno el otorgamiento de créditos reducirá, al principio, la presión por falta de ingresos por exportaciones. Pero este proceso también busca su límite. Lo encuentra cuanto más se acerque el volumen de créditos al volumen total de depósitos y por funcionar la Banca bajo el sistema de reserva fraccionaria. Una inflación de créditos sin capacidad propia de emisión de una moneda nacional sólo es la cereza del pastel. Otra sería los intentos de transformar estos créditos, efectivamente, en divisas. No es todo. Ante la certidumbre de la existencia de riesgos y de no poder refugiarse en el dólar para proteger los patrimonios individuales, imaginamos un país sin moneda nacional, el refugio, aún pagando impuestos, será transferir depósitos al extranjero, incluso para precaverse del riesgo de advenimiento de una emisión de dólares digitales, puesto que sin tal emisión la solución inflacionaria que demandaría en particular la Banca para enfrentar esta compleja situación se volvería imposible. Así las cosas, poco a poco, la conservación del volumen de dinero en circulación sería cada vez más insostenible. Toda presencia del FMI en un escenario así no lo modifica y no lo hace porque se limita a monitorear una práctica de mayor expansión del endeudamiento externo acompañada de una disminución del gasto fiscal simultáneamente, en suma, una mayor capacidad de pago pese que disminuya el volumen de dinero en circulación. Así las cosas, y dadas las estructuras prevalecientes que hemos bosquejado, la ley de la cantidad de dinero en circulación, permite describir uno de los peores mundos posibles y sólo una única solución para salir de él: organizar una reducción general, progresiva, sistemática, de todos los precios de las mercancías que circulan en el país o, lo que es igual, estructurar una economía que se desarrolle con deflación de precios, lo que no significa – per sé – que ello acarree decrecimientos físicos de la producción social. Una dirección de este tipo tiene una sola regla: detener el descenso del volumen de dinero en circulación existente y hacer que no constituya una restricción mayor para el crecimiento material y el bienestar de la población por elevar su poder adquisitivo. Un entorno así requeriría, en primer lugar, formar un conocimiento exhaustivo de los precios ex-fábrica y ex-finca de las mercancías que el país importe y produzca, más impuestos, costes y seguro de transporte, tanto para el consumo personal y productivo, saber que pueda ser ampliamente difundido y consultado por todo comprador, para evitar abusos en la determinación de los precios internos; en segundo lugar, hace preciso organizar una conducción de la economía orientada a generar todos los ahorros que sean posibles, en los consumos personales, productivos y colectivos, aboliendo todo despilfarro para reducir precios internos y aumentar la capacidad adquisitiva del volumen de dinero existente, en suma, estructurar la política productiva como una práctica de ahorro verdaderamente global, que impida poner en práctica soluciones técnicas que no disminuyan los derroches existentes; en tercer lugar, lograr que el poder adquisitivo de los ahorros no aumente por la existencia de tasa de interés positivas sino por el mismo desarrollo del proceso de deflación de precios, de forma tal que la tasa de interés tienda a ser sustituida y a la vez progresivamente eliminada como factor de acumulación por aumentos del poder adquisitivo del dinero y, cuarto, que el proceso de formación de una liquidez interior sobrante contribuya a gestar una política de cero endeudamiento externo y un nuevo potencial exportador, particularmente y en el caso de Ecuador, desarrollar una agroindustria alimentaria de exportación que contribuya a extirpar toda falsa industria y a revertir toda limitación respecto al volumen de dinero existente. Queda claro así que es extremadamente preferible que los países se abaraten de la manera que sugerimos, por deflación de precios, y no del modo en que hoy se abarata Argentina, una forma muy similar a cómo se abarató el Ecuador en 1999.

Propuestas (XII) Formar empleo sin crear deuda pública.

