Economía Ecuador

     Por: Carlos León González

     Un mes de una cuarentena, aún inacabada, que nadie sabe cuándo concluirá y menos aún si resurgirá, dice mucho acerca del modo en que Covid 19 es presentado, y no sólo en nuestro país, como patología y pandemia global; esto respecto a la entidad que es, a su aparecer como novedad biológica, a su modo de infestación y diseminación, a su elevada velocidad de propagación, a su nivel de letalidad y a quiénes son más vulnerables ante él.  

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     La cuarentena contra Covid 19, podría interpretarse, como el mayor esfuerzo de solidaridad colectiva para salvar a los ancianos de una muerte cercana, al coste de paralizar gran parte del aparato productivo y los trabajos informales. Sería una situación inédita que la protección de la vida, en particular aquella de edad avanzada, se haya vuelto tan peligrosa. La cuarentena global lo formula a gritos y supera el discurso de la señora Lagarde, ex-gerente del FMI. No sólo los ancianos serían un riesgo para la economía global, también lo serían los pobres de cualquier edad. Disyuntiva horrorosa que fractura el tejido social, que es disolvente del Estado o, al menos, de los derechos de la población, especialmente cuando se habla de una nueva normalidad, aunque ésta vaya a ser transitoria. Si Covid 19 es, o no, en verdad una novedad biológica, no importa; es suficiente con que sea raíz de una nueva política encubierta como novedad biológica.

     Sobre esta base, toda la información que circula permite decir que Covid 19, agente parasitario microscópico y acelular, al tomar los órganos sociales del cuerpo, como vehículos para su reproducción, cuestiona la distancia física sobre la cual se ha organizado hasta ahora la producción y los consumos colectivos. Las separaciones cortas dejan de ser fiables. A 2 metros de distancia entre los cuerpos, la nueva longitud segura, hay actividades que son económicamente imposibles. El teletrabajo es factible, no lo es el teletransporte, ejemplificamos. No es difícil imaginar la muy magra cantidad de personas a trasladar por un bus de la metrovía repleto de pasajeros separados cada uno a 2 metros entre sí. Por esto, Covid 19 forma recesión y crisis.

     Al dificultarse la producción, parte del dinero en circulación se inmoviliza y no compra. Desde Marx podría decirse que Covid 19 logra que la función atesoradora del dinero se imponga a su papel circulatorio. Y esto es exactamente lo que las crisis económicas hacen, aunque por otras razones. Keynes llegó a interpretarlas de la misma manera. No hay nada milagroso, o admirable, en ver que una nación forja una inflación de moneda para crear una expansión del sector público que sostenga al empleo y a la economía privada, sobre todo cuando se piensa que el dinero ha desaparecido y no que está recluido, atesorado por precaución por parte de sus propietarios, y a la espera del momento oportuno para retornar a la circulación. La cuarentena desata este mismo comportamiento de la producción social, que aparece cuando se requieren plasmar cambios radicales en la oferta, y, desde Covid 19, en el modo de vivir. Síntoma de que la disyuntiva entre ancianos y pobres de cualquier edad, simplemente, es falsa.

      Claro que, para crear una inflación de moneda, a favor de los empresarios y de la población, más cuestionados por Covid 19, hay que tener moneda. Y Ecuador no la tiene. Usar la moneda de Estados Unidos no significa tenerla, al contrario, ella nos posee. EE. UU, obviamente, si la tiene, es su moneda y por eso la usa frente a Covid 19; inauguró otra ronda de flexibilidad cuantitativa. Alemania también tiene su moneda, y, algo mejor, posee ahorros, China y Perú igual, ejemplificamos. Siempre será mejor, de cara a las recesiones y crisis, tener ahorros propios, poseer capacidad para tomar préstamos externos y disponer de moneda propia. Y si no se tienen ahorros, o no se pueden tomar nuevos adelantos externos, no importa, la moneda es el último recurso. Los Estados pueden demandar créditos sin pago de intereses ante los productores de su propia nación y sin tener que recurrir a la liquidez ajena y externa. Es lo que hace Estados Unidos ante sus productores, pero también ante la producción de los otros países por haber logrado nacionalizar, desde la segunda postguerra del siglo anterior, la circulación de dinero a nivel mundial. No por gusto, y a tiempo, sustituyó el patrón oro por el patrón petróleo.

