Por: Natalia Sierra Freire.

Tomado de Ecuador Today

Club de Leones

La actual crisis sanitaria, que ha creado una inmensa que grieta en el la historia última del capitalismo, genera un falso dilema, del cual hay que salir si queremos emprender la construcción de un mundo más humano, un mundo más equitativo, un mundo más solidario.

Este falso dilema nos presenta dos alternativas:

Por un lado, la idea de proteger la libertad mercantil promovida y extendida durante los últimos 70 años por el neoliberalismo. Occidente vendió al mundo la idea de que el capitalismo ofrecía la libertad a todos los pueblos que asumieran la forma mercantil como organización de la vida social individual y colectiva.  Es decir, se conquistaba la libertad trabajando para producir y consumir. La libertad consistía entonces en la capacidad que cada uno tenía para buscar la mejor oferta salarial a su mano de obra, que significaba buscar el mejor precio para la misma y con ello poder asegurar  capacidad adquisitiva para hacerse consumidor de alto nivel. Como era de esperar, por la propia lógica de acumulación y concentración de capital, eran muy pocos los que podían tener la posibilidad de ser consumidores reales y de alto nivel. Gran parte de la población  solo podía tener esta posibilidad por efecto de las ofertas crediticias que iban a engordar el capital financiero. Tenemos así el crecimiento de la cultura  de las  tarjetas de crédito que inundaron las billeteras de las familias de las  clases media, en sus distintos estratos. Familias que se  endeudaban para el resto de su vida con la ilusión que poseían bienes que realmente les pertenecían a la banca. Eso se vio con absoluta claridad en la crisis inmobiliaria del 2008, en la que millones de familias fueron desalojadas de las viviendas que no pudieron pagar. Para los sectores populares, que no  tienen acceso a la ilusión crediticia, se les daba la ilusión publicitaria, sólo podían tener acceso a la felicidad mirando las inmensas vallas publicitarias que anunciaban la promesa consumista, en medio de la pobreza de las favelas, de las villas miserias, de los suburbios en crecimiento. Lo importante era mantener la idea de la libertad mercantil, la idea aunque solo sea idea de que podemos ser libres, que podemos consumir lo que queremos, que podemos viajar a donde queremos, que podemos tener la casa que queremos, el auto que deseamos, aunque en la realidad efectiva no se tenga acceso. Lo importante era mantener a la mayoría de la población enganchada a esa idea de libertad de consumo mercantil y volverla conformista, esperando el golpe de suerte que le dé el dinero suficiente para consumir, y con ese consumo producir la mejor mercancía: su satisfacción y su felicidad.

Un fracaso anunciado: la realización de la libertad mercantil, es decir la ampliación del consumo de la población estaba destinada al fracaso. La misma lógica del mercado en su época neoliberal  genera niveles de concentración de capital tan altos que provocan el empobrecimiento y  miseria a la mayoría  de la humanidad.  De hecho, la crisis de sobreproducción que se repite en todos los ciclos del capital,  es una muestra de ello.  La idea de la felicidad ligada a la libertad del consumo se ha hecho efectiva en pocos sectores de la población planetaria, los llamados nortes globales que concentra muy poca población en relación a los sures globales. Esta crecente desigualdad ha provocado ha hecho que la idea vendida por el neoliberalismo pierda credibilidad en cada vez más poblaciones a lo largo de todo el planeta. Sin embargo, los grandes medios de comunicación mundial y los gobiernos neoliberales han seguido promocionando la idea de la libertad mercantil como panacea de la mejor forma de organización y socialización humana. De pronto, la pandemia de la noche a la mañana suspendió no solo los circuitos de producción, sino sobre todos los circuitos de distribución, circulación y consumo. Pasamos de un momento al otro de ser una sociedad lanzada al consumo real o ficticio, a ser una sociedad confinada en sus casas, con un nivel de consumo mínimo en relación al estrato de la sociedad en el que se encuentren.

La libertad de consumo de los individuos y las familias quedó encerrada en la casa, la libertad de producción detenida en fábricas vacías, la libertad de distribución suspendida en fronteras y puertos cerrados,  la libertad de circulación sitiada en aeropuertos, carreteras y ciudades vacías.  Sobrevivió la libertad de información, a través de los grandes medios de comunicación tradicionales y las nuevas redes sociales virtuales, para compartir el miedo colectivo a la libertad de salir, caminar, saludar, abrazarse, encontrarse.  En medio de esta agonía de la libertad de mercado, creo que, revivió la libertad de pensamiento y sobre todo del crítico, ese que fue perseguido, amenazado, arrinconado en mientras la  libertad mercantil dominaba nuestras vidas.