No es difícil imaginar el carácter de la relación entre Estado Nacional y Banca Extranjera o local a propósito de toda contratación de préstamos. Significa emitir dinero para alimentar la circulación interior subordinando dicha emisión a la forma del préstamo con intereses, la Banca emite el dinero y el Estado los bonos, la deuda; emisión que deberá ser devuelta a la Banca con los intereses respectivos y cuya resultante final, respecto a la Banca extranjera, es reducir el volumen de dinero de la circulación interior. Ninguna Banca Privada emitirá dinero para que le sean pagados los intereses pactados y, por lo mismo, estos deberán ser extraídos por el Estado deudor del volumen existente de dinero en circulación. Y esto ya es potencialmente un problema, huele a contracción de la demanda a futuro. Si alguien contrata un préstamo de 100.000 dólares para cancelar a 10 años plazo un valor total de 200.000 dólares no será complicado percibir las vicisitudes del deudor por recaudar de la circulación del país los 100.000 dólares adicionales. Y sí bajo estas condiciones el deudor perdiera ingresos por exportaciones el problema simplemente se le agrava. Y mucho peor será si decide elevar sus préstamos pese a que el deterioro de sus ingresos no se revierte. Por esto es que, respecto a los Estados deudores de la Banca, la presencia del FMI siempre será conflictiva. No puede hacer otra cosa que reducir el volumen de dinero en circulación, las reglas crediticias no son otras. No se le pueden pedir peras al Olmo. No existe otra manera de pagar toda creación de dinero local hecha bajo la forma de la emisión de préstamos a interés. Modo que expresa una violencia mayor cuando los ingresos del deudor se reducen. Por esto es que financiar con deuda pública los déficit fiscales que una política haya decidido tener es, quiérase o no, representar y abogar por los intereses de la Banca, nacional o extranjera, y no importa que se diga que no es así. Ganan intereses gracias a esas emisiones. Los hechos son una forma inapelable de discurso: no mienten, ni ocultan las relaciones y subordinaciones. Por tanto la cuestión aquí es la siguiente. ¿Es factible financiar déficit fiscales e impulsar la actividad económica y la creación de empleos nuevos sin formar deuda pública? Sí, lo es, y no sólo es factible, es urgente. Volvamos brevemente al intercambio mercantil. Ya antes imaginamos un intercambio entre 2 producciones con tiempos naturales de producción distintos, arroz por carne de cerdo, y concluimos que tal condición exige compras con pago atrasado, de lo contrario el trueque sería imposible. Esto habla de la posibilidad de comprar con el crédito de uno mismo, de emisiones de créditos con cargo a la producción futura y de créditos potencialmente transferibles mientras el plazo de su cobro esté vigente. Hablamos de emisiones de crédito que financian la producción futura y, a la vez, de una producción futura que garantiza tales créditos. Y de créditos a los que no le son aplicables tasa de interés alguna porque las relaciones de intercambio disocian a todo crédito de la tasa de interés. Si se presta para producir, antes de producir y mientras se produce, sólo se podrá pagar después de producir y no antes de hacerlo. Y si no hay créditos para producir no se podrá producir ni comprar y, en consecuencia, vender. Así las cosas el crédito es indispensable, y la tasa de interés es aquí plenamente prescindible, si existiera sería contraproducente. Imaginemos otro intercambio. Un repartidor de leche concierta con un mecánico pagarle con leche toda reparación que haga del carro con que reparte la leche cuando se le dañe. Se entenderá que el mecánico no podrá comprar leche, y el repartidor no podría venderle, porque ambos deberán esperar a que el carro se le averíe para repararlo y poder comprar el uno y vender el otro. Impasse que el crédito y un sistema de compensación resuelve para ambos. Y sería impropio que el repartidor de leche le cobre al mecánico intereses por la leche que le entrega y que el otro no podrá pagar mientras no se averíe el carro repartidor del distribuidor de leche. Es el punto. A partir de aquí es fácil imaginar una Banca de Emisión que emita moneda para todo productor privado que le presente un plan detallado de producción, con plazos y magnitudes definidas, para comprar antes de producir y mientras produce y antes de poder vender. Emisión que, sin cargo alguno de intereses, tendría que devolver cuando venda la producción generada. Siempre se entenderá que nos referimos a la producción útil. Podríamos hablar, con relación a esto, que se trata de una emisión de dinero, bajo la forma de moneda-crédito, pero no de deuda. Ahora bien, también es factible imaginar al propio Estado haciendo lo mismo, con un plan maestro para construir carreteras, por ejemplo. Como dirían los economistas, la oferta monetaria se elevará conforme el plan maestro se materialice. Hablamos de una emisión que forma actividad económica, empleo y producción útil, y que es perfectamente factible desde las relaciones entre dinero y producción. Las carreteras darían ventajas a sus usuarios, éstos pagarían peajes que servirían para financiar los trabajos para su conservación. Como se ve, a diferencia del caso anterior, no se requiere devolución alguna de la emisión realizada. Esta queda, permanentemente, en circulación garantizada por la permanencia de los activos construidos en base a ella y por las funciones sociales que tales activos tengan. Es imposible escapar de la deuda pública sin moneda y capacidad de emisión propia como Estado Nacional. La emisión de dinero libre de todo préstamo a interés es una prerrogativa de un Estado independiente. En nuestro caso independiente de la Banca y de todo uso de las monedas de otras naciones. No poder usufructuar de estas prerrogativas como Estado Nacional, decía un amigo Phd, es igual que entrar a un ring a boxear con un brazo amarrado. Así el nocaut y la derrota están garantizados.

Propuestas (XIII) Eliminar los superávit de importaciones.

Milton Friedman, al hablar de la productividad del comercio exterior, formuló la regla siguiente: a mayor saldo favorable de la balanza comercial más elevado sería el nivel de productividad y viceversa, cuestión que atañe a capacidad de proteger la calidad de la moneda nacional. Defensa que implica, primero, forjar la facultad de satisfacer todos los requerimientos de importaciones de una nación (M) con el menor comprometimiento posible en ello de sus ingresos por exportaciones (X) y, segundo, reverso de lo primero, construir la capacidad de endeudar a otras naciones por la vía comercial, a más préstamos concedidos, mejor. China es hoy la mayor expresión contemporánea de lo que señalamos. Ahora bien, a partir de esto, es perfectamente posible discriminar, internamente, la organización y situación de la producción del país tomando como patrón tal definición de productividad. Así vemos que es posible observar 3 grupos o sectores empresariales claramente diferenciados. Primero, los sectores productivos con superávit de exportaciones, en símbolos: (X-M) > 0. Segundo, la base empresarial que configura una organización que le garantiza tener y conservar un comercio compensado, esto es, que tiende a no generar un superávit exportador, en símbolos: (X-M) = 0. Y, tercero, el contexto empresarial que trabaja con superávit de importaciones, en símbolos: (X-M) < 0. Tercer campo que, a su vez, puede diferenciarse en tres sub-campos. Uno, referido a sectores productivos que trabajan con superávit de importaciones por no haber desarrollado una suficiente capacidad de exportación. Dos, las empresas que importan sin tener capacidad exportadora por desplegar actividades de transformación orientadas al mercado interior. Y, tres, sectores que importan para abastecer el mercado interior y al margen de todo proceso de transformación. Planteada así la cuestión vemos claramente una única dificultad: la persistente existencia de sectores productivos y comerciales que no pueden funcionar sin un reiterado superávit importador, que apropian las capacidades exportadoras de otros sectores para ser empresarialmente viables y que, para ello, generan condiciones estructurales que les garantiza acceder a las divisas que requieren y que no producen. Problema que se magnifica en un país que incorpora tecnología básicamente por importaciones y en una nación que los liberó de todo riesgo cambiario por poder cobrar en divisas sus ventas dirigidas al mercado interior. Podría decirse que el asesinato del sucre le pertenece, enteramente, a ellos y a la Banca comercial que constituya su fuente de financiación. Bajo este contexto toda idea de cambio de la matriz productiva aparece claramente estructurada. Exige que se suprima toda condición o rol de Banca de divisas que tienen los sectores que generan superávit exportador para aquellos que funcionan con superávit importador. El principio es simple: los sectores con superávit de exportación deben tener la prioridad de utilizar sus excedentes de exportaciones en ellos mismos. Inclusive, en caso de no demandarlos, no es difícil imaginar el uso de tales excedentes para formar capacidades exportadoras en otras áreas con el fin de reducir las exportaciones de materias primas del país. Siempre será preferible, en defensa de la calidad de la moneda nacional, negociar acuerdos internacionales sobre la base de intercambios compensados o también, será mejor importar maquinarias para transformar tomates en salsa de tomate y ofertarlos al mercado mundial. Cuestiones totalmente distintas a traer papel de Colombia y tecnología de Alemania para fabricar cuadernos a vender en el mercado interior o, simplemente, a seguir con la importación automotores que elevan el despilfarro energético, disminuyen la calidad del aire que se respira en las ciudades y que aumentan los tiempos de desplazamientos en ellas, sólo ejemplificamos. Obviamente no planteamos absolutos. Todo superávit importador proclive a abolir despilfarros y que tenga el papel o la capacidad de potenciar la productividad del país, debe ser la excepción a la política de aplicación de la regla de productividad del comercio exterior a la organización y gestión de los sectores empresariales. El único criterio de supervivencia empresarial debe ser circunscrito, como prioridad, a la existencia de sectores productivos que no tengan necesidad alguna de organizar y operar con superávit de importación. El Ecuador ganaría mucho si la idea de cambio de la matriz productiva, simplemente, pueda ser referida a esto, incluso porque su financiación en divisas está asegurada.

