Napoleón Saltos Galarza

Quito, 6 de abril de 2020

Club de Leones

Fue a partir de ese momento cuando el miedo, y con él la reflexión, empezaron.

(Albert Camus, La Peste)

También a nosotros, entonces, como a toda otra generación, nos ha sido conferida una débil fuerza mesiánica, a la cual el pasado tiene derecho de dirigir sus reclamos.

(Benjamin 2013, Tesis II)

LA DUDA

Estamos cercados por el control del Estado y por el miedo a la muerte. Podemos sentir que la pandemia es un quiebre a la vida normal de cada uno, del mundo.

El frenazo al modo de vida desaforado, a la reproducción especulativa del capital, al consumismo y a la política del espectáculo, ha abierto una brecha para que la madre-naturaleza descanse y restablezca su ritmo. Miramos con esperanza los delfines y los cisnes en Venecia. Miramos arriba, la nube azulada de la contaminación sobre la ciudad se ha dispersado y podemos ver las estrellas. En la vida cotidiana, podemos sentir la importancia del cuidado, el paso adelante del lado femenino de la vida, podemos contar con el tiempo para mirarnos, podemos movernos en las redes virtuales para tejer redes de afectos y anhelos.

Regresamos la mirada a las estadísticas de la expansión del virus a nivel global, miramos los números de los contagiados, de los muertos de cada día, y sentimos la fuerza de una máquina biológica que nos amenaza, el riesgo de la muerte en la puerta. Regresa el Estado represor y policial a poner orden, el campo de concentración se mete en cada casa. La pandemia exacerba las preguntas y polariza las respuestas: el poder mundial sigue en su lógica, hay que salvar al gran capital por encima de la vida. Los Estados combinan respuestas de segurización de la salud, la exigencia del encierro, sin ver las diferencias que impiden obedecer, los que no tienen ingresos y viven día a día son tratados como delincuentes; con la atención a los riesgos de la crisis económica global. No se han detenido las guerras geopolíticas por el control del mundo. El camino del poder mundial es transformar la pandemia del COVID19, en la pandemia del miedo, la aceptación pasiva de la estrategia del shock, ensayada en catástrofes anteriores.

Desde abajo, también hay un frenazo de las protestas, de los levantamientos, Octubre quedó en suspenso. Nos sentimos lanzados a la nuda vida, y buscamos un santuario. Como dice Alain Touraine, “Nos encontramos en ningún lugar, en una transición brutal que no ha sido preparada ni pensada.

Y entonces, tratamos de encontrar un sentido, una fisura para ver el otro lado del espejo. Quizás la novedad del acontecimiento es que la pandemia nos coloca ante las preguntas fundamentales, originarias, sobre el sentido de la vida y la muerte, sobre las relaciones de la humanidad y la naturaleza, sobre el sentido del individuo y la comunidad, sobre la prelación del cuidado ante el dominio y la acumulación, sobre el poder y la obsolescencia del Estado. Allí reside la oportunidad para trazar alternativas de vida.

Talvez el único miedo justificado es que no seamos capaces de aprovechar esta oportunidad, esta fisura del sistema para que a la salida de los encierros y en los tiempos de la post-pandemia, podamos afirmar las nuevas formas de vida que hoy se anuncian in nuce, que volvamos a nuestra soledad narcisista; y entonces, que en nuestros cuerpos y en nuestras mentes se haya encarnado el poder del Estado autoritario, un paso más hacia la normalización de la segurización y la fascistización de la vida, el control de la vida desde la Mátrix, y se haya encarnado el neoliberalismo como la púnica vía de supervivencia, hasta que llegue la siguiente pandemia o la siguiente catástrofe ambiental.

GENEALOGÍA

La genealogía no es el origen, sino el punto de ruptura, el salto al acontecimiento, el surgimiento de las condiciones de un nuevo saber-poder.

Sobre el origen, inicialmente, los voceros occidentales lo ubicaron en Wuhan, el virus de China repite Donald Trump. Y la confirmación era el aparecimiento del primer caso. Había que buscar al culpable; la responsabilidad recayó sobre un mercado de animales salvajes en Wuhan. Y entonces empezó la cadena de discursos, hasta poder anunciar el nacimiento de la pandemia.

Las dudas empezaron después. Aparecieron informaciones sobre algunas coincidencias preocupantes. El origen del SARS, hace 17 años, quedó bajo sospecha, surgieron versiones, no comprobadas, sobre la fabricación del virus en laboratorio. Los laboratorios habían patentado los virus Corona, diversas mutaciones, y estaban en capacidad de fabricar el virus. En 2015, Bill Gates, en el marco de la epidemia del ébola, entre 2014 y 2016, anunció una catástrofe global con el surgimiento de un virus altamente infeccioso que se propagaría por todo el mundo y contra el cual no estaríamos preparados para luchar. En octubre 2019, se realizó el Evento 201 Ejercicio de Pandemia, organizado por el Foro Económico Mundial y la Fundación Bill y Melinda Gates, un simulacro de respuesta a pandemias graves, con la finalidad de minimizar las consecuencias económicas y sociales a nivel global. Más que la prueba de la conspiración, es la prueba de una pandemia que podía ser prevista.

