Por: Carlos León González

     Si algo permite apreciar la situación actual de Ecuador, además del hecho de no tener moneda nacional, es observar una política fiscal que forma déficit y suma deudas y que corre paralela a la paulatina creación de crecientes depósitos monetarios en el exterior. No existe nada más visible en la última década, 2010-2019, que esta manera de dividirse el trabajo y de atribuirle una función al Estado nacional. La deuda pública es la que sostiene la dolarización del país y, a la vez, es la que provee la liquidez que se deposita en el exterior, una vez que el endeudamiento público, a través de la circulación del dinero, se convierte en patrimonio privado. Esto resume todo, es el contexto, y el reiterado superávit importador, balance de la última década, lo prueba hasta la saciedad; Ecuador forma endeudamiento externo para sostener la salida de capitales privados.  

Club de Leones

    Respecto a esta cualidad es irrelevante que el proceso de endeudamiento externo público haya tenido o no santas y/o saludables razones; por ejemplo, pagar la deuda social y modificar la matriz energética, pues para cumplir el rol que hemos descrito todo vale, inclusive el recordado reparo, cierto por lo demás, de que el país ha perdido demasiado tiempo en su política de desarrollo. Nótese la incongruencia actual. Hay energía eléctrica de sobra para producir y los depósitos monetarios de ecuatorianos en el exterior siguen creciendo. Pero este endeudamiento externo finalmente no productivo no carece de límites. Su expansión generó el arribo del FMI, su restricción. No hay bomberos que lleguen antes del incendio. Y aquí nuestra conjetura. ¿Ecuador bosquejó una política para que tal regreso sucediera? Pareciera que sí y la pregunta es, ¿por qué? Pero lo primero es primero. Queda claro que si fue preciso que la relación deuda/PIB rebasara el 40% antes de que el FMI arribara otra vez a Quito, cada gobierno, el actual y el anterior, no hay otra resultante, han hecho su decisiva contribución al respecto. Esto explica por qué el FMI no vino antes y sí ahora y por qué ambos gobiernos parecen hoy tan distintos, añorado el anterior y vilipendiado el actual, pese a tener ambos una misma política, un endeudamiento externo que sustenta la extracción de capitales.

      El impuesto a la salida de divisas, no impide tal desangre, lo legaliza, hemorragia de liquidez que forma un nivel de PIB muy inferior al que debiera existir.

     Lo referido es una primera cuestión a considerar; pero se requiere una segunda, la siguiente: toda crisis económica desemboca y se presenta como una crisis de liquidez; esta revelará la existencia de aquella pero no la constituye ni explica por sí misma. En general toda crisis de liquidez, sin importar sus causas, hace referencia a la existencia de dineros que no compran. Pero no es tan simple; veamos.

     El dinero no cambia de manos a velocidad infinita. Sale de los bolsillos de los compradores hacia las faltriqueras de los vendedores, dormita en ellos durante tiempos diversos y finitos, unos más largos, otros mas cortos, despierta y sale nuevamente hacia los monederos de los nuevos vendedores. Esto tiene sentido porque nadie guarda indefinidamente su dinero; también porque nadie gasta o invierte sus ingresos inmediatamente después de haberlos recibido. Y significa que sin momentos de espera no hay circulación del dinero. Es lo razonable. Las crisis de liquidez no se refieren a esto. Pero sí a una extensión fuera de lo habitual de los tiempos de espera para que el dinero retorne a la circulación. La cantidad de dinero que efectivamente retorna a la circulación en un momento dado es inferior a la cantidad de dinero que en el instante anterior salió de ella. Y significa, primero, que existen ofertas que, por las razones que sean, no provocan la salida del dinero de los bolsillos de sus tenedores y, es lo segundo, que toda cantidad de dinero que se retarda demasiado en retornar a la circulación, exceso de ahorro pontificó Keynes, lo hará si, y sólo si, se modifica la oferta productiva. El concepto de destrucción creativa, propuesto por Sombart y retomado por Schumpeter, está vinculado a esto profundamente.

      Si algo convierte a toda crisis de liquidez en razón de quiebra empresarial es, justamente, esto último. Toda producción que, por diversas causas, nadie quiere, o se la desea muy poco, no atrae o enamora cantidades escasas de dinero, por esto se extingue, sea en el interior o en el exterior; situación típica de inversiones que al formar producciones inútiles mudan en consumo involuntario.

