Por: Carlos León González

  Los accidentes y las patologías, infortunadamente, existen. Es posible sufrir un tiro en el pié o, incluso, padecer el síndrome de exceso de soberanía en la circulación del dinero a escala mundial, ejemplificamos. ¿Exageramos con relación a esto último? No. Errar es muy improbable si diferenciamos entre dinero y moneda, si vemos en el dilema de Triffin el fundamento material y el nombre dado a esta morbilidad y si reconocemos su cura en la desdolarización; los argumentos son estos.

Club de Leones

     Marx, al referirse a la circulación mundial de mercancías, sostuvo que en ese espacio el dinero abandona sus ropajes nacionales y reaparece como naturaleza puesto que retorna a su forma originaria, a su cuerpo hecho de barras de oro y plata. Una tesis se infiere de esto. El mercado mundial no constituye un lugar idóneo para que circulen las monedas nacionales puesto que el movimiento de las mercancías, como norma de soberanía, no debe regirse por ninguna moneda nacional a escala mundial; regla que permite entrever la estrecha conexión existente entre el desempeño del comercio exterior con la soberanía de las naciones, muy visible en los tratados comerciales, y lo anómalo de un movimiento de mercancías subordinado a la emisión de una moneda nacional con pretensiones de dinero del mundo, justo lo que hoy predominantemente existe, pese a la presencia de la cesta de monedas del Fondo Monetario Internacional.

    Pero, precisemos su por qué. La naturaleza no produce dinero, sólo oro y plata. La sociedad mercantil sí lo hace, los convierte en materiales del dinero y, desde ahí, en las expresiones de los valores de las mercancías, pero ella no transformó al dinero en moneda, los Estados sí. La moneda representa el modo en que el Estado se añadió al concepto de dinero. Se agregó para perfeccionar su desempeño en la circulación mercantil; en palabras de Smith, abarató el coste de la rueda de la circulación y disminuyó el tiempo de las transacciones. Primero lo volvió dinero de cómputo, fácil de sumar y restar, evitó así los litigios derivados del uso de las balanzas de los compradores y vendedores y, más tarde, lo sustituyó con un signo de sí para eludir el desajuste entre su peso nominal y real, derivado de su circulación física. Llamamos a esta resultante la regla del ahorro. Sin moneda, y por ende sin Estado, no hay vigencia de esta norma ni la capacidad de abolir los costes y pérdidas de tiempo por los debates respecto a la calidad y peso del metal.

     Y aquí salta la liebre. La norma de soberanía en el mercado mundial, que no requiere la presencia de las monedas nacionales para la circulación del dinero en él, parece incompatible con la regla de ahorro que sí demanda esa presencia para extender el abaratamiento de la rueda de la circulación desde el mercado interior hacia el mercado exterior, dificultad resuelta con el patrón de cambios oro, por hacer innecesario usar el oro en los intercambios y por el aval que supone canjear, a voluntad del tenedor, siempre y en cualquier momento, una misma cantidad de moneda por una misma cantidad de metal.

     Esto da la pauta de los mundos posibles, y no sólo del que se formó. No hay ninguna razón, digamos técnica, para que unas monedas nacionales circulen en el mercado mundial como divisas y otras no, si cada moneda se respaldase eficazmente en oro y si su conversión en él esté, en todo momento verificablemente garantizada. Tampoco hay restricción técnica alguna para que una única moneda con estatuto de emisión internacional hubiese circulado como divisa con las fianzas del caso. El motivo es otro. Para situar las cosas hacia el fin de la primera mitad del siglo XX no todas las naciones que participaron y lucharon en la segunda guerra mundial emergieron de ella como potencia industrial y, casi, sin huellas de dicha conflagración en su territorio, y no todas salieron de la contienda equipadas con dientes nucleares y con pruebas sobre las ventajas de poseer ese tipo de dentadura.

     La segunda postguerra del siglo XX sepultó la tesis de Keynes, el Bancor como única moneda global y supranacional, y reiteró la experiencia de la libra esterlina y del dólar norteamericano, como numerarios convertibles en oro que monopolizaron ese estatuto. En 1949, cinco años después de la firma de Bretton Woods, Inglaterra volvió a abandonar la convertibilidad de su moneda en oro, lo hizo antes en 1931. Y sólo quedó el águila surcando los cielos. El dólar norteamericano se veía como oro, olía a oro, se tocaba y guardaba como oro y conservaba su valor como oro. Era moneda de EE. UU y era oro. Pareció así que la norma de ahorro, expresada en la circulación entre las naciones de una moneda nacional única, esta vez no afectaría la regla de soberanía en el mercado mundial; así fue hasta que el fin de Bretton Woods esfumó esa apariencia, una vez más en el siglo XX.