Rápidamente se construyó el relato de la conspiración del imperialismo norteamericano como autor del contagio, una estrategia de guerra biológica contra el adversario chino, para detener el desarrollo del enemigo. Las versiones conspirativistas también han tratado de formular un relato paralelo sobre la autoría china en esta guerra, pues aparecería como el beneficiario final.

No se puede descartar la posibilidad de instrumentalización del virus en una guerra biológica. Sin embargo, retornamos a una problemática que surge en los puntos y momentos de disrupciones profundas del sistema. El debate circular sobre Pearl Harbor o sobre Las Torres Gemelas. Las tesis del autoatentado. La clave no está en el hecho, sino en su transformación en un relato para las decisiones, la relación entre las palabras y las cosas. La opacidad de este paso está atravesada por el simulacro como el campo de disputa del sentido del poder. El punto de quiebre está en la articulación del hecho a la decisión posterior, Pearl Harbor fue el soporte, la legitimación de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El atentado de las Torres Gemelas lo fue para la estrategia contra el terrorismo y el eje del mal. 

Ésta fue la problemática que afrontaron los teóricos de la Escuela de Frankfurt ante la naturaleza del nazi-fascismo. La pregunta era, ¿se trata de una excrecencia, un tumor extraordinario del sistema capitalista, o el resultado necesario del funcionamiento del sistema? La respuesta final, en un recorrido del tiempo largo del sistema capitalista y de la modernidad occidental, mostró que el nazi-fascismo era fruto del proceso capitalista y de la naturaleza de la modernidad, del imperialismo de la racionalidad instrumental, que se había absolutizado y había absorbido las potencialidades de la humanidad. El problema no se reducía a enfrentar el tumor nazi-fascista, la constitución de frentes antifascistas, sino que se extendía a enfrentar las condiciones de su surgimiento, el sistema capitalista y la modernidad en cuanto tal. El problema pasaba de una dimensión de dominación política y lucha político-militar, a una dimensión sistémica y civilizatoria.

Las dos tesis del origen del SARS-CoV-2, el mercado de animales de Wuhan o los laboratorios biológicos del uno o el otro reino, llegan a un punto nodal, la ruptura de la humanidad con la naturaleza, la instrumentalización de la vida, la thánato-política, como ordenamiento global, ya sea por el lado del cerco a los últimos animales salvajes en los mercados chinos, para satisfacer el consumo de alimentos, la fábrica de cosméticos o de energizantes sexuales, o por el lado de la alteración del proceso “natural” de los virus en los laboratorios para utilizarlos en sus guerras de dominio. Son dos formas de los límites del modo de vida moderno-capitalista en su relación con la naturaleza y con los otros. La expresión de una modernidad líquida, que ha mutado hasta las formas extremas del progreso, el post-humanismo, la distopía de la inteligencia artificial, como el recurso de salvación, el consumismo hedonista, la segurización de la política y el Estado, el control del otro convertido en el enemigo.

El virus no es el origen de la crisis, es el punto de quiebre, de manifestación de la convergencia de diferentes procesos que vienen desde atrás, y se mueven en espirales virales en diferentes niveles, crisis económica global, guerras integrales, hecatombes ambientales, decadencias éticas.

Pero también es el anuncio de la bifurcación de los caminos, el cumplimiento trágico del deseo benjaminiano de la detención del tren del progreso antes de caer al precipicio, con escenas de purificación del agua, del aire, la paradoja del encierro humano y la libertad de los animales supervivientes. Es también la oportunidad para el tiempo lento-largo de la visión de los pueblos originarios, basados en el ritmo de regeneración de la madre-naturaleza y en la reciprocidad con el tiempo diferente del otro. Es también la oportunidad para el tiempo del cuidado y la mirada femenina, ante el agotamiento del mundo patriarcal volcado al dominio y el control público.

LA ARQUEOLOGÍA

Este carácter se muestra no sólo en el origen, sino en las respuestas a la pandemia. Desde arriba, estrategias de control global de las poblaciones; la pandemia no es el virus, sino el miedo, la “estrategia de shock” (Klein 2008). Y desde abajo, en una microfísica seminal de iniciativas, estrategias de cuidado, de solidaridad, de afectividades.

Para desentrañar la pandemia además de rastrear la genealogía del acontecimiento, se requiere una mirada de tiempo largo y espacio global, la arqueología del problema, quebrar el tiempo circular de la reproducción del sistema capitalista-patriarcal, y abrirnos a la espiral de un tiempo con rupturas, fisuras, alternativas.