   En nuestro país, la partidocracia entendió bien la magnitud de la tragedia nacional al asesinar al sucre para usar al dólar en la circulación interior. Comprendió qué para conservar la soberanía, aunque disminuida, debía formar ahorros, crecimiento económico y desendeudamiento externo, todo a la vez. Y así sucedió durante el período 2000-2009. Y fue a partir de 2010 que se empezó a formar el presente actual del Ecuador: sin ahorros, sin crecimiento económico y con un nuevo endeudamiento externo, de mayor cuantía y ritmo de expansión. Entorno bajo el cual la deuda externa del país se la hizo crecer más rápido que su producción y capacidad de exportación. Entre el gobierno actual, y el anterior, no hay diferencia alguna en cuanto a esto, es la misma política con expresiones cuantitativas distintas, más altas hoy que antes, nada más. Una política que nos condujo hacia manos del Shylock contemporáneo, el FMI. Esto se agotó la capacidad del Estado como locomotora del crecimiento y en esto se ve hoy la pobreza del Estado dedicado a pasar el sombrero para disponer de una liquidez que pueda destinar a la emergencia.

     El ministro Martínez jamás entendió que Covid 19 no se rige por la velocidad de acción de las burocracias, nacionales o no. Pagó 325 millones de dólares y sigue sin recibir los 2.000 millones ofrecidos, mientras Covid 19 hace, intensa e incesantemente, lo que sabe, reproducirse, infectar aquellos cuerpos que tienen las menores condiciones económicas para separarse entre sí.

    Así las cosas, es posible imaginar una situación post-pandemia con recuperación de las distancias cortas para la acción de los cuerpos, puesto que, si no es así, no podría hablarse de una situación post-pandemia. Se trata, y no desde el plano biológico, de las formas de salir de la pandemia, incluso, de re-organizar la economía de manera tal manera que la señora Lagarde, y otros, no tengan razón, si, por ejemplo, si el futuro desarrollo productivo se organiza desde una política de salud pública.

   En consecuencia, por todo lo referido y por la coyuntura, observamos que el país tendría 3 opciones: 

     La opción vigente, de práctica ausencia de soberanía, adaptada a combatir, o más exactamente, a disminuir parte de los efectos recesivos de la pandemia. Se aumenta aún más el endeudamiento externo a interés, se reducen salarios nominales como exigencia de solidaridad, no interesa el método, y se provoca un nivel mínimo de desatesoramiento de las grandes fortunas, por idéntica razón. Esto con el fin de proteger su capacidad de ahorro y acumulación futuras y de trasladar y elevar el volumen de circulación del dinero para confrontar la enfermedad y, además, darle un curso que permita auxiliar la pequeña producción y entregar una renta mínima de emergencia orientada a los pobres para ayudarlos a soportar la cuarentena.

    La opción segunda, mejor que la anterior, consistiría en que la Asamblea Nacional del Ecuador y el Ejecutivo, por acuerdo nacional, soliciten al Estado Norteamericano, la anexión formal del Ecuador como Estado No 51 de la Unión Americana, una estrella más para su pabellón con fondo azul. Esta opción es una manera de sincerarse con la realidad política del país. Así, y si con la celeridad del caso, Estados Unidos nos acepta y anexa, parte de los 2 trillones de dólares de gasto público llegarían por estos lares a las empresas y a la gente; además, los negocios de Ecuador, como nuevo Estado de la Unión, se beneficiarían de la expansión ilimitada, monetaria y crediticia, anunciada por la Reserva Federal para enfrentar a Covid 19. Las empresas podrían vender bonos corporativos al Banco Central. Así, las finanzas de este nuevo Estado de la Unión, no requerirían nueva deuda externa, desaparecerían sus problemas fiscales, elevaría la cantidad de dólares en circulación sin necesidad de aumentar sus exportaciones, elevaría los recursos para atender la pandemia y, de paso, aseguraría su dolarización para siempre; pasaríamos, como nuevo Estado de la Unión, a ser parte de un país desarrollado realmente soberano, y de un día a otro.