     Covid 19, por su naturaleza, enraíza en esta forma de generar iliquidez, se topa con ella y la intensifica como descenso simultáneo de la demanda interna y externa. Razón particular, inesperada, por la cual el rol atesorador del dinero absorbe segmentos de su papel circulatorio, aquí y en el resto del mundo.

     Primero, y respecto a Ecuador, constituye una razón para que una parte de la liquidez que permanece en el país se dirija sólo hacia las actividades esenciales para sobrevivir. Segundo, forma el motivo para que la otra parte de la liquidez existente no fluya hacia las producciones que no son vitales para diferir la muerte, sean estas nacionales o importadas, es dinero que permanece fuera de la circulación, pero dentro del país. Tercero, tiene el mismo efecto contractivo inherente al dinero que abandona el país para no comprar en él. Y, cuarto, se vuelve causa que obliga a crear mutaciones en la oferta productiva, algo muy visible ya.

     La situación del país se contiene en este bosquejo. Estamos ante tenedores de dinero que no compran en el Ecuador por razones divergentes y confrontadas

    No hay sostenibilidad posible, ni el país es viable, con una deuda externa pública que ha tenido el rol, explícito o no, inconsciente o no, de complementar al sector exportador en ingresar divisas al país, pero no para crear nuevas ventas al exterior sino para alimentar de dólares a la circulación interior y sostener, finalmente, una sistemática salida de capitales. Su expresión es incontrovertible. Ecuador, en las circunstancias que le ha tocado vivir, hizo de la paulatina formación de iliquidez e insolvencia estatal su matriz de política económica y de plasmación acelerada de lo que llamó Sumak Kawsay. Sus límites están a la vista. Dólares que no pueden usarse en el exterior por su circulación en el interior; y dólares que salen al exterior para no producir ni comprar en el Ecuador, evidencia de conductas anti-empresariales, contrarias a la nación, sus justificaciones, una fachada. Los fondos buitre ganan más aprisa y muchísimo más comprando bonos de países quebrados y demandándolos. ¿Es un mal pensamiento?, sí, es un fenómeno real y una posibilidad para usar depósitos monetarios en el exterior.

    Prestar de manera creciente cuando los ingresos del deudor suben y tener que pagar cuando los ingresos del deudor bajan es un mal predicamento, no difícil de imaginar, y menos dificultoso de prever, por la constante fluctuación de precios en el mercado mundial; así se dice que los problemas se derivan del sector externo y no de la política que obvia las fluctuaciones de precios en el mercado mundial, cobertura falaz. Las situaciones de iliquidez así gestadas se topan con otras incertidumbres que intensifican la creación de nuevos déficits fiscales y que obligan a prestar de nuevo, pero ahora por reducciones efectivas y persistentes de los ingresos esperados. Así la deuda externa sólo crece y suma déficits porque no se la paga. Y no es un objetivo hacerlo. Sin excedentes de exportación, con depósitos monetarios en el exterior crecientes y con el afán de sostener la ausencia de moneda propia, pagar no es una política, deber más si.

    Aunque el anterior gobierno y el actual, conjuntamente, suman, déficits fiscales y deuda externa, la administración anterior experimentó ambas situaciones y la actual sólo la segunda.

     Las medidas nacen bajo este escenario, sin rebasarlo o modificarlo en lo más mínimo. Covid 19, respecto a él, por el gasto fiscal que exige, revela en mayor nivel el grado de iliquidez de la caja fiscal en la coyuntura y anticipa en el presente escenarios de crisis futuras. Lo mismo se percibe desde los depósitos monetarios en el exterior, aunque la expansión de la deuda externa los oculta como razón de iliquidez.

     Los grandes empresarios no protestan, y con razón, es lo que se ve, contra lo que se llama neoliberalismo, otros sí lo hacen, y también con razón; pero nadie ha luchado contra el endeudamiento externo, esté o no permitido por la Carta de Montecristi, origen de la presencia del FMI, pero también de pagos de la deuda social, de la obra pública que unos extrañan, de la formación de los beneficios que soportan la salida de divisas y que es la razón de la sostenibilidad de la dolarización tan apreciada por todos.  Alan Greenspan se refirió alguna vez a la deuda pública, en defensa del oro, como una palabra usada para la confiscación “oculta” del patrimonio, pues bien, no es otro el desenlace; por ejemplo, en lo que se llama ley de apoyo humanitario, el gobierno reconoce que sin el régimen de contribuciones solidarias no puede atender sus obligaciones con su propia población. ¡Qué pobreza!