Quizás tengamos que completar los caminos de la Dialéctica de la Ilustración, para poder ver el otro lado del espejo. Y tal vez tengamos que escuchar las voces de los pueblos originarios, el anuncio de los Hopi sobre el final del cuarto mundo, Túwaqachi, y el surgimiento del quinto mundo. Senti-pensar el anuncio maya sobre el fin de nuestro mundo.

Bolívar Echeverría ubica el surgimiento de la modernidad en la revolución tecnológica de la fase eotécnica, en torno al siglo X. “Se trata de un giro radical que implica reubicar la clave de la productividad del trabajo humano, situarla en la capacidad de decidir sobre la introducción de nuevos medios de producción, de promover la transformación de la estructura técnica del aparataje instrumental. Con este giro, el secreto de la productividad del trabajo humano va a dejar de residir, como venía sucediendo en toda la era neolítica, en el descubrimiento fortuito o espontáneo de nuevos instrumentos copiados de la naturaleza y en el uso de los mismos, y va a comenzar a residir en la capacidad de emprender premeditadamente la invención de esos instrumentos nuevos y de las correspondientes nuevas técnicas de producción. (…) se inaugura la posibilidad de que la sociedad humana pueda construir su vida civilizada sobre una base por completo diferente de interacción entre lo humano y lo natural. (…) aparece por primera vez en la historia la posibilidad de que la interacción del ser humano y lo otro no esté dirigida a la eliminación de uno de los dos sino a la colaboración entre ambos para inventar o crear precisamente dentro de lo otro formas hasta entonces inexistentes en él. La posibilidad de que el trabajo humano no se autodiseñe como un arma para dominar a la naturaleza en el propio cuerpo humano y en la realidad exterior; de que la sujetidad humana no implique la anulación de la sujetidad –inevitablemente misteriosa– de lo otro.” (Echeverría 2011, 123-124)

El punto de quiebre se abre a la posibilidad de la elección desde los procesos de la sociedad entre la colaboración o el dominio de la naturaleza. En los puntos de las crisis, de las catástrofes, de los quiebres, hay una bifurcación de las salidas para la humanidad: “el aparecimiento de la neotécnica, de esta revolución tecnológica que arranca del siglo X, trae consigo algo así como un ‘desafío’ que es echado sobre la vida civilizada, el desafío de hacer algo con ella: de rechazarla de plano o de aceptarla, promoverla e integrarla dentro de su propia realización, sometiéndose así a las alteraciones que ello introduciría en el proyecto civilizatorio que la anima en cada caso concreto.” (Echeverría 2011, 127)

Había la posibilidad de distintas modernidades, incluida la modernidad barroca en nuestro Continente. Hasta que se impone la modernidad occidental capitalista, organizada en torno al valor de cambio, a la explotación del trabajador y al dominio de la naturaleza. “En Occidente, la neotécnica es convertida en la base de aquel incremento excepcional de la productividad de una empresa privada que lleva a la consecución de una ganancia extraordinaria, un tipo de ganancia que (…) es la meta pragmática más inmediata de la economía lo mismo mercantil que mercantil capitalista. (…) La neotécnica es percibida así desde una perspectiva en la que ella no es otra cosa que el secreto de la consecución de una ganancia extraordinaria, la clave de un triunfo en la competencia mercantil que sólo podrá ser superado por un nuevo uso de esa misma clave. (…) El método capitalista discrimina y escoge entre las posibilidades que ofrece la neotécnica, y sólo actualiza o realiza aquellas que prometen ser funcionales con la meta que persigue, que es la acumulación de capital. (…) Nada se produce, nada se consume, ningún valor de uso puede realizarse en la vida práctica de la sociedad capitalista, si no se encuentra en función de soporte o vehículo de la valorización del valor, de la acumulación del capital” (Echeverría 2011, 130-131) La economía se fundamenta en la “subsunción real del proceso de trabajo bajo el proceso de autovalorización del valor”, como dice Marx.

Este cauce constitutivo “potencial” se realiza históricamente por los procesos de acumulación originaria, basados en el dominio colonial y racial de los pueblos originarios y los territorios periféricos, y en la sobreexplotación de la naturaleza y el trabajo; y por la fractura entre trabajo productivo, orientado a la reproducción del capital, y trabajo de cuidado, orientado a la reproducción de la fuerza de trabajo, la sobreexplotación, el silencio y la desvalorización del trabajo del cuidado, del trabajo de las mujeres fuera de la esfera pública, la prolongación capitalista del patriarcalismo.

Nuestra América entra a la modernidad capitalista por el camino del genocidio de las poblaciones indígenas, de la expropiación violenta de sus tierras y sus culturas, de la violencia sobre el cuerpo de las mujeres y la conquista civilizatoria cristiano-occidental. En medio del dolor, encuentra el rostro del mestizaje y, desde la resistencia de los pueblos originarios, construye un camino original de respuesta, la emergencia del ethos barroco, superposición de aceptación y rebeldía, obediencia y resistencia, la contaminación de la ética del trabajo con la ética de la fiesta, el salto permanente del racionalismo al simbolismo, custodia de lo sagrado y de la comunidad. Somos a la vez, extremo occidente y originalidad andina, amazónica, afroamericana.