  El núcleo del vaticinio de Triffin, su dilema, se refirió a esto. Sostuvo que la demanda internacional de dólares para estimular la actividad económica mundial, y sustentar su crecimiento, provocaría el fin de la convertibilidad del dólar norteamericano en oro físico; la emisión de moneda superaría la extracción de oro.

     No debemos fantasear acerca de que Triffin trasladó, hacia el presente, información asida del futuro; conoció la experiencia de Inglaterra del período entre guerras y debió percibir las premisas sobre las que descansaba el privilegiado rol del dólar como dinero mundial; aquí todo se encadena. Las conjeturas son nuestras.

     Primero, que la velocidad de circulación del dinero es una cantidad física y no matemática, puesto que está definida por los tiempos para producir y para consumir. Segundo, que ningún Banco Central puede alterar esos tiempos y ritmos. Tercero, que por ambos motivos toda expansión del mercado y de la producción mundial exige elevar la cantidad de medios de circulación de las mercancías. Cuarto, que al no ser la velocidad de circulación del dinero una cantidad matemática, era imposible satisfacer, por la vía de una mayor velocidad de su movimiento, las necesidades de una liquidez ampliada. Por tanto, es lo quinto, que siempre sería necesario elevar la extracción de oro de modo compatible con el aumento mundial de la producción y de los mercados para sostener la tasa fija de convertibilidad del oro con el dólar. Sexto, que la reducción de la relación (PIB de EE. UU / PIB mundial), evidencia de la recuperación productiva del mundo y de su mayor desarrollo, le exigiría a EE. UU, y a futuro, proveer medios de circulación al margen de su extracción nacional de oro. Séptimo, que la necesidad de las otras naciones de respaldar la emisión de sus monedas restringiría las posibilidades de EE. UU para acaparar la extracción mundial del metal. Octavo, que EE. UU, pese a lo anterior, podría llevar a manos de la Reserva Federal parte del oro acumulado por otras naciones y en poder de sus Bancos Centrales. Noveno, que EE. UU empezaría a emitir sobre la producción de otros países para conservar sus entregas de monedas y su rol de abastecedor mundial de medios de circulación. Décimo, qué por el bosquejo de las relaciones de intercambio, vender para comprar y no para acumular dinero, no sería forzoso presentar estas emisiones ante la Reserva Federal para canjearlas por oro a la tasa fija de 35 dólares por onza troy. Y décimo primero, que no lo sería porque su misma circulación entre las naciones ya era garantía suficiente de cobro.   

     La extinción de Bretton Woods, fue el bautizo o acta oficial del renacimiento del oro fiduciario o dinero deuda. Evidenció la conexión entre deuda y crecimiento mediante emisiones de deuda por creación de medios de circulación para sustentar y promover la expansión mundial del intercambio y la diseminación del dólar norteamericano. Secreto a voces de un crónico déficit comercial o, en su defecto, de déficits persistentes en su balance de pagos.   

     Antes de que Francia, con Charles de Gaulle y George Pompidou a la cabeza, le exigiera a EE. UU la devolución de su oro y, finalmente, en 1971, bajo la presidencia de Richard Nixon, lo “empujara” a seguir los pasos de Inglaterra, da la impresión de que EE. UU. había comprendido, y muy bien, la importancia política y económica de independizarse de la restricción aurífera, por emitir sobre la producción ajena y no únicamente sobre la propia, para modelar, a su gusto, el orden y futuro del mundo.

     No decimos aquí que la regla dorada de Maquiavelo, quién consiga mandar conseguirá los recursos, fue y es para EE. UU su musa inspiradora; sólo indicamos que la dimensión estructural relativa al hecho de tener dinero y centralizarlo tiene que ver con aquello en que se lo convertirá, con lo que a futuro se desea generar como realidad. Y la mayor capacidad y responsabilidad social y política para modelar el porvenir descansa en poseer la facultad de emitir sobre la producción ajena y/o en la capacidad de centralizar el dinero de otros.

      Hay diferencias notorias si, por ejemplo, se emite para gestar una guerra o si, en cambio, se lo hace para desarrollar nuevos fármacos; también las habrá si la Banca se organiza o no bajo el sistema de reserva fraccionaria.

     A partir de la segunda postguerra y, mucho antes de 1971, al apoyar a Francia en Indochina, EE. UU empezó a transitar el sendero hacia su divorcio del oro y a evidenciar sus razones. En principio tal separación no importaba. Si en algún momento del futuro EE. UU. no podía devolver oro por sus papeles, la fortaleza económica del país alejaba todo riesgo derivado de su insolvencia en oro. Por esto no es difícil percibir, de modo cuantitativo, que su nexo con el oro limitaba su rol de abastecedor de medios de circulación para el mercado mundial y que su capacidad productiva también lo hacía, aunque en una medida mucho menor a la del oro por no ser absolutamente necesario tener que cobrar las deudas por emisión en oro físico. Así las cosas, la solvencia no era el camino, la insolvencia y la estafa si; emitir reiteradamente sobre la producción del mundo y no sujetarse a los límites de la elaboración propia no significa otra cosa que vivir a base de endeudarse y hacer de su moneda su principal producto de exportación y de diseminación de sus fantasmas e influencia política.      

