La crisis sanitaria provocada por el COVID-19 resulto ser la excusa perfecta para el ataque “justificado” del poder económico-político global en contra de los y las trabajadoras. Las medidas de confinamiento social y los graves daños a la economía de mercado que genera, permiten el reajuste del capitalismo para encubrir su callejón sin salida. Límite del crecimiento del capital que no es producto de una pandemia, sino de su propia lógica interna, que mientras más se expande tiende a la baja constante en la tasa de ganancia; y también al límite que la naturaleza impone a esa expansión.

En el umbral de su colapso, el capitalismo halló en la crisis sanitaria el pretexto para tomar medidas que sin pandemia hubiesen provocado una reacción social sin precedentes, la misma que ya había empezado en el 2019.

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Así, a nombre de cuidar la salud, en el escenario mundial, se desgrava una burbuja de deuda imposible de pagar, se descargan las responsabilidades de la acumulación obscena y sus consecuentes efectos sociales y ambientales; se reduce enormemente puestos de trabajo y los que quedan los precarizan al extremo, sin consecuencias ni jurídicas ni políticas para la empresa;  se acumula y concentra capital en las corporaciones del futuro: la inteligencia artificial y la robótica; se amplían las fronteras extractivas; se reducen las libertades civiles y aumenta el control político-militar de la sociedad; se impiden la resistencia en la calle y se silencian las demandas; se rompen la comunidad, nos atomizan, nos llenan de miedo y culpa; los derechos humanos se debilitan. Se desata una guerra intrahegemónica que invisibiliza las luchas de los pueblos en contra del capital.  

En el escenario nacional, a nombre de la salud, aprovechan para robar de forma infame en todos los niveles del Estado; suprimen el subsidio a los combustibles; intercambian favores políticos y económicos espurios;  concesionan-privatizan las empresas públicas; pagan la deuda para conseguir más deuda;  despiden a trabajadores sin trabas; flexibilizan y precarizan el trabajo formal; negocian el extractivismo  sobre todo la minería; intentan acabar con la seguridad social a nombre de la ineficiencia del manejo estatal, cuya responsabilidad la tiene la misma alianza público-privada para el saqueo de los bienes de la sociedad; van por un “nuevo” proceso electoral con los mismos vicios que lo ha hecho  ilegitimo, pero que igual les sirve para seguir destruyendo y extrayendo lo poco que le queda a la sociedad de su riqueza común.

Este escenario confuso no permite ver que el problema no es la pandemia, sino el sistema imperante; que el enemigo no es el virus, sino el enmiseramiento social y natural que ha provocado el capitalismo; que el dilema o la alternativa  no se encuentra entre el Estado y el mercado. El problema es el capitalismo al límite de su posibilidad. El problema es que no seamos capaces de salir de su trampa mortal, que su colapso global y nacional aniquile toda posibilidad de otra organización social que resguarde la vida humana y la vida de las otras especies en el planeta. No hay opción de escoger, o salimos de esta debacle sistémica o estamos muertos o, peor aún, muertos en vida. Hay que intentar hacer de la pandemia nuestra oportunidad de empezar a construir otra vida, otro mundo. Esta decisión implica superar el miedo, el aislamiento y la culpa; recuperar la confianza  en nuestra capacidad de ser comunidad, de crear, de cuidarnos, de sabernos próximos y libres de toda culpa. Es el momento de empezar a reconstruir el trabajo comunitario, autónomo que asegure el alimento sano, la salud, el conocimiento, la imaginación, la vivienda; pues algo que definitivamente será destruido con  esta pandemia, justificadora del poder, es el trabajo asalariado.

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Por Natalia Sierra Freire

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