El capitalismo pasa por su época de gloria, el predominio de su rostro de construcción sobre la necesidad periódica de la destrucción de los excesos. El iluminismo y el progreso son las banderas que derriban muros y conquistan el mundo. El tiempo actual ya no es el de la gloria, sino el de la decadencia.

En esta fase, el capitalismo llega a sus formas extremas en todos los terrenos. El nuevo imperialismo se basa en la acumulación por desposesión de los bienes públicos, los bienes comunales y los bienes comunes de la humanidad; en la reproducción especulativa del capital financiero; y en la exacerbación de la concentración monopólica de los recursos naturales estratégicos, sobre todo la energía, los minerales y el agua, de los capitales financieros, de la información y la comunicación, de los recursos bélicos. El paso a la subsunción del consumo y de la vida a la acumulación capitalista; al predominio de la nueva renta del conocimiento sobre la renta tradicional de la tierra; a su forma neoliberal, cuyo fundamento es el empresariado de sí mismo, la autoexplotación sistémica del “capital humano”. El paso al Estado de seguridad y al biopoder centrado en el control de las poblaciones.

La caída del bloque soviético, la absorción de las revoluciones de liberación nacional y las derrotas de los proyectos socialdemócratas, los tres intentos alternativos al capitalismo en el siglo XX, abren la puerta a la globalización neoliberal y a la ilusión del “fin de la historia”.

Los sucesivos estallidos de las burbujas financieras se van moviendo de la periferia hacia el centro. En el 2001 estalla la crisis punto com, en el corazón de Wall Street. La hegemonía político-militar del eje Norte-Sur, liderado por Estados Unidos y basado en la alianza de la tríada USA-Japón-UE con las transnacionales y los organismos multilaterales, es asediada por un nuevo eje Este-Oeste, basado en la alianza de los BRICs, y liderado por China-Rusia. La crisis hipotecario-financiera del 2008 afecta los pilares de Wall Street, es la primera crisis del capitalismo financiero global, y muestra el límite histórico de la hegemonía norteamericana. La estrategia norteamericana fue utilizar las ventajas militares para mantener el control del mundo y el dominio de las diversas formas de renta, hasta llegar a una escalada de guerras entre los dos polos de poder mundial. En 2018, escala a la guerra económica de Estados Unidos contra China, por el control de las nuevas tecnologías informáticas, en particular la 5G.

Desde abajo surgen nuevos actores y estrategias de resistencia, desde las fisuras de las luchas de clase contra la desigualdad, la concentración monopólica de la riqueza y la opresión del capitalismo; de las luchas feministas contra el patriarcalismo y la violencia de género; de las luchas de los pueblos originarios contra el racismo colonialista y la expoliación de la naturaleza.

LA PANDEMIA

El SARS-CoV-2, no brota del aire, surge en el marco de la decadencia del capitalismo, en el punto en que la instrumentalización de la tecno-ciencia asentada en la cuarta revolución científico-técnica, ha roto el equilibrio natural hasta poner en riesgo la casa común, con los desastres del cambio climático; ha roto las relaciones con el otro, convertido en el enemigo, bajo el control de una Mátrix omnipresente; ha roto la base humanista de la modernidad y construido la distopía del posthumanismo, la obsesión hedonista del consumismo y de la esperanza en la inteligencia artificial. En el tiempo en que el poder ha girado hacia el imperio de la thánato-política.

No se trata de una declaración genérica sobre las fronteras y el final de la modernidad capitalista en un sentido teleológico, determinista; sino la presentación de una condición construida en un proceso largo. En una lectura paralela de la dialéctica freudiana de la juntura de dos tiempos para la emergencia del síntoma, un primer tiempo constitutivo de la estructura síquica de la persona, en torno al Edipo, y un tiempo actual desencadenante del signo cargado de energía pulsional en el malestar de la cultura, podemos pensar el surgimiento del virus SARS-CoV-2, como el punto de la juntura de las estructuras sistémicas de la modernidad capitalista, su genealogía, con el presente-ahora. La ambigüedad constitutiva de la modernidad capitalista, superposición de procesos constructivos de progreso y procesos destructivos de crisis, marca cada momento como un campo de disputa de proyectos políticos y de modos de vida.

