Por: Juan Cajas

Religiosamente, cada año, no sé ni cómo, llegaban a la casa de la Tola, dos bultos, repletos de maíz; entremezcladas venían mazorcas de maíz amarillo y blanco de morocho. Lo único que sabíamos era que provenían de Guaytacama, ración prodigiosa de la tierra ancestral de mis abuelos y mi padre.

Club de Leones

La dieta de ese entonces, no muy aplaudida por nosotros los hambrientos y numerosos gorriones pobladores de la casa, consistía en todas las múltiples formas que hábilmente mamá nos preparaba en el fogón de carbón y con ayuda del reverbero.

Cauca de sal, con coles y papitas, era, como decimos ahora la entrada; cauca de dulce era el plato fuerte, eso sí , con la irrenunciable potestad del tostado con ajito y cebolla larga.

Casi nunca faltaba la máchica para paliar la típica hambre de la tarde; el chapo con agua de viejas y a veces con leche, suplía todo el desgaste de las correrías de esos días de verano. La dieta???, no conocíamos felizmente ese terminajo tan en boga en estos días. Con un sucre gastado entre coles y papas, se hacía el almuerzo contundente para no pasar hambre. Con otro sucre similar, cotidianamente se podía comprar el pan caliente de mapahuira con vendaje.

Cuando venían las vacaciones, con un sol radiante, con el cielo limpio,  solo interrumpido en la visión por las cometas con su rabo de tela, hechas de sigse y sujetadas por hilo de algodón, nos tranportábamos al paraíso de la tierra de papá.

 Recuerdo la sonrisa imborrable de él cuando ya el bus de carrocería de madera, bajaba por caminos serpenteantes de tierra, hacia las llanuras bordadas de verde y amarillo, del valle circundante al Cotopaxi.

Ibamos de vacaciones a la paz de Guaytacama; previamente con algunos ahorros escondidos de mamá, papá había comprado una paca de King para el abuelo. Nos bajámabos del bus en la piedra colorada y con ilusiones emprendíamos en “Dodge”, por las calles polvorientas del pueblo. Al pasar al lado de la acequia, sabíamos que estábamos a dos pasos de llegar a la morada.

El abuelo Antonio con una sonrisa infinita ya nos esperaba en el patio que dividía el dormitorio con la choza de cubierta de paja que servía de cocina y criadero de los cuyes; la abuela Felicidad con su poncho y sombrero viejos, salía con sus mimos a festejar el arribo.

El único burro viejo que tenían, también saludaba con su rebuzno,  y todo el ambiente, con la música de las hojas de los  eucaliptos bailando con el viento, se conjugaba con el gozo del inicio de las vacaciones.

Hoy no recuerdo cómo dormíamos, seguramente hacinados – no había cama para tanta gente- sin embargo el gozo imperaba y superaba todo. Las sonrisas perpetuas de los abuelos sumadas a las de mi padre, cobijaban todo, a pesar del frío tenaz. Era tiempo de cometas y de vuelos hacia la luna y el sol… Maravilla de amor a los ancestros, a la tierra, a la paz y a las estrellas…

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