Propuestas (XIII) Eliminar los superávit de importaciones.

Milton Friedman, al hablar de la productividad del comercio exterior, formuló la regla siguiente: a mayor saldo favorable de la balanza comercial más elevado sería el nivel de productividad y viceversa, cuestión que atañe a capacidad de proteger la calidad de la moneda nacional. Defensa que implica, primero, forjar la facultad de satisfacer todos los requerimientos de importaciones de una nación (M) con el menor comprometimiento posible en ello de sus ingresos por exportaciones (X) y, segundo, reverso de lo primero, construir la capacidad de endeudar a otras naciones por la vía comercial, a más préstamos concedidos, mejor. China es hoy la mayor expresión contemporánea de lo que señalamos. Ahora bien, a partir de esto, es perfectamente posible discriminar, internamente, la organización y situación de la producción del país tomando como patrón tal definición de productividad. Así vemos que es posible observar 3 grupos o sectores empresariales claramente diferenciados. Primero, los sectores productivos con superávit de exportaciones, en símbolos: (X-M) > 0. Segundo, la base empresarial que configura una organización que le garantiza tener y conservar un comercio compensado, esto es, que tiende a no generar un superávit exportador, en símbolos: (X-M) = 0. Y, tercero, el contexto empresarial que trabaja con superávit de importaciones, en símbolos: (X-M) < 0. Tercer campo que, a su vez, puede diferenciarse en tres sub-campos. Uno, referido a sectores productivos que trabajan con superávit de importaciones por no haber desarrollado una suficiente capacidad de exportación. Dos, las empresas que importan sin tener capacidad exportadora por desplegar actividades de transformación orientadas al mercado interior. Y, tres, sectores que importan para abastecer el mercado interior y al margen de todo proceso de transformación. Planteada así la cuestión vemos claramente una única dificultad: la persistente existencia de sectores productivos y comerciales que no pueden funcionar sin un reiterado superávit importador, que apropian las capacidades exportadoras de otros sectores para ser empresarialmente viables y que, para ello, generan condiciones estructurales que les garantiza acceder a las divisas que requieren y que no producen. Problema que se magnifica en un país que incorpora tecnología básicamente por importaciones y en una nación que los liberó de todo riesgo cambiario por poder cobrar en divisas sus ventas dirigidas al mercado interior. Podría decirse que el asesinato del sucre le pertenece, enteramente, a ellos y a la Banca comercial que constituya su fuente de financiación. Bajo este contexto toda idea de cambio de la matriz productiva aparece claramente estructurada. Exige que se suprima toda condición o rol de Banca de divisas que tienen los sectores que generan superávit exportador para aquellos que funcionan con superávit importador. El principio es simple: los sectores con superávit de exportación deben tener la prioridad de utilizar sus excedentes de exportaciones en ellos mismos. Inclusive, en caso de no demandarlos, no es difícil imaginar el uso de tales excedentes para formar capacidades exportadoras en otras áreas con el fin de reducir las exportaciones de materias primas del país. Siempre será preferible, en defensa de la calidad de la moneda nacional, negociar acuerdos internacionales sobre la base de intercambios compensados o también, será mejor importar maquinarias para transformar tomates en salsa de tomate y ofertarlos al mercado mundial. Cuestiones totalmente distintas a traer papel de Colombia y tecnología de Alemania para fabricar cuadernos a vender en el mercado interior o, simplemente, a seguir con la importación automotores que elevan el despilfarro energético, disminuyen la calidad del aire que se respira en las ciudades y que aumentan los tiempos de desplazamientos en ellas, sólo ejemplificamos. Obviamente no planteamos absolutos. Todo superávit importador proclive a abolir despilfarros y que tenga el papel o la capacidad de potenciar la productividad del país, debe ser la excepción a la política de aplicación de la regla de productividad del comercio exterior a la organización y gestión de los sectores empresariales. El único criterio de supervivencia empresarial debe ser circunscrito, como prioridad, a la existencia de sectores productivos que no tengan necesidad alguna de organizar y operar con superávit de importación. El Ecuador ganaría mucho si la idea de cambio de la matriz productiva, simplemente, pueda ser referida a esto, incluso porque su financiación en divisas está asegurada.

Propuestas (XIV) Exportar beneficios por exportaciones de mercancías y/o por creación de ahorros internos