No es un azar que el SARS-CoV-2 haya surgido en Wuhan, no como el ejercicio conspirativo del poder de China, sino como la expresión del punto de condensación de la forma más avanzada de un capitalismo total, como el punto en que ya no hay un afuera al sistema, en que pudieran refugiarse la naturaleza, los animales salvajes, en que pudiera escapar el ser humano a la mirada permanente del Mátrix, el campo de concentración global que opera bajo la lógica de la nuda vida continua. Wuhan es “conocido como uno de los cuatro hornos de China”, no sólo por el clima, “por su opresivo verano húmedo y roso” sino porque “está salpicada de hornos en sentido estricto: el enorme complejo urbano constituye una especie de núcleo de la fabricación de acero y hormigón y de otras industrias relacionadas con a la construcción en China. (..) ha desempeñado un papel especialmente importante en el período posterior a la crisis mundial, ya que aquellos fueron los años en que el crecimiento chino se vio impulsado por la canalización de inversiones hacia proyectos de infraestructura e inmobiliarios. (…) se convirtió ella misma en exponente del boom inmobiliario.” (Chang 2020) Y es también el signo del biopoder en su fase superior, el control integral de la población, mediante las tecnologías 5G; el paisaje combina torres de edificios imponentes con antenas para el funcionamiento de las redes virtuales.

El síntoma es una transacción entre el inconsciente y el goce negado; un juego de significantes vacíos que remite a sentidos desplazados. La angustia es el camino para rastrear su movimiento: Fue a partir de ese momento cuando el miedo, y con él la reflexión, empezaron. (Camus, La Peste) “El síntoma condensa palabras -es una metáfora del inconsciente- pero que buscan decir algo para alguien, es decir se dirigen como un mensaje curado al Otro. (…) ‘el síntoma no se interpreta sino en el orden del significante. Que tiene sentido solo con relación a otro significante. Es en esta articulación donde reside la verdad del síntoma (…) lo que se representa seguirá siendo para la reducción materialista algo que debe tomarse por el sesgo de lo biológico o de lo social’.” (Acuña 1999, 74-75. Cita a Lacan, Del sujeto al fin cuestionado) (Lacan 1987).

La pandemia no se interpreta sino en clave social, en el punto del quiebre de la relación de la humanidad con la naturaleza y el surgimiento de un relato para expresar el mal como la guerra contra un enemigo omnipresente, aunque lo que se representa seguirá siendo reducido a algo puramente biológico. El tiempo y la ruta de emergencia del síntoma podemos rastrearlos en el lapso entre la detección del SARS-CoV-2 y su nominación como COVID-19, la asignación de un relato como pandemia global. Ya no es el problema en torno al Nombre del Padre, una especie de Edipo global; el centro se ha desplazado a la ruptura de la relación con la Madre, tanto en las relaciones con la Madre-tierra, en el olvido y la agresión al tiempo de la naturaleza, la extremación del capitalismo, como en las relaciones con los otros, en el olvido y la agresión a lo femenino, la extremación del patriarcado.

El virus no es la causa, es el signo, el símbolo, el síntoma que, por su naturaleza, es ambiguo; y por ello, en torno a la pandemia hay una disputa de sentidos, la disputa del derecho a las narrativas. Incluso en términos de estructura biológica, según nos dice la ciencia, el virus no es un ser vivo, depende del medio, del cuerpo receptor, penetra y viraliza las células. Destapa y acelera los procesos en desarrollo, en una cadena que contamina todas las áreas.

Contamina las visiones, las prácticas, las respuestas, los sistemas de salud. Muestra el cuerpo receptor de sistemas de salud mercantilizados, privatizados, monopolizados medicalizados, farmaceutizados. Muestra el olvido de la prevención y de otras sabidurías sobre la salud y la vida. Muestra la fractura final que se ha producido entre la humanidad y la naturaleza, la imposición de las lógicas de la acumulación de riquezas y poder, por encima de la garantía de las condiciones de vida digna. Los organismos internacionales, encabezados por la OMS, hablan de individuo genérico, con recomendaciones de aislamiento o medicalización, que no operables para los desamparados, los sin techo, los que viven –o mueren- día a día. Al mismo tiempo, la pandemia es una oportunidad para conducir a la humanidad a las preguntas originarias, el sentido de la vida, a los límites del mundo que habitamos. Las respuestas autoritarias del confinamiento, el traslape del campo de concentración, de la nuda vida, al ambiente íntimo del hogar, paradójicamente, ha dado la vuelta a la relación entre la producción y el cuidado, ha vuelto la mirada al lado femenino de la vida y a la irracionalidad del patriarcalismo, la oportunidad de convertir la familia en el ayllu inicial, la base de la vida en comunidad.

Contamina y muestra la endeblez de un capital mundial. El frenazo de una economía basada en la velocidad del consumo, en la especulación del capital financiero, en la ilusión de un progreso infinito, estalla en las crisis de las bolsas, en las caídas de los precios del petróleo, en los bloqueos de la globalización comercial. Muestra la irracionalidad del neoliberalismo, asentado en la especulación financiera y en la explotación de la naturaleza. Abre también las posibilidades del descanso de la Madre-naturaleza y una brecha para replantearnos visiones y prácticas de armonía entre la humanidad y la naturaleza. Ante las nuevas formas de escasez, nos regresa a la pregunta fundamental sobre la alimentación, sobre la relación campo-ciudad, la naturaleza parasitaria de la urbanización capitalista, la insensatez del hedonismo egoísta. El efecto civilizatorio de la pandemia es un viaje en el tiempo, la posibilidad del regreso a las raíces de nuestra sociedad, la genealogía de la modernidad capitalista, y sus proyecciones hacia el desastre de la humanidad; la posibilidad de un pachakutik colectivo, global, traer el pasado al presente para ver el futuro.