Muchos y sobre todo los predicadores de la libertad mercantil lloran hoy su colapso, y hacen todo lo posible por volver lo más pronto a su normalidad, a esa normalidad en que el libre mercado gobernaba la vida de la sociedad, a costa de su bienestar. El regreso a la normalidad del mercado y su liberalismo  es una de las alternativas de este falso dilema.

Por el otro lado está la seguridad, esa que nos ofrece la respuesta sanitaria que dio la China del Partido Comunista a la emergencia provocada por el coronavirus. La seguridad que fue destruida por el neoliberalismo y que hoy en la emergencia sanitaria muestra lo necesaria que es para cuidar la vida de las personas. Lo peculiar es que esa seguridad que hoy nos ofrece la gubernamentalidad asiática significa renunciar a la libertad. Según esta visión la única posibilidad de asegurar nuestra vida es disponernos aceptar que el Estado, a través de todos sus mecanismos tecnológicos de control, nos vigile día a día, hora a hora, minuto a minuto. Aceptar sin más que tenemos que confinarnos en nuestras casas, aceptar no sólo la cuarentena sino los estados  de excepción que cada vez son más y más prolongados. Aceptar que el ejército salga por las calles a asegurarse de que nadie incumpla el toque de queda, que todos usen tapabocas y que mantengan la distancia de los 2 metros. En el contexto de la emergencia sanitaria, toda esta política de seguridad parece ser no solo aceptable, sino indispensable para evitar el virulento contagio y así evitar el colapso de los sistemas sanitarios, que colapsan rápidamente debido a su  desmantelamiento neoliberal.

El problema de esta alternativa de seguridad en rigor no es su aplicación en el contexto de la crisis, el problema está en que la misma se prolongue más allá de la emergencia sanitaria. El problema está en que el régimen de seguridad se proponga como un nuevo tipo de gubernamentalidad, que venga a renovar el capitalismo tan venido a menos por las propias contradicciones del proyecto neoliberal. El problema tampoco es que el colapso de la libertad mercantil sea el colapso del mercado capitalista, simplemente puede ser que los momentos actuales de crisis y contradicciones de este sistema económico, se necesite un tipo de gobierno que controle a la población insatisfecha para que los juegos económicos de acumulación y concentración de capital se lleven a cabo sin perturbaciones. Asegurar que las protestas y movilizaciones sociales que se empezaron a sentir con mucha fuerza del año pasado, puedan ser controladas y eliminadas a nombre de la salud humana y quizá la salud económica. Quizá, el propio desarrollo del capitalismo en su época de decadencia requiera un tipo de gobierno autoritario que controle a la población para que el capitalismo en su desplome tenga más posibilidad de seguir acumulándose.  Quizá el intercambio mercantil requiera hoy más planificación para su propia seguridad y así evitar su muerte total con  el anarcocapitalismo que se ejecutaba con neoliberalismo.

De lo que trata, entonces, este falso dilema es de sostener a la población mundial dentro de las coordenadas del capitalismo, en el mejor proyecto para su propia reproducción. Ni la libertad mercantil abarca la libertad humana, ni la seguridad del estado capitalista contiene la seguridad de los seres humanos. Sólo en el contexto del capitalismo libertad y seguridad se vuelven excluyentes, al menos ese es el argumento  neoliberal y quizás el argumento desde la nueva gubernamentalidad con valores asiáticos. Si nos apartamos de este falso dilema, tenemos la posibilidad de imaginar y construir un mundo social donde la libertad no mercantil garantice la seguridad no ejercida desde el Estado capitalista.

Podemos construir una libertad segura y una seguridad en libertad si nos salimos de las coordenadas que marca  la también falsa dicotomía entre Estado y mercado, y nos ubicamos en la vida comunitaria, en la cual es posible tener libertad siempre y cuando ésta asegurar la vida de todos y todas en comunidad.  Es posible tener seguridad cuando cada persona acepte libre y conscientemente los límites necesarios para la reproducción de la vida común,  que significa la reproducción no solo de la vida humana, sino la de los otros seres de la naturaleza y de la naturaleza misma como espacio que nos acoge y nos permite construir nuestro hogar.

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