Las funciones circulatoria y de atesoramiento del dinero, desde el marco de la producción de mercancías, (M-D-M) según la notación de Marx, son intrínsecamente antagónicas e inconciliables entre ambas. Si una cantidad dada de dinero circula ésta no podrá ser atesorada y si lo fuese no circularía. De esto se desprende el tormento de todo atesorador para acumular riqueza desde el intercambio mercantil. Se enriquece sustrayendo dinero de la circulación y, para ello, decide que su dinero no compre, que no genere consumo personal para sí. Dificultad de acumulación que es resuelta desde otras relaciones sociales. Desde éstas en vez de incrementar la riqueza individual retirando dinero de la circulación se la aumenta lanzando el dinero a ella. La notación de Marx, tanto para el capital productivo y financiero, (D-M-D’) y (D-D’), respectivamente, deja ver claramente esto, el concepto de la preferencia temporal por un mayor poder adquisitivo en el futuro también aplica bien a esta cuestión. Y así la definición de inversión se transparenta. Significa gasto de inversión o préstamo de dinero que retornan incrementados a sus dueños. Modo de percibir que el préstamo a interés como la inversión productiva, en última instancia, coinciden, se igualan y fusionan, son 2 maneras distintas de acumular y nada más. Pero de esto se trata, de extraer más dinero de la circulación del que se lanzó a ella. Y se trata de lo mismo cuando se observa la circulación del dinero discriminando los mercados, entre internos y externos. Inversionistas o acreedores externos ingresan dinero a la circulación de un país, aumentan transitoriamente el volumen de dinero que circula en él, para luego extraer más dinero del que ingresaron, lo que es visible, respectivamente, como tasa de ganancia y tipo de interés. Y más aún es notorio cuando los capitales incrementados son repatriados a sus mercados de origen. El desenlace lógico de lo referido, por extraer más dinero del lanzado a la circulación, alude a la reducción del volumen de dinero en circulación en el mercado interior. Resultado indeseable y que define los términos de la solución: que el volumen de dinero en circulación en el mercado interior aumente a pesar de que los empresarios extranjeros extraigan más dinero del que lanzaron a la circulación. Y esto sólo será posible si el ingreso de capitales extranjeros, productivos o de préstamos, financian y desarrollan negocios de exportación. No hay mejor sustento para la exportación de beneficios del capital extranjero que la misma exportación de mercancías. El más destacado ejemplo de esto, para el Ecuador de los años 70 del siglo pasado, fue la conformación del sector petrolero, un éxito aún no repetido. Esto mismo se desprende del carácter del préstamo externo como crédito productivo que forme capacidad exportadora pero invertido por capitales nacionales, puesto que la naturaleza del crédito es elevar la tasa de ganancia sobre el capital propio. No es todo. La disyuntiva entre rentar una casa o comprarla a crédito evidencia el mismo derrotero como eliminación futura de los gastos en vivienda del deudor, ejemplificamos. Indicio de que las inversiones o créditos externos también tienen sentido cuando, a pesar de estar las mercancías producidas por ellos orientadas al mercado interior, permiten formar ahorros por contracción de gastos a futuro del deudor. Algo claramente visible cuando, por caso, se sustituye el uso de energía de origen térmico por hidroeléctrica, más cara la primera, más barata la segunda, así se abaratan gastos, se reducen costes y aumenta la capacidad competitiva. Cuestión que modela el principio de que al generarse ahorros la sociedad se enriquece. Ciertamente, no se trata de ser indigentes ricos como el individuo que guarda dinero y que no compra. Se trata de que como condición del ingreso de capitales extranjeros, de inversión directa y/o de préstamos, el ahorro interno y/o el volumen de dinero en la circulación interior del país aumenten sostenidamente como derivación de esa penetración. Premisa que da la pauta de lo que a toda costa debe evitarse: exportar beneficios sin exportar mercancías y/o exportar beneficios mediante la contracción del gasto y ahorro, internos. Si habláramos de aquí de ejemplos de delitos económicos contra el desarrollo y el bienestar de la población del país los acabados de mencionar serían su vanguardia.

Propuestas (XV) Formar déficit fiscales para enriquecer al país.

Puede parecer extraño lo que se plantea, sobre todo por ser una sugerencia opuesta a la práctica de política fiscal que hoy dirige y monitorea el FMI en el Ecuador. Pero su explicación es simple. La tesis es ésta: el déficit fiscal es un problema – y lo es de manera extremadamente grave – sí y sólo sí se utilizan, reiterada y sostenidamente, las relaciones económicas bajo la perspectiva de reducir los ingresos futuros de la nación.
Fabricar activos colectivos, indispensables para el progreso del país, con emisiones de dinero legitimadas y garantizadas por las mismas construcciones realizadas es una cosa. Y otra muy distinta aparece cuando se crean déficit fiscales con dicho propósito pero sin tener moneda nacional.
En este caso será imposible financiar los déficit fiscales sin generar deuda pública.