Contamina y extrema el carácter autoritario del Estado y el poder, el paso al Estado de seguridad policial, y la globalización de la thánato-política. Las guerras entre las viejas y las nuevas potencias no se detienen, los ejercicios militares continúan. Desde la Mátrix, se instaura una estrategia de miedo y de shock, de desinformación, para lograr la aceptación pasiva de la fascistización de la sociedad y la vida. También las religiones y las iglesias pueden mostrar su rostro real, la multiplicación de los mensajes del castigo divino, o los llamados a la solidaridad humana y a la compasión divina. Desde el confinamiento podemos sentir que el otro es necesario, pueden surgir redes de conexión y solidaridad. Un impacto indirecto es el regreso a nuestro yo-interior, el reconocimiento de una dimensión espiritual-sagrada, olvidada en medio de la vorágine civilizatoria. En un sentido profundo, es un llamado trascendente, para algunos puede ser la vos divina o para otros la voz de la naturaleza, a mirarnos en el espejo civilizatorio que nos hemos creado, seres-para-la-muerte, que todavía tenemos la oportunidad de pensarnos como seres-para-la-vida.

ALTERNATIVAS

El Ángel de la historia (Benjamin 2013, Tesis IX) ha girado su rostro. Por un momento el huracán del progreso se ha detenido, y, entonces, puede ver también las catástrofes del futuro, puede despertar a los muertos para ver otro camino. Todavía es un tiempo largo, ahora es sólo la fisura, que puede cerrarse para imponer nuevamente el tiempo del sistema. O es el tiempo que juntemos las luchas, rompamos los aislamientos impuestos por el control autoritario en nombre de la pandemia, para no volver a la “normalidad”, salir purificados y poder ampliar las fisuras hacia un mundo diferente, posible ahora.

El paso inicial es disputar el derecho a las narrativas desde abajo y desde afuera, por encima de los discursos dominantes, los juegos de poder pequeños y grandes, los controles de la Mátrix global, “cepillar la historia a contrapelo” (Benjamin 2013, Tesis VII).

Como dice Rita Segato[1], “La batalla final cuando atravesemos este momento, si lo atravesamos, lo que va a suceder es una gran disputa por la captura de la narrativa, quién tiene el poder de la narrativa final de lo que nos ha sucedido. Hay varios discursos en juego para capturar ese significante vacío. El virus es un evento de la historia natural, que nosotros como humanos dotamos de significado, intentamos capturar en nuestro proyectos e intereses, intentamos producir una narrativa.” Poder comunicarnos las otras historias, tejer redes de relaciones, conocimientos, trueques de sabidurías, experiencias, afectos (“las caricias nuca sobran”, dice Érika Arteaga”) y también productos. Poder relatar esta hora difícil desde la mirada femenina del cuidado, desde el tiempo lento y fértil de la vida. Poder mirarnos en las diferencias, como pueblos, como géneros, como clases oprimidas, para encontrar las plataformas, los sueños que nos unen.

Quizás tengamos que volver a recorrer el sentido de la historia de la humanidad, en un pachakutik muy largo, para poder hablar del sentido actual. En palabras de los Hopi, recorrer los tiempos de los cuatro mundos para ver el reto actual de los humanos.

Desde el primero, Tokpela (El Espacio Infinito), en que “El Primer Pueblo entendía (…) el misterio de su origen. Su sabiduría prístina también les revelaba su propia estructura y funciones, la naturaleza del hombre. El cuerpo vivo del hombre y el cuerpo vivo de la Tierra estaban construidos en la misma forma. Un eje atravesaba cada uno de ellos. El eje del hombre era la espina dorsal, la columna vertebral que controlaba el equilibrio de sus movimientos y funciones. A lo largo del eje había varios centros vibratorios que repercutían el sonido primordial de la vida en todo el universo o daban aviso si algo estaba mal.” Hasta el momento actual del cuarto mundo, Túwaqachi (el Mundo Pleno), el momento decisivo para responder a la prueba anunciada por Sótuknang: Sus decisiones determinarán si esta vez puedan cumplir el plan de la creación o si con el tiempo habrá que destruir este mundo también. (Waters 1996, 25 y 37)

La pandemia contuvo las movilizaciones de Octubre en nuestra América, el anuncio de un camino autónomo, de un cuestionamiento desde abajo del neoliberalismo y de la democracia representativa liberal, la posibilidad de juntar las diversas resistencias, clasistas, anticoloniales, feministas, en un programa de un mundo nuevo. Devolvió la iniciativa al poder dominante global, que empuja una estrategia de aislamiento y de control de las masas, la estrategia del miedo y del shock ante la catástrofe. Las alternativas se mueven en un doble tiempo, enfrentar la estrategia de miedo y aislamiento, para descubrir en el síntoma la posibilidad de otro relato y de otro goce.

