Cultura y Civilización

Por: Natalia Sierra Freire

Cuando los efectos devastadores del capitalismo en la época de su globalización neoliberal  se hicieron inocultables, nos dimos cuenta que asistíamos no a una crisis sistémica, menos a una crisis económica, sino a una crisis civilizatoria. La Modernidad occidental, articulada en torno a la economía capitalista, había entrado en su declive. El mismo era fácil de observar en el caos ecológico que avanzaba y amenazaba con destruir el medio ambiente donde la vida humana y de las otras especies es posible; en las inmensas desigualdades económicas sociales que condenaban a una población mundial cada vez mayor a condiciones de pobreza y miseria y, por otro lado, acumulaban inmensas cantidades de capital en poquísimas manos; en un marcado deterioro de valores humanos que permiten la socialización sana, por efecto del imperio de la competencia como principio único rector de las relaciones humanas, convertidas en transacciones mercantiles. La destrucción sistemática de la dimensión femenina de lo humano, la comunidad, la alimentación, la salud, la educación, el acogimiento, la solidaridad,  es decir todas esas formas humanas ligadas al cuidado de los otros seres humanos de los otros animales y sobre todo al cuidado de la casa común.

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El proyecto capitalista patriarcal y colonial dejaba un mundo devastado de destrucción, soledad,  miseria, violencia, exclusión, dominación y explotación, entre los humanos, de los humanos a los otros animales y a la naturaleza dónde habitamos y convivimos con las otras especies. Así, el capitalismo colonial y patriarcal, en una de sus épocas más salvajes, había destruido toda la vida que invadió y colonizó. Nos quedamos huérfanos de mundo, no sólo los seres humanos, se destruyó también el mundo de los animales, se destruyó el espacio cósmico dónde construir el hogar. En medio de esa orfandad de mundo, como diría Martín Buber, y producto de la misma aparece el pequeño virus que termina de desmontar lo poco o nada que quedaba de lo que alguna vez fue un proyecto de vida social.

Nos estrellamos contra una realidad desastrosa, que se había anunciado ya desde hace mucho tiempo, pero que no queríamos ver porque neciamente buscábamos proteger la ilusión del capitalista que desde la época de Walter Benjamín se sabía que provoca desolación y destrucción. La presencia del virus y la respuesta que se tuvo que dar a los defectos del mismo, no nos dejaron otra opción que mirar lo que no habíamos querido mirar en los años anteriores. Ahora ya no hay elección, no hay forma de girar los ojos y ver para otro lado, de meter la cabeza bajo tierra, no nos queda más que asumir esta realidad de destrucción que este sistema ha provocado en nuestra vida.

Ahora nos encontramos suspendidos en el tiempo, encerrados en un paréntesis a-histórico del cual no sabemos cómo ni cuándo saldremos. El relato histórico contado por el capitalismo colonial y patriarcal se volvió unos largos puntos suspensivos, entró en coma, lo que no quiere decir que no pueda recuperarse y seguir con su proyecto de destrucción y muerte.  Es entonces el momento para comenzar a contarnos otros relatos que definitivamente nos saque del destino trazado por esta civilización moribunda y nos permita construir los otros mundos, donde poder tejer una vida comunitaria, grata, solidaria, colaborativa, recíproca, afectiva no sólo entre los seres humanos, sino con los otros animales con los cuales compartimos este planeta y ante todo respetuosos y agradecidos con la naturaleza que nos ha acogido, esa naturaleza misteriosa que nos atraviesa y que nos brinda su ser para poder existir.

No vamos a permitir que nos digan cómo salir de esta pausa, los mismos funcionarios y representantes de este sistema que nos condujeron a ella y al desastre y la tragedia que ha significado. No vamos a permitir que nos vuelvan a su normalidad de egoísmo, indiferencia, desastre y desolación; no vamos a permitir que se vuelva a burlar de nosotros y nosotras, que nos vuelvan a utilizar como instrumentos de sus sistemas de avaricia, de violencia, de explotación, de opresión, de dominación con los cuales nos convierten en víctimas y cómplices de nuestra propia destrucción. No permitiremos que intenten siquiera reconstruir en nuestros imaginarios y en nuestros deseos sus viejos paradigmas, con los cuales no han sometido a la miseria ambiental, económica, social, cultural estética, ética y política.  

Es el momento en que tenemos que asumir nuestra autonomía, y sin permiso comenzar a cambiar nuestra vida común. Sin permiso vamos a imaginar  y a  construir otras maneras de vivir, en las cuales volvamos a ser comunidad, no sólo comunidad entre los seres humanos sino comunidad con las otras especies animales, donde nos cuidemos, nos sostengamos, nos protejamos. Comunidades donde todos y todas humanos y no humanos podamos tejer el destino que queremos, el destino que nos devuelva las ganas de vivir,  que nos devuelva el sentido a nuestra vida, que nos diga que merecemos este rincón cósmico, porque no somos un virus que trae muerte al planeta, sino una especie que sabe ser humilde y grata con el don cósmico de existir y respetuosa y cariñosa con los otros animales.

Es hora de descubrir toda esa fuente femenina que tiene la humanidad, esa fuente inagotable de cuidado que nos ha acompañado en silencio durante todas nuestras historias, y que ha sido la garantía de nuestra vida.  Es el momento no sólo de hacerla consciente sino sobre todo de  reconocer en ella el fundamento de nuestra existencia que nos hace buenos humanos.

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Zapatista de corazón.
Comuna - Ecuador

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