En el primer caso el déficit se financia por la elevación del volumen de dinero en circulación, un incremento de la oferta monetaria sin necesidad alguna de formar préstamos públicos y de revertirlos a futuro. En el segundo, se lo financia al asumir la financiación del déficit la forma obligada de incremento de la deuda pública, un transitorio aumento de la oferta monetaria que anuncia la contracción futura del volumen de dinero en circulación.El crédito deberá ser devuelto con los correspondientes intereses.
No es lo mismo, insistimos en esto, que el sector de la construcción actúe como sector monetario para el Estado Nacional que para la Banca Privada extranjera. La cuestión, por tanto, consiste en que si la ausencia de moneda nacional es, per sé, la mayor condición restrictiva que nos subordina como nación al capital financiero, la política económica del país la acentúe, la busque. Lo hace cuando no se cubre la financiación de las construcciones públicas con impuestos pero sí con préstamos bancarios. Es como si existiera una tendencia irresistible a la formación de deuda pública. Y también lo hace cuando los préstamos bancarios asumen la forma de deudas estatales y no de créditos públicos.
La constitución de Montecristi, proclive a hablar de deuda pública antes que de créditos estatales, no distingue entre ambos. Las deudas por reducir los ingresos futuros, rol inherente a lo que son, no pueden tipificarse como inversiones públicas. No son gastos que retornan incrementados para el deudor aunque si lo sean para el acreedor. En cambio, los préstamos externos que el Estado pueda contratar, como complemento de sus inversiones para formar negocios de exportación, o generar ahorros internos, si pueden ser caracterizados como inversiones. Son gastos que retornarían incrementados y que tendrían por ello la virtud de elevar la tasa de ganancia sobre el capital propio del Estado inversor y/o gastos que elevarían los ahorros a futuro. Todo esto nos ayuda a tipificar lo que constituye una situación nacional antieconómica. Sin moneda, una conducta que no es proclive a cobrar impuestos para financiar las obras públicas y con la tendencia a tomar préstamos externos bajo la forma de deuda pública externa y no de créditos externos públicos. En este tipo de escenario contrario a la economía es resulta lógico que el déficit fiscal sea un problema en desarrollo para el desarrollo, incluso porque la migración del FMI al país no lo puede resolver. En su presencia, y ahora a través de su presencia, la deuda pública sigue en expansión.
No hay nada tan expresivo de esta situación conflictiva como los hechos siguientes. Primero, que entre enero de 2010 y marzo de 2019 los préstamos externos se multiplicaron por 5,02 mientras que el PIB lo hizo por 1,74. Segundo, que la menor velocidad de crecimiento de la producción respecto al ritmo de expansión de los préstamos externos, evidencia que las acreencias no tomaron la forma de créditos públicos que enriquezcan al país. Y, tercero, cuestión que reafirma lo anterior, que a pesar de la enorme inversión pública que se reconoce se hizo, particularmente entre 2007 y 2017, de unos 100.000 millones de dólares aproximadamente, cumpliremos, a fines de diciembre de 2019, un quinquenio sin remontar los ingresos por exportaciones del año 2014. Síntoma de que el boom de inversiones no originó un auge exportador, condición que acentuó el uso de las relaciones económicas en contra del país por ser éstas proclives a reducir el volumen de dinero en circulación.
No es todo. Además de lo acabado de referir, hay otra forma de creación de déficit fiscales. Una que proviene del mercado mundial y que se concretó, entre otras modalidades posibles, como disminución de los precios de las exportaciones. Del riesgo de descenso de ingresos sólo cabe precaverse puesto que los ciclos de precios existen. Si el nivel de exportaciones para 2019 fuese de 22.405 millones de dólares, estimación nuestra, el país registraría para el quinquenio 2015-2019, una pérdida acumulada de exportaciones por 30.360 millones de dólares. Y ello por no haber podido, al menos, conservar como ingresos anuales lo recibido por exportaciones en el año 2014, 25.724 millones de dólares. Llevamos 5 años de ingresos por exportaciones debajo de esa cifra. Todo un quinquenio sin aumentos anuales sostenidos de los ingresos por exportaciones. Estimación de pérdida de ingresos por exportaciones curiosamente similar al incremento de la deuda externa pública por 29.688 millones de dólares, entre enero de 2010 y marzo de 2019. Pérdida real de ingresos transformada en deuda pública para evitar la reducción del volumen de dinero en circulación y el descenso del PIB. Situación que completa el panorama. Si perder de manera persistente ingresos por ventas es malo, usar reiteradamente la tarjeta de crédito agrava el futuro. Y la cuestión es que al emplear las relaciones económicas en contra del país financiar un déficit fiscal con deuda pública no es eliminarlo, es incrementarlo a futuro, hay que devolver lo adeudado más los intereses. Véase por todo esto la importancia de tener moneda nacional para formar actividad económica, de usar los impuestos para financiar las inversiones estatales y la necesidad de contratar créditos externos públicos sólo para fomentar negocios de exportación y/o generar ahorros internos. Bajo este prisma usar las relaciones económicas a favor del país no significa no tener déficit fiscales y requerimientos de su financiación, sólo significa jamás contratar deuda pública o, lo que es igual, tener o asumir una política de cero endeudamiento externo. Así el FMI podría jubilarse y luego perecer.