Como dice Manuel Rozental, evocando la figura emblemática de Abdullah Öcalan y el ejemplo del pueblo kurdo, la cuarentena, la cárcel no puede convertirse en aislamiento; sino buscar formas de intercambio, de trueque por fuera del mercado del capitalismo. “Nosotras y nosotros no queremos aislarnos ni nos vamos a aislar. (…) Ni nuestras luchas se aíslan unas de otras, sino que se trenzan. Ni con el pretexto de una pandemia nos van a aislar. Nosotras y nosotros proclamamos que no nos aíslen más, y que no nos dejamos aislar, que no tienen el poder ni el derecho para aislarnos, porque como pueblos nos vamos, por el contrario, a encontrar, a abrazar, a tejer. (…) Los Estados no pueden sino aislarnos, buscan aislarnos de nosotras y entre nosotras y nosotros. (…) Llaman en el mundo entero al aislamiento, y el único contacto que nos permiten es el de las transacciones, el utilitarismo y la racionalidad instrumental. Esta pandemia nos llama, de una parte, a evitar el contagio de un virus, que, entre otros, es consecuencia de la manera en que el capitalismo nos ha obligado a poblar el mundo hasta infectarnos. Nosotras y nosotros estamos buscando retornar a otra manera de poblar el mundo, de poblarnos con el mundo, con la Madre-tierra, con la Pacha-Mamita. Y ese tejido de pueblos, tejidos a la Madre-tierra, desde la libertad de las mujeres, es justamente romper el aislamiento al que nos ha condenado el capital. (…) El aislamiento es el capitalismo, el patriarcado, el racismo. (…) Nuestra lucha es para acabar para siempre con el aislamiento que les ha permitido someternos y ponernos a producir dinero y ganancias para su codicia y transformar la vida toda en mercancía. (…) Ponerle fin al aislamiento de más de quinientos años (de colonialismo y de capitalismo), de más de cinco mil años de patriarcado; hacernos libres aquí, desde cada territorio, en cada espacio, intercambiando lo que somos, lo que tenemos, porque la palabra trueque significa otra cosa, abrazarnos, mirarnos a los ojos, volvernos a querer.”[2]

Todavía es el tiempo de la resistencia, de la lucha en el tiempo corto, el tiempo de la Plataforma de exigencias al Estado, para que coloque la vida por encima de los intereses de los capitales, para que fortalezca el sistema público de salud, para que enfrente la pandemia sin violar los derechos de la gente a la alimentación y al trabajo. Pero estas luchas tienen sentido, si pasamos al otro tiempo, al tiempo medio, como dice Xavier Maldonado[3], si podemos pasar a la disputa programática sobre los modelos, los sistemas de salud, los patrones de acumulación, las formas de democracia.

En el centro está el debate teórico y las prácticas médicas sobre la salud y, en particular, sobre las epidemias; “deconstruir las nociones positivistas de la epidemiología clásica: la exposición como algo externo y el riesgo como un fenómeno contingente”, que son las predominantes en las políticas oficiales nacionales y transnacionales en la actual pandemia, la guerra contra el enemigo externo, el virus invasor. Y pasar a ver “la salud como un objeto complejo multidimensional, aplicando la categoría reproducción social para articular el sistema de contradicciones que se enlazan entre tres grandes dominios de la determinación: la lógica estructurante de acumulación de capital, con sus condiciones político culturales; los modos de vivir con sus patrones estructurados grupales de exposición y vulnerabilidad; y los estilos de vida del libre albedrío personal y las condiciones fenotípicas y genotípicas. En correspondencia ha trabajado las relaciones de poder como una matriz integrada: clase-género-etnia. Y ha incorporado la dimensión de la interculturalidad como condición de una objetividad y subjetividad innovadas en el conocimiento epidemiológico.” (Breilh 30 septiembre 2008, 6)

Y, sobre todo si podemos pasar al tiempo largo, si podemos levantar una lucha civilizatoria para una nueva forma de vida y de habitar la tierra, pasar de las relaciones interindividuales a la construcción de redes comunitarias de intercambio, de trueque de productos, de afectos, de experiencias, paso a paso, aunque todavía no veamos dibujada la utopía.

Como dice Natalia Sierra[4], la prueba está en no salir, después de la pandemia y la cuarentena, a la “normalidad”, sino asentar los aprendizajes de nuevas formas de vida, desde el cuidado, desde la solidaridad, desde la inmersión en la totalidad, la Madre-Tierra.

