Por: Napoleón Saltos Galarza

La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla.

Club de Leones

(Benjamin 2013, Tesis VIII)

La pandemia del COVID19 ha alterado la marcha de la sociedad global. Desde arriba, movimientos contrarios: la detención del tiempo vertiginoso de la modernidad en la economía, y la aceleración de las formas extremas de respuesta en lo político.

FRENAZO DEL TREN DEL PROGRESO

La detención de la producción y el consumo han ahondado la crisis de recesión mundial. A partir del 24 de febrero de 2020 se inicia el derrumbe de las Bolsas de Valores. La crisis se profundiza con la guerra del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita, desatada el 8 de marzo. El 9 de marzo los índices (Dow Jones, NASDAQ y S&P) de Wall Street cayeron en -7%, la mayor caída desde la crisis hipotecaria de 2008. Dos días después, el 12 de marzo, los índices cayeron -9%, la mayor caída desde la crisis de 1987. El 16 de marzo cayeron 12%, superando la caída del 28 de octubre de 1929. Los Bancos Centrales y los Gobiernos intervinieron para el salvataje y se logra un breve repunte. Pero nuevamente a partir del 1° de abril, regresan las caídas de los índices de Wall Street al -5%.

Se detiene por un momento el consumismo y la gente atiende las necesidades básicas. Según CNN, la producción industrial cayó en marzo en Estados Unidos el -5,4%, el porcentaje más alto desde 1946, encabezada por la industria automotriz y aeronáutica; las ventas minoristas cayeron -8,7%, encabezadas por venta de autos y combustible; pero la venta de alimentos y productos básicos subió el +26,7%. El auto, el símbolo del “american way of life” se diluye ante las urgencias de la vida buena.

NACIONALISMOS Y AUTORITARISMOS

Y entonces el credo neoliberal se vino abajo, los grandes capitales regresaron la mirada al Estado, como la tabla de salvación. Aunque era su propio Estado, la imposibilidad de buscar acuerdos, el renacimiento de los nacionalismos, sálvese quien pueda. Los cierres de fronteras por el cerco epidemiológico se reforzaron con los salvatajes de los Bancos Centrales a sus propios capitales.

Quizás la tragedia mayor fue la disolución de la UE, la imposibilidad de acuerdos entre los del Norte rico y los empobrecidos del Sur. El nacionalismo fue la trampa también para las respuestas a destiempo, en casos como el del Gobierno de Trump: un virus chino que no podía llegar a América, una gripe sin importancia. Otra vez se sentía la ausencia de un Estado mundial y la debilidad de los organismos multilaterales, de la OMS para coordinar respuestas ante la pandemia. Aunque luego, ante el peligro real, volvieron los acuerdos arriba entre la tríada USA-Rusia-China.

El fracaso del Estado aparece hacia abajo. Décadas de privatización y mercantilización de la salud, terminaron en el debilitamiento de los sistemas de salud que fueron rebasados por la velocidad de la pandemia. El fracaso profundo está en el sistema medicalista y curativo implantado, orientado a las ganancias de las grandes transnacionales.  

La pandemia es la oportunidad para legitimar el Estado de seguridad, el biopoder de control de la población mediante la combinación de la acción policial y la invasión de los medios virtuales. El campo de concentración invade el espacio íntimo del hogar y somete a la gente a un estado de nuda vida. Y entonces desaparece la ficción de la democracia representativa liberal para mostrarse el rostro real: “el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla” (Benjamin 2013, Tesis VIII). El riesgo es que después de la pandemia el control quede legitimado, que los oprimidos nos olvidemos de la naturaleza del Estado.

El encierro sanitario ha contenido las oleadas de luchas de Octubre en nuestro Continente, ha quitado la calle a los oprimidos.

COMUNIDAD Y SOLIDARIDAD

Desde abajo y desde afuera, la pandemia abre puertas. El frenazo del “caballo desbocado de los alienígenas invasores” (Milla 2001, 38), permite por un momento el respiro de la Madre-Tierra, y nos recuerda que el origen del problema, el virus y la crisis, parte de la ruptura de la humanidad ante la naturaleza. El encierro recuerda el fundamento de la economía del cuidado y del lado femenino de la vida, negados por el capitalismo patriarcal. El cerco muestra la importancia del agro, del páramo, para el alimento de las ciudades.

La orden “quédate en casa” evidencia la desigualdad de quienes no tienen casa y viven (o mueren) día a día, sin el pan de cada día. Al dolor del 60% de desempleados y subempleados, ahora se suma la angustia de los despedidos bajo el pretexto de la pandemia.

Todavía es el tiempo de la resistencia y la exigencia ante el Estado; pero no vamos a encontrar allí la salvación. El reto es no aceptar la cuarentena como aislamiento, buscar tejer nuevos lazos, nuevas formas de relaciones de comunidad y solidaridad, más allá del mercado y del Estado.

Las iniciativas pueden partir desde el territorio, en el campo y la ciudad. Colocar a la economía y a la política sobre los pies, para que respondan a las necesidades vitales, salud, alimentación y trabajo, de la población. Podemos ampliar la fisura que se ha abierto, para empezar a construir el Estado Plurinacional sin permiso.

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Militante de los Movimientos Sociales.
Comuna-Ecuador

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