Propuestas (XVI) Reducir la tasa de tributación.

Si la velocidad de circulación del dinero pudiese ser elevada sin ninguna restricción toda contracción de la liquidez de la economía o, lo que es igual, toda situación de reducción del volumen de dinero en circulación, podría ser enfrentada sin dificultad. Pero lamentablemente tal solución es ilusoria. El hecho es que la velocidad de circulación del dinero está definida por los tiempos naturales del consumo, productivo y personal y éstos no son modificables. La quincena que recibe un trabajador no puede ser gastada inmediatamente sino a lo largo de las 2 semanas siguientes obedeciendo a sus ritmos de consumo y resulta inimaginable suponer existan procesos de producción sin sus cronograma de gastos que los organizan y los hacen factibles. Los tiempos, de producción y de circulación, son mayores a cero, ejemplificamos. Así, y por las razones señaladas, la velocidad de circulación del dinero tiende a ser constante y, por lo mismo, la expansión física de la producción va a requerir, primero, que se tengan recursos y capacidades ociosas, disponibles y accesibles, segundo, que existan las demandas pertinentes, y, tercero, que se eleve la oferta monetaria en la magnitud que corresponda al incremento requerido del volumen de dinero en circulación para que puedan movilizarse los recursos y capacidades disponibles. Situación que puede observarse con más facilidad bajo condiciones de cero inflación. Así la expansión del volumen de dinero en circulación para formar crecimiento económico no podrá eludirse, esté o no dolarizada la economía nacional. En el caso de que lo esté es todo el sector externo el que deviene o se transforma en el sector monetario de la economía, su Banco Central. De esto se desprende lo fundamental de la expansión sistemática del valor de las exportaciones y de una persistente balanza comercial positiva, también de la presencia de inversiones y de créditos externos que desarrollen nuevos negocios de exportación. Si de modo creciente sucediere lo contrario, déficits de balanza comercial y de pagos aparecerán en el interior situaciones de iliquidez y las correspondientes restricciones a la circulación de las mercancías por falta de circulante. La contracción del volumen de dinero en circulación aparecerá como disminución de la demanda y el crecimiento económico colapsará. Al no existir moneda nacional, toda perentoria necesidad de liquidez interior asumirá forzosamente la forma de déficit fiscales reiterados y de expansión persistente de la deuda pública externa. Así, en el escenario de declive de las exportaciones el sector monetario estará constituido por los acreedores internacionales. Situación que de persistir estará cercada por las tasas de interés, por los plazos de devolución de los préstamos y sobre todo por lo pernicioso que resulta que el descenso del valor de las exportaciones se “compense” con el crecimiento de la deuda pública externa. Usar la tarjeta de crédito tiene límites. Mirada así las cosas la situación deviene en insostenible y las prioridades se revelan: hay que lograr que la Banca extranjera deje de ser el sector monetario y que el sector exportador reasuma ese rol sin compartirlo. Y la solución que emerge es la que se escucha. La contracción del gasto público, pese a que puede ser modulada por alzas de precios de los servicios y mercancías que produzca el Estado y/o por ventas o concesiones de los activos estatales, para aumentar ingresos y reducir gastos públicos a corto plazo, debería ser lo suficientemente intensa para formar la tendencia al cero endeudamiento externo y, simultáneamente, ser proclive a crear una nueva y competitiva capacidad exportadora y también un reforzamiento de la vieja. En estas condiciones un crecimiento de la carga fiscal para pagar una deuda pública externa expansiva es incompatible con la necesidad de potenciar el desarrollo exportador pues tal carga pesa sobre los costes de producción, la capacidad competitiva y las tasa de beneficios. Así lo que parece contraproducente, la reducción de ingresos estatales a favor de los sectores productivos y pese a los déficit fiscales, todo un juego de suma cero, se explica. La tendencia al cero endeudamiento externo debe acompañarse y también obtenerse por disminución de la tasa de tributación para incentivar a que el sector externo, particularmente el sector exportador, vuelva a asumir plenamente su rol de sector monetario por inexistencia de la moneda nacional. No es otro el discurso. Los empresarios gritan: aunque el endeudamiento externo del gobierno nos benefició, la carga de la deuda pública externa no nos incumbe porque de lo contrario no podríamos recuperar y menos aumentar las exportaciones del país y también mejorar nuestra tasa de beneficios, lo que sí nos incumbe. Imaginemos aquí que tienen razón y que no hay alternativa a la necesidad de generar una tendencia al cero endeudamiento externo y a la exigencia de reducir la tasa de tributación para el sector empresarial. Pero el que tengan razón demanda observar el origen de este embrollo. Y en el principio todo parte de la inexistencia de la moneda nacional. Es la falta de moneda nacional la que determina que las vicisitudes del sector externo terminen haciendo que sea la Banca extranjera, y no la capacidad productiva del país, la que emita dinero para enfrentar las restricciones de liquidez interna. Y es esta misma falta de moneda nacional la que le otorga a los empresarios la fuerza para exigir la reducción de la tasa de tributación y su influencia en sus costes de producción. Así la raíz de la cuestión se evidencia. Se puede resistir el descenso de la demanda externa por potenciación de la demanda interior, pero sin moneda nacional eso es imposible. Hemos hablado antes de la emisión de dinero para financiar la construcción de activos de interés público sin necesidad de formar deuda pública y, por lo mismo, sin requerir elevar la tasa de tributación y sin demandar aumentos en los precios de las mercancías y servicios que ofrezca el Estado. Y si además se piensa en un vigoroso sector productivo del Estado que provea recursos para la financiación del presupuesto de la nación la posibilidad de reducir la tasa de tributación se acentúa. Un consenso con los sectores empresariales para que existan acuerdos para hacer de la existencia de un sector estatal de la economía una fuente de disminución de la carga tributaria del sector privado haría desaparecer no pocos prejuicios sobre el rol del Estado, implicaría acordar una división del trabajo entre Estado y Empresarios y un reparto de los mercados. La deuda pública creciente, o la emisión de dinero a través de la expansión de la deuda pública, es la única razón para sufrir una alta tasa de tributación interna. Eliminar esa causa e ir al cero endeudamiento es fundamental y, para hacerlo, recuperar la moneda nacional y tener un sector estatal de la economía que financie el presupuesto público resulta imprescindible. No hay otra mejor receta que ésta para una reducción de la tasa de tributación que sea saludable y sin efectos de quimioterapia.