TODAVÍA NO ES EL FIN DEL MUNDO

La pandemia del COVID19 se agotará en la convivencia con la humanidad. Tal vez la ciencia pueda encontrar la vacuna para contenerla. No será la última. Pueden llegar otras pruebas.

No estamos todavía en la transición; podemos ver la decadencia del sistema capitalista-patriarcal, pero aún no surge un relato utópico global. Es el tiempo de las semillas, la presencia de luchas, insubordinaciones en las fisuras del sistema, “también a nosotros, entonces, como a toda otra generación, nos ha sido conferida una débil fuerza mesiánica”, construir paso a paso, en cada territorio, en medio de la incertidumbre y la esperanza, disputar en todos los terrenos el sentido de nuevas formas de vida, de relaciones con el otro, con la Madre-naturaleza, formas alternativas de “habitar el mundo”.

Por un momento, algunos voceros de los poderes dominantes se han dado golpes de pecho, han tenido que retornar la mirada a lo público-estatal, o reconocer que la salud no debe privatizarse. Pero el poder global está cumpliendo su misión, auxiliar a las grandes empresas trasnacionales, al capital financiero, rescatarlas con millonarios fondos extraordinarios; la economía por encima de la vida. Podrán repetir la fórmula aplicada en sucesivas catástrofes: “Para nosotros, el miedo y el desorden representaban una verdadera promesa.” La estrategia es “esperar a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock,” y entonces aplicar las recetas neoliberales extremas, “mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para rápidamente lograr que las ‘reformas’ fueran permanentes.” (Klein 2008, 6 y 10) Ya han logrado contaminar el virus con la epidemia del miedo, y buscarán aprovechar la “verdadera promesa”. Todavía veremos la ofensiva del capital y del Estado, para trasladar los costos de las crisis agudizadas por la pandemia hacia abajo, con despidos masivos de trabajadores, con nuevas formas autoritarias de control, con agresiones extractivistas, con nuevas guerras geopolíticas.

La pandemia del COVID19 abre una disyuntiva, cuyo desenlace final no depende de los de arriba, el sistema buscará las soluciones dentro de sus reglas.  “Una formación social jamás desaparece hasta tanto no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia antigua sociedad. De ahí que la humanidad siempre se plantee sólo tareas que puede resolver, pues considerándolo más profundamente siempre hallaremos que la propia tarea sólo surge cuando las condiciones materiales para su resolución ya existen o, cuando menos, se hallan en proceso de devenir.” (Marx 2017)

La novedad de la pandemia está en que destapa el agotamiento de las relaciones capitalistas con la naturaleza y entre los humanos, y muestra el surgimiento no sólo de condiciones materiales, sino también subjetivas, para que la humanidad se plantee la tarea de un mundo postcapitalista, postpatriarcal. La novedad del acontecimiento es que ahora el desastre puede también afectar a la economía del desastre, superar los cálculos. Y en esas condiciones, el desenlace del cuarto mundo depende de lo que hagamos desde abajo y desde afuera.

Trabajos citados

Acuña, Enrique. «El síntoma o lo real-miente.» Memoria académica Jornada La cuestión de la Cura, Departamento de Sicología, Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, La Plata – Argentina, 1999.

Benjamin, Walter. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. 31 de Mayo de 2013. https://marxismocritico.com/2013/05/31/tesis-sobre-la-historia-y-otros-fragmentos/ (último acceso: 5 de Abril de 2020).

Breilh, Jaime. «Una Perspectiva Emancipadora de la Investigación y Acción, Basada en la Determinación Social de la Salud.» Ponencia TALLER LATINOAMERICANO SOBRE DETERMINANTES SOCIALES DE LA SALUD, Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES), México, 30 septiembre 2008, 14-29.

Chang. Contagio social: guerra de clases microbiológica en China. 24 de Marzo de 2020. https://vientosur.info/spip.php?article15743 (último acceso: 6 de Abril de 2020).

Echeverría, Bolívar. Crítica de la modernidad capitalista. Antología. La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, 2011.

Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Argentina: Paidós, 2008.

Lacan, Jacques. Del sujeto al fin cuestionado. Escritos I. Siglo XXI, 1987.

Marx, Carlos. «Introducción a la crítica de la economía política de 1857.» Febrero de 2017. https://elsudamericano.files.wordpress.com/2017/02/96-introduccic3b6n-a-la-crc3adtica-de-la-econ-polc3adt-coleccic3b3n.pdf (último acceso: 6 de Abril de 2020).

Waters, Frank. El libro de los Hopis. Primera edición. Primera reimpresión. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.


[1] Entrevista en Brotes Verdes, marzo 2020

[2] Conversaciones en Pueblos en camino, 3 marzo 2020

[3] Conversaciones en Comuna, 1 de marzo 2020

[4] Conversaciones en Comuna, 1 de marzo 2020

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