    Opción compleja si se piensa en la sufrida experiencia de Puerto Rico, en las reticencias locales derivadas de las ventajas privadas de usar el dólar norteamericano y de poseer un Estado con soberanía disminuida, pero formalmente independiente, y en planteamientos como aquél de la patria grande latinoamericana.

   Y, la opción tercera que, pensamos, acelera y eleva nuestra capacidad de respuesta ante la epidemia, tiene que ver con la posibilidad de recuperar, de manera urgente, la moneda nacional, al menos transitoriamente; decimos momentáneamente para no tener que lidiar aquí con el imaginario respecto a las ventajas de usar al dólar.

     Sobre esta base, las empresas, grandes y pequeñas, podrían emitir bonos a una tasa de interés de cero, con cargo a sus propios activos para atender sus nóminas y otros gastos derivados de la paralización, obligaciones que el Estado adquiriría con sus emisiones y mientras dure formalmente la emergencia. Estos créditos podrían ser pagados a plazos muy largos y siempre sin tasa de interés. Cobrar intereses a quiénes no pueden producir sería una bellaquería. El Estado haría lo mismo respecto a la población sin empleo. Emitiría para gestar una renta mínima y básica de ciudadanía entre la población más vulnerable, por lo que los recursos que ella recibiría no representarían para ella créditos de ninguna clase. La emisión del Estado de este tipo de gasto, y otros que puedan ser necesarios y urgentes, estaría respaldada por los activos productivos que posee. Así se iría creando un fondo de emergencia que llegaría al límite que deba llegar. Los tenedores privados de estas emisiones, que servirían para aportar liquidez a la circulación interior, y hacer que el tiempo de la cuarentena sea socialmente soportable, no asumen ningún riesgo por la tenencia de esta nueva moneda, si efectivamente ella circula a la par del dólar o si, además, su canje por una participación en los activos privados o públicos que la respalden se vuelva posible. Esto supone un acuerdo nacional para lograr su uso exclusivo en la circulación interior, bajo la premisa de una tasa de inflación igual a cero, y de que no se forme a partir de ella negocio cambiario alguno, compromiso a asumir, principalmente, por la Banca y más entidades financieras. Los créditos así obtenidos se pagarían en la moneda emitida, que podría tener formatos diferentes, numerario que circularía hasta que la emisión en su conjunto sea absorbida y destruida en su totalidad.

    La segunda y tercera opción, más allá de lo que digan los aceptantes o detractores que pueda tener, muestran lo supremamente útil que es tener soberanía, un bien público económicamente necesario; y evidencian que lo peor es vivir bajo un Estado ausente.

     No es difícil imaginar una extensión de la tercera opción. Que la recuperación de la moneda nacional no sea transitoria. Ello haría factible, por ejemplo, retirar de manos de la población la reserva monetaria internacional que hoy alimenta la circulación interior y poder usarla, íntegramente, en renegociar y extinguir, si no toda, buena parte de la deuda externa pública. Esta acción podría potenciarse si los ecuatorianos con depósitos en el exterior regresaran al país a comprar la nueva moneda e invertir. El hecho es que los canales de la circulación interior, por falta de desarrollo exportador y reiterados superávits de importaciones, finalmente, tuvieron que ser abastecidos, para sostener la dolarización, con endeudamiento externo y aún lo son. La deuda externa no ha sido gastada, un segmento circula en nuestras manos y el otro tiene la forma de depósitos de ecuatorianos en el exterior.

     Un comentario final.

     Da Vinci decía, en uno de sus aforismos, que “cada uno mantiene violentamente su existencia”. Quizá lo dijo respecto a la organización biológica, aunque lo social no escapa a tener esa dimensión. La epidemia nos confronta en ese nivel. Y la violencia que desata el ser depredados por Covid 19 no debiera expresarse socialmente, por el peligro que ello encierra. Puede pensarse que la segunda y tercera opción, para unos la segunda y para otros la tercera, parezcan terribles, pero lo cierto es que Ecuador no soportará vivir más tiempo en la primera opción, huele a Estado fallido. Toca elegir la más veloz y más a nuestro alcance como Estado formalmente independiente, la que mejor coloca a los ancianos y pobres de cualquier edad, a buen recaudo.

     Lo curioso es que la segunda o tercera opción, extendida o no, apelan a la soberanía y excluyen toda ausencia de ella.   

Guayaquil, abril 17 de 2020.

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