Propuestas (XVII) Organizar la responsabilidad social de los empresarios.

Producir más con la misma o menor cantidad de recursos que antes, define el significado de productividad. Ahorrar recursos, es su resultante. Se ahorra por – y para – elevar los rendimientos del trabajo. Esto permite percibir el sentido de las situaciones socialmente deseables. Imaginemos unas pocas. Primero, emplear menos del 100% del valor de las exportaciones en la compra de todas las importaciones, lo que significa adquirir la capacidad de endeudar por la vía comercial a otras naciones. Segunda, producir lo mismo o más pese a disminuir la jornada laboral de trabajo diaria, semanal y a lo largo de la vida, esto porque la dinámica del capitalismo tiene que ver con la capacidad de ahorrar tiempos de trabajo y de elevar el tiempo libre. Tercera, adquirir una mayor capacidad competitiva por formar costes y precios decrecientes. Cuarta, que el valor de la canasta básica familiar sea inferior al salario básico unificado y que este represente el mínimo de los ingresos familiares. Y, quinto, que la productividad del trabajo agrícola impulse el consumo de mercancías no agrícolas. La competencia no se estructura a precios y costes crecientes, al contrario. No hay capacidad competitiva al margen de la generación de economías en el empleo de capital, variable y constante. La primera alude a las ventajas de eliminar las restricciones que el organismo humano evidencia como maquinaria de producción y cuyo santo grial es la robótica. La segunda hace innecesaria la existencia de sectores productivos enteros al formar otros, la producción de carne de res a partir del cultivo de células madre ejemplifica lo que bien podría llamarse la muerte de la ganadería. A partir de esto es factible advertir que toda razón de acumulación y de empleo de trabajo asalariado, visible como concentración del ingreso y de la riqueza, tiene que ver con las mutaciones de la producción social. De no ser así los acuerdos sociales se vuelven insostenibles por la existencia de empresarios que no ejercen a cabalidad su función de tales. Esto hace factible observar divergencias productivas, políticas y organizativas, entre las naciones considerando, como síntesis, el tamaño de la jornada laboral y las diferencias cuantitativas del poder adquisitivo de la hora de trabajo entre ellas. Si en Luxemburgo, como indica Iberoamérica.es, se debe trabajar 8,6 horas para obtener los recursos alimentarios del mes para una familia de 4 integrantes, cuando en Ecuador, considerando las cifras del INEC para agosto de 2019, ello demanda un tiempo de 92,3 horas, podemos percibir que lo deseable para nosotros es transitar en esa dirección aboliendo las condiciones que generan la inexistencia de una práctica productiva formadora de ahorro en el agro, sólo ejemplificamos. Frente a esto los afanes actuales de flexibilización laboral enmudecen y hacen notorio que los empresarios ecuatorianos, pese a acumular y generar beneficios, no están haciendo el trabajo que deben, el mismo capitalismo productivo los denuncia. No evidencian o no parecen tener una comprensión global de la dinámica del capitalismo. No parecen percibirlo como sistema de destrucción creativa, la dimensión esencial para competir, formar nuevas necesidades sociales y crear empleo. Tampoco lo hace la Constitución de Montecristi al disponer que la deseable igualación entre el salario nominal básico, hoy de 394 dólares, con la canasta básica familiar, hoy de 714, 47 dólares, equiparación con la que se define el concepto de salario digno, debe efectuarse de manera paulatina y por incrementos reiterados del salario nominal, no por disminución progresiva del valor de la referida canasta. Si imaginamos que tal modo de igualación es posible, sin alterar los precios de las mercancías que forman la canasta básica familiar y por reducción de la masa y tasa de los beneficios empresariales, y siempre sobre la base de una jornada laboral de 160 horas mensuales, el número de horas de trabajo necesarias para financiar las demandas estrictamente alimentarias sería casi de 51 horas, un nivel cercano al de Costa Rica. Y si, bajo los mismos supuestos, extrapolamos la situación de Luxemburgo para Ecuador concluiremos que el valor de la canasta básica alimentaria, hoy de 227,39 dólares, representaría un tiempo de 8,6 horas de trabajo si, y sólo si, el salario básico unificado fuese actualmente de 4.230,51 dólares, un valor superior en 5,9 veces al valor de la canasta básica familiar actual. Situación deseable pero inalcanzable por la vía de la expansión del salario nominal si, como su resultante, las exportaciones del país, su verdadero sector monetario, se reducen o desaparecen pulverizando las tasas de ganancias o volviéndolas negativas. El capitalismo sólo es posible si al pagar salarios se obtienen beneficios. Esto da la pauta de lo posible como tarea social de los empresarios. Si el valor de la canasta básica familiar se redujese al valor del salario básico unificado actual, de 394 horas, y si el tiempo de trabajo necesario para obtener la canasta básica alimentaria fuese el de Luxemburgo, 8, 6 horas, el valor total de los alimentos y bebidas de esta canasta debiera reducirse de 227,39 dólares a 21,17 dólares. Cuestión que coloca el énfasis de la expansión de la productividad en la agricultura. Un proceso de deflación de precios enteramente compatible con menores volúmenes de liquidez en la circulación interior. La acumulación y centralización de capitales, insistimos aquí, no existen para concentrar la riqueza y los ingresos, pura y simplemente, sino para formar costes y precios decrecientes. Y esto debe ser una cuestión socialmente exigible como rol de los empresarios y de sus relaciones con el Estado. Transformar la producción es el servicio que los empresarios deben a la sociedad por permitirles ella concentrar la riqueza y el ingreso. Y no se trata de que por el carácter privado de los patrimonios la sociedad se desentienda de lo que cada individuo haga con el suyo, por supuesto que no. Los empresarios deben ser socialmente responsables de los recursos productivos que administran como propiedad de ellos. Y la explicación de esto es simple. Dado que el consumo personal jamás desaparece y que las ganancias empresariales financian, en todo o en parte, y de manera reiterada, el consumo personal del propietario del capital, podemos advertir la situación siguiente. Imaginemos a un individuo que dispone de un ahorro por un millón de dólares y que la disyuntiva que enfrenta es consumirlo o invertirlo. Si lo consume su valor desaparecerá totalmente para sí luego de cierto tiempo. Si lo invierte lo transformará en capital originario, capital semilla dicen hoy, que le producirá beneficios anuales. Si la totalidad de los beneficios anuales obtenidos por la inversión del millón de dólares los dedica a financiar su consumo personal, acción que Marx identifica como reproducción simple, en algún instante del futuro el valor del consumo personal acumulado igualará el valor del capital originario. Y, sin embargo, él seguirá disponiendo de un millón de dólares, habrá gastado sin gastar, efecto mágico de las relaciones sociales. Conserva su millón de dólares a pesar de haber acumulado un consumo personal por un millón de dólares. La situación mejora para él si financia su consumo personal con una parte de los beneficios. Demorará más tiempo en alcanzar el consumo personal acumulado y equivalente al millón de dólares que invirtió, pero dispondrá de una propiedad mayor al millón de dólares, situación característica de lo que Marx denominó reproducción ampliada. Por eso se puede decir que todo derecho de propiedad privada individual cesa cuando los consumos personales de los beneficios de los empresarios igualan los valores de sus inversiones originarias. A la larga, expresa Marx, el capital se transforma en plusvalía capitalizada. Así, más temprano que tarde, el carácter social de los procesos de producción se impone. Y si las sociedades permiten que éstos puedan ser administrados por delegación privada, como si realmente nunca dejasen de ser patrimonios privados, algo similar a la gestión de procesos sociales de producción mediante la gerencia de empresas públicas por funcionarios públicos, las ventajas sociales derivadas de esta licencia deben tener, como contrapartida, y por parte de todos quiénes administren la producción social, la satisfacción de las exigencias de elevar la productividad y de crear nuevas necesidades. La implicación del Estado en el concepto de dinero y la anexión de la mercancía por el Capital, vincula al Estado y a los empresarios en el desempeño de sus tareas sociales encaminadas a gestionar la producción y su progreso. Por esto la sociedad debe tener formas de demandar a sus administradores, privados o públicos, por el incumplimiento de sus labores sociales. Y, por lo mismo, debe organizar las maneras de abolir todo modo de generar beneficios que son contrarios al progreso de todos.