     De conjunto ambos proyectos de ley son una expresión de lo posible, o de lo que se juzga como tal en la coyuntura, la cual no deja de estar signada por lo que citando a Naomi Klein llamaríamos capitalismo financiero del desastre, cuestión que, según nosotros, incluye la permanencia de la costosísima dolarización como rueda de la circulación y una muy extendida falta de responsabilidad social y de compromiso de los empresarios con la nación, que el impuesto a la salida de divisas no limita o apenas restringe.

     Primero, el déficit fiscal muta en déficit de empleos, en déficit de salarios, en déficit de derechos laborales por déficit de jornada laboral, en déficit de demanda interna y en superávits de bajos ingresos, de competitividad e “informalidad” Segundo, los recortes se transforman en un fondo de estabilización y en fondos de cobertura para surfear probables contingencias fiscales derivadas de la volatilidad de los precios del crudo. Tercero, hay una variopinta y muy comprensible eliminación de penas, generación de acuerdos, disposiciones y concordatos derivables del retardo temporal en la presencia del dinero como medio de pago que la pandemia causa a empresas y personas, reconocido en parte como medidas solidarias, pero aplicable también a las deudas privadas y a las obligaciones tributarias. Cuarto, hay el afán de potenciar la acción del gobierno al formar una corriente transitoria de recursos que fluyan hacia él para orientarlos hacia la población más vulnerable y hacia la pequeña producción como créditos para la reactivación que no repara en las dificultades de liquidez en curso que Covid 19 intensifica. Quinto, hay el afán de centralizar la gestión de fondos privados como fondos públicos, a excepción de los recursos que reúne la banca privada, para que el gobierno tenga una mayor capacidad de maniobra en su política de gasto y de pagos, al aprovechar los retardos temporales inherentes a la circulación del dinero. Sexto, se percibe que la flexibilización laboral, para los nuevos negocios, no forma ningún compromiso empresarial respecto a metas privadas de nuevas exportaciones ni tampoco van atadas a retornos de los depósitos monetarios en el exterior. Séptimo, aunque el esfuerzo de ajuste va ligado a nuevos incrementos de la deuda externa no se precisa la forma y los plazos en que la relación deuda/PIB volvería al límite del 40% y porqué debiera permanecer en ese nivel. Y, octavo, en general, se vislumbra de los proyectos de ley, enviados y aprobados, que no sólo la salud está en emergencia, sobre todo lo está el pago de la deuda externa y entre ambos la prioridad de gasto de recursos ha sido claramente definida.

     Covid 19 desnuda esa preferencia y problematiza el rol del endeudamiento externo que hemos descrito y de la política que lo conduce; los proyectos presentados y en trámite se constriñen por esa política y se ciñen de modo estricto a la coyuntura, y no más allá.

    Ahorrar sea para invertir, abolir despilfarros, gastar, donar o pagar, tipifica, fácilmente, efectos muy distintos para una misma conducta.

     En un mundo organizado incluso para hacer factible el poder acumular sin producir, muchas combinaciones son posibles con tal propósito. Y no se precisa mucho. El controvertido pago hecho recientemente en el curso de la pandemia, aún cuando tenga que ver con los compromisos adquiridos, ya que se presta para devolver, no puede obviar, lo señalamos antes, que existen depósitos monetarios en el exterior, que adquirir bonos con descuentos de los Estados con dificultades siempre es factible, que comprar bonos es muy rentable a corto plazo si se sabe que deudas adquirir y, sobre todo, que la condición material que alude a la situación de todo acreedor, es poder esperar para cobrar lo prestado sin arriesgar la vida; premisa imposible de atribuir a los enfermos por Covid 19 quiénes ya están con sus vidas en riesgo.   

    Si algo pone en peligro al Ecuador, hoy, es la dolarización y el endeudamiento externo como razones de iliquidez; es nuestra postura. Covid 19, más que la deuda externa, trae mucho del mañana al presente. Y conmina al Ecuador, de una vez por todas, a hacer de la escasez su mayor exigencia de innovación. Y, al respecto, los escarceos electorales y las reformas sólo al nivel del Estado, por la experiencia anterior y presente, no sirven para nada al margen de la producción.

     Desde esta perspectiva Ecuador requiere una política de alcance estructural para reorganizar su coyuntura.

     Guayaquil, mayo 23 de 2020.   

+ posts

Investigador de procesos productivos

Por Carlos León Gonzales

Investigador de procesos productivos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *