Por: Marianeli Torres Benavides

La pandemia de la Covid19, la tragedia humana del empobrecimiento detrás de las bambalinas de un País que pretende ser el primer exportador de camarón en el mundo.

Club de Leones

Las cifras de pobreza por Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) en las zonas costeras bordean el 100%. En el cantón Guayaquil, de la provincia de Guayas, uno de los cantones aparentemente de mayor dinámica económica, la pobreza es del 47% por NBI esto quiere decir que, de una población de 2.300.000 habitantes, 1.100.00 carecen de lo básico para vivir. En este momento Guayaquil, es el cantón más golpeado por la pandemia.

Las provincias de Guayas, Manabí y El Oro son territorios de gran actividad comercial por contar con puertos de alto calado: el puerto de Guayaquil, en Guayas; el de Manta en Manabí y el de Puerto Bolívar en EL Oro. Paralelamente son las provincias donde se asientan la producción de camarón, banano y, de pesca industrial que, se supone, son los principales rubros de ingreso de divisas al País, así como de generación de mano de obra, lastimosamente barata y si ningún tipo de aseguramiento.

Las grandes exportadoras de camarón, banano y atún, monopolios vinculados a la clase política, forman parte de las pocas actividades productivas privilegiadas por el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea al cual el Ecuador adhirió en el año 2016 pese a que no había ningún incentivo ni protección a las zonas biodiversas, ni a trabajadores, ni a comunidades ancestrales recolectoras, pescadoras y campesinas.

La acuacultura industrial del camarón ocupa, según datos oficiales, una extensión de 250.000 hectáreas a lo largo de la faja costera y genera 250.000 plazas de trabajo a lo largo de toda la cadena, según la misma Cámara Nacional de Acuacultura.  En mayo de 2019 las exportaciones del camarón sumaron 1.482,1 millones de dólares y en junio fue 1.842 millones de dólares. Mientras la exportación de banano, en ese mismo año, fue 1.444 millones de dólares en mayo y en junio de 1.706,1 millones de dólares.

Estos ingresos deberían traducirse en condiciones de vida, medianamente dignas, al menos para la población que trabaja para la industria o para la que vive en las zonas industriales. Sin embargo, el hacinamiento y su consecuente insalubridad; la falta de agua segura para consumo humano, el hambre y la desnutrición; el poco o ningún acceso a la educación, el desempleo y el subempleo y como consecuencia final una muerte indigna queda dramáticamente dibujados en la memoria de la sociedad ecuatoriana, después de que las imágenes de zonas costeras del País se trasmiten como película de terror a través de todos los medios, desde la presencia del coronavirus.

Desde el mes de febrero en que en el Ecuador se detectó la presencia del virus, las provincias costeras, especialmente la provincia de Guayas, son las más afectadas. Los datos oficiales al 24 de abril de 2020 indica que el primer lugar de infección lo tiene la provincia de Guayas con 15365 personas infectadas; el segundo la provincia de Manabí con 1869; en el quinto puesto esta la provincia de El Oro con 477 contagios; las provincias de Santa Elena tiene 321 personas identificadas con el contagio y la de Esmeraldas registra 195.  Se considera que el subregistro puedes ser entre un 40 Y 45% por la incapacidad de detectar con pruebas a los portadores de la enfermedad y de tener control sobre el sistema de salud y sus profundas limitaciones para la atención.

Los pueblos de recolectores y pescadores de los estuarios de las zonas costeras son los principales afectados por la invasión de piscinas camaroneras en el ecosistema manglar, y por supuesto, muy afectados por la pandemia.  “Nosotros salimos todos los días al cangrejo. Viajamos por todo el estuario, vamos desde el estero Huyla, como se llama aquí, hasta la isla Puna, allí nos quedamos tres días y regresamos, vivimos del diario. Cuando está bueno se gana 36 o 38 dólares en la semana, pero ahora estamos parados no hay de que vivir. Ya era duro antes porque casi no hay ya cangrejo, porque ya no hay manglares, ahora peor está la situación… salimos de todas maneras algunos días que hay quien nos lleve al manglar, hay que arriesgar sino no se come. Pero el cangrejo ahorita nadie compra, no tiene precio, se trae para comer” lo dice Mayra Carrasco, mujer recolectora de la provincia de El Oro. Esta historia se repite a lo largo del pacifico ecuatoriano. 

Los pescadores artesanales recorren con su producto las calles de los pueblos y ciudades: a dólar la libra de camarón y tres libras de langostino por cinco dólares ofrecen a viva voz, en medio de un silencio sepulcral de miedo en horas de toque de queda. Este precio en el que comercializan su producto no cubre mínimamente la inversión pues la faena de pesca tiene un costo base de 80 dólares en combustible, el producto que se logra no cubre los costos. Mientras en los supermercados, en las “grandes ciudades”, la gente sigue consumiendo los mariscos y pescados empacados de las marcas comerciales, que dicen tener “seguras cadenas de frio”, a precios descomunales.

¿Dónde está ese País que casi, casi era del primer mundo que, nos vendió el gobierno de Rafael Vicente Correa Delgado? ¿Dónde está la riqueza que genera la acuacultura industrial del camarón a la que, ese mismo gobierno le entregó, sin beneficio de inventario, casi 200.000 hectáreas de ecosistema manglar por lo cual pagó 500 dólares cada empresa, sin importar la extensión que ocupan y pagan 25 dólares al año, para renovar la concesión de la ocupación, si es que no les entregaron un título de propiedad, de manera infame e impune, que fue en la mayoría de los casos?

No hay que olvidar tampoco el zarpazo que le dio el correato al patrimonio marino costero del Ecuador a través de la adhesión a la Convención del Mar con la emisión del Decreto Ejecutivo 1209 de junio de 2012.  Esta libera las 200 millas marinas que permanecían bajo la soberanía nacional y las internacionaliza para su libre explotación, significando un atentado a las pesquerías de pequeña escala, es decir una estocada a las comunidades de pescadores artesanales. 

La pandemia del empobrecimiento, de la corrupción, de la injusticia son amenazas que se mantienen latentes, agresivas y permanentemente mortales.

En este contexto la vivencia solidaria en comunidad, el refuerzo de los lazos de afecto de la familia ampliada donde se acoja la humanidad, el respeto y reciprocidad con la naturaleza son herencia de nuestros ancestros a la que debemos despertar para que las historias que se cuentan no sigan siendo de devastación.

C-CONDEM

Licenciada en Comunicación con especialidad en Investigación de la Universidad Central, Ms en Investigación en la Puce.

Por Marianeli Torres Benavides

Licenciada en Comunicación con especialidad en Investigación de la Universidad Central, Ms en Investigación en la Puce.