Propuestas (XVIII) El papel de los subsidios.

Pasado y futuro divergen, siempre. No existe historia sin subjetividad, ella contiene a los sujetos con sus inconformidades, afanes, aspiraciones y deseos por dejar de ser lo que son y convertirse en lo que no son. Por esto es que la existencia del dinero, bajo su cualidad de medio general de compra, tiene que ver exclusivamente con las mercancías en que se convertirá: panes, pasajes, almuerzos, viajes, una política económica inclusive, ejemplificamos. (D-M) en la notación lógica de Marx. Simbolismo cargado de acciones humanas, lleno de intenciones individuales y políticas, formar o no subsidios por caso, que nos hace ver que todo proyecto social, que bajo la producción mercantil exige la conversión del dinero en mercancía, siempre estará limitado por la cantidad de dinero disponible y también por la imposibilidad de trabajar y ahorrar a velocidad infinita. Si la construcción de un proyecto demora 10 años, tiene un coste de 100 millones de dólares y se dispone de un millón de dólares anuales para su construcción, el proyecto en cuestión tardaría 110 años en realizarse. Pero si los ahorros individuales se suman la cuestión cambia por completo. Se lo podría hacer en 10 años. Razón por la cual debemos llegar a la conclusión de que las instituciones sociales más poderosas, por tener el rol de reducir el tiempo socialmente necesario para la materialización de los proyectos humanos, serían todas aquellas organizadas para centralizar dinero, el Estado y la Banca en particular. La primera a través de emisiones de moneda, cobro de impuestos, tasas y contribuciones. La segunda mediante su sistema de captación de depósitos. De esto se sigue lo vital de los nexos entre ambas instituciones por concentrar y controlar el dinero, el potencial de transformación de la producción social. Por esto es que nunca será igual si, como centro de sus relaciones, la Banca está separada del Estado o si el Estado está anexado por ella. Ecuador no tiene experiencia de lo primero, pero sí de lo segundo. Acontecer para el cual es indiferente distinguir entre Banca privada local o extranjera. Da igual si la capacidad del Estado de emitir moneda está constreñida, exista o no moneda nacional en circulación, a asumir forzosamente la forma de crédito bancario que exige el pago de intereses. La deuda pública, externa e interna, no se diferencia en cuanto a esto. Bosquejamos un escenario de coyuntura. Y en éste, el decreto 883, centrado en la eliminación del subsidio a los precios del diésel y de la gasolina extra, y no en su focalización como paso previo a separarlo del sistema de precios, procesó una forma de financiación del Estado para reducir la presión a un mayor endeudamiento externo público y forjó dos tesis. Primera, que dicho sentido es imprescindible para eximirse a futuro de tomar más préstamos bancarios. Y, segunda, que bajo un contexto de creciente deuda pública los subsidios son indeseables. Compartimos la primera tesis, pero no la segunda. Todo dependerá de los objetivos sociales, políticos y productivos que la sociedad se proponga alcanzar. Si la meta es combatir la pobreza se entenderá que jamás sería admisible una política que la aumente por retirar subsidios. Por esto una separación de las ayudas estatales del sistema de precios no debió significar su eliminación, sí su focalización. En cambio, el decreto 883 al eliminar el subsidio de los precios al diésel y a la gasolina extra formó, a través de los nuevos precios, el subsidio de los pobres al Estado sobre endeudado. Ello explica el levantamiento indígena y evidencia la incapacidad ministerial para reconocer los límites políticos de una política. El subsidio al Estado sobre endeudado o, lo que es igual, la factura de pago de la deuda externa pública no debe provenir de los pobres ni de la pequeña producción o economía popular y solidaria. Debe ser así porque aún cuando el endeudamiento externo público haya sido hecho en nombre del combate a la pobreza, lo que también se reconoce como pago de la deuda social, sirvió de sustento para la acumulación de capital. Antes de que los pobres pudiesen tener acceso a la recepción de servicios hospitalarios se tuvo que pagar la ganancia de los constructores de los hospitales y de los servicios hospitalarios. El capital parece ser primero. Pero, volvamos aquí a los subsidios. Sea en un contexto o en otro, no se puede generalizar. Una política hará deseable un tipo de subsidios, otra política volverá factible otros. El ex-presidente George Busch, lo recuerda el portal Prensarural.org, hizo hace mucho tiempo la siguiente y esclarecedora confesión: “Es importante para nuestra nación cultivar alimentos, alimentar a nuestra población. ¿Pueden Uds. imaginar un país que no fuera capaz de cultivar alimentos suficientes para alimentar a su nación? Sería una nación expuesta a presiones internacionales, una nación vulnerable y por eso cuando hablamos de agricultura en realidad hablamos de una cuestión de seguridad nacional”. Mensaje profundo, sincero y conmovedor si lo que interesa es la soberanía. Sin seguridad alimentaria no hay soberanía nacional. Por esto es que el ex-presidente Barack Obama, en febrero de 2017, elevó los subsidios a la agricultura norteamericana de 56.000 millones de dólares por año a 97 mil millones de dólares por año. Y por idéntica razón se explica que, 2 años después, el actual presidente Donald Trump acaba de aprobar un paquete de ayuda a los granjeros y agricultores norteamericanos, por 16 mil millones de dólares, para paliar los efectos de la guerra comercial con China que sale de los bolsillos de los importadores norteamericanos de mercancías chinas. La vulnerabilidad de un país sin agricultores, se entiende claramente, si percibimos que el tiempo de resistencia del organismo humano saludable a la falta de alimentos está entre 4 a 6 semanas. Y también se comprende, muy nítidamente, el poder político de una nación que desarrolla un potencial para alimentar a otras naciones y que hace del afán de afianzar su hegemonía mundial una razón de subsidios a su producción agrícola. Y se percibe la decrepitud de aquellas naciones que retiren subsidios a su agricultura y/o que tengan como su prioridad la minería para otras naciones frente a la agricultura para la población local. En un mundo regido por el gran hermano depender de la importación de alimentos no es una situación deseable si hablamos de soberanía, las rutas de transporte pueden ser bloqueadas militarmente. La mayor política que atente contra la seguridad, soberanía alimentaria, e independencia nacional, sería aquella diseñada para retirar tierras y hombres de la agricultura y elevar las importaciones de alimentos. Hay que entender que la derogatoria del decreto 883, obtenida por la fuerza del movimiento indígena, fue también una exigencia de soberanía. Lo fue, primero, por ser la cuestión alimentaria la base de todo y fuente material de independencia nacional, y, segundo, lo fue por evidenciar que en lo agrícola subyace un gran potencial de fuerza política. Las ciudades dependen del campo y no éste de aquellas. Por todo esto diremos que el problema de los subsidios no se circunscribe a que éstos existan o no, y tampoco concierne a la circunstancia de que, en caso de existir, sus montos sean mayores o menores. Atañe, sí, a las realidades sociales, políticas y productivas que, socialmente, se deseen y se deban construir mediante la existencia y asignación de subsidios como razón de centralización de dinero y de su uso. Asunto que no impide eliminar subsidios y despilfarros, que lesionen el interés nacional, más aún si son proclives a no debilitar ni extinguir la tendencia al endeudamiento externo público. Es ilustrativo observar que el actual presidente de México, AMLO por sus siglas, acaba de declarar que durante su administración la deuda externa de su país no se elevará. Cuestión crucial para una política que defienda en serio la dolarización o que persiga, también en serio, la desdolarización del país. No son los subsidios, per sé, los que cuestionan la cantidad de moneda en circulación y su poder adquisitivo. Sí lo hace el desinterés empresarial por reinvertir en el país, evidenciado en la salida de capitales, algo que no hace el campesinado productor de alimentos. Sí lo hace el virtual estancamiento del valor de las exportaciones, que dura ya todo un quinquenio, 2015-2019. Y sí lo hace el improductivo crecimiento de la deuda externa pública, puesto que todo deudor presta para devolver y todo acreedor espera para cobrar. Si, por ejemplo, el valor de los salarios fuese realmente la base de la falta de competitividad exportadora del país, no sería difícil entender la importancia de una política de subsidios que, al mismo tiempo que eleve los salarios reales, abarate los salarios nominales, lo que supone forjar una política de deflación de precios sobre los bienes salarios y comprometer parte de la ganancia de los sectores productivos, en particular de los exportadores, en alcanzar un propósito de esa naturaleza. Siempre será preferible tener ganancias a no tener ninguna o a tener pérdidas. Por esta razón el Ecuador debe forjar un gran acuerdo nacional para identificar los subsidios que le interese tener para, por su desarrollo productivo, formar una tendencia al cero endeudamiento externo, avalar su soberanía y no recibir dádivas ni sufrir las exigencias de nadie. Significa reconocer el tipo de semilla que es como nación y definir, de cara al mercado mundial, el tipo de árbol en que ella debe convertirse. Única demanda esencial como objetivo nacional para centralizar dinero y actuar en consecuencia. Los subsidios deben servir para comenzar a andar como un Estado nacional repleto de dignidad y de soberanía, lleno de personas sanas, educadas y productivas.

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Investigador de procesos productivos

Por Carlos León Gonzales

Investigador de procesos productivos

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