    La derrota norteamericana en Vietnam, como desenlace inesperado, no era una cuestión vital, lo central fue la guerra en sí misma, y sus motivos, una fachada. Así como la extracción de oro, bajo el intercambio mercantil, es la base del suministro de dinero para la circulación de mercancías, acá el fundamento para emitir medios de circulación por sobre la garantía aurífera era la guerra. La disputa permitió transferir la emisión a las compañías norteamericanas que suministraron los implementos para el conflicto y les hizo posible ampliar la propiedad de ellas en Europa. No fue un suceso inédito. EE. UU, respecto a Vietnam, sólo reiteró en 1971 la experiencia inglesa de 40 años atrás, el proceso emisor que culminó con el abandono de la libra esterlina de su convertibilidad en oro en 1931.

     Diseminación de la moneda y extensión de la propiedad norteamericana en el mundo; la norma de ahorro colisionó consigo misma y con la regla de soberanía en el mercado mundial. En primer lugar, dicha emisión no se hizo para cumplir la función técnica-económica de abaratar y disminuir los costes y tiempos de la rueda de la circulación a escala mundial. Y, en segundo lugar, fue una emisión orientada a satisfacer objetivos políticos y militares y a plasmar un modo de organizar al mundo y que involucró otras soberanías nacionales en la disputa a su favor o en contra.

     Vietnam, puede decirse, permite descubrir, de un modo temporal más cercano, el carácter político-militar de las emisiones de moneda bajo el manto de dinero mundial, como arma o herramienta para la guerra, y a la guerra como otra forma de gestionar la economía y las disputas mercantiles con disfraces diversos. Pero esta condición no puede pasar por alto las reglas de la producción mercantil, esto es, que no debe existir emisión de moneda sin respaldo de producción real y menos sin el aval de un tipo específico de actividad productiva y la guerra, por muy rentable que pueda ser, no es una mercancía específica. El dólar no podía circular de modo permanente como moneda falsa dada su carencia de respaldo con una producción específica, no con una actividad cualquiera, sí con una que tenga, al igual que el oro, creación y demanda universal para sustentar su emisión y el estatuto de moneda con tareas de dinero mundial.

     El surgimiento en 1973 del patrón petróleo, 2 años después de la declaración de inconvertibilidad del dólar en oro, satisfizo los requerimientos de la producción mercantil.

     El crudo cumple los requisitos de producción y demanda universales. Primero por ser, simultáneamente, materia prima y energía. Segundo, por ser imposible producir sin materia prima y sin energía. Y, tercero, por la diseminación de sus fuentes de producción a escala mundial como razón de soberanía gracias a la posibilidad de no depender de una única fuente de suministro. No fue otro el motivo del viaje de Kissinger a Arabia Saudita; su objetivo: asegurar que no cese y se conserve la convertibilidad del dólar en petróleo.       

     Pero el patrón petróleo no fue únicamente la forma de volver a atar al dólar a las reglas de la producción mercantil; su constitución fue, al mismo tiempo, otra manifestación de carácter político y militar. El patrón petróleo emergió a cambio de la entrega de armas americanas, de la protección militar de la actividad petrolera de Arabia Saudita, el principal productor mundial de crudo, incluida sus rutas de transporte, y del resguardo de la monarquía de los levantamientos internos. La cabeza del rey saudí sobre sus hombros y la permanencia de su corona sobre su cabeza, como reitera Dossier, se convirtieron en parte vital de los intereses geopolíticos y nacionales de EE. UU, hasta hoy.

     No es todo.

     Una moneda también se demanda por su capacidad de preservar en el tiempo su poder adquisitivo. Cuando las personas fugan desde una moneda hacia otra se trata de esto, de no tener que sufrir, al menos de modo excesivo, costes por tenerla. Y no nos referimos a las alteraciones de valor y precios inherentes a las modificaciones de la productividad del trabajo social ni a la variabilidad entre ofertas y demandas que configuran zonas de equilibrio entre ambas. Toda moneda está expuesta a sufrir alteraciones en su poder adquisitivo, en cualquier sentido e intensidad, por estas 2 causas y resulta imposible que el rol de conservar valor pueda ser protegido de ambas. Mas bien nos referimos a las implicaciones del dilema de Triffin sobre los precios de las mercancías que forjan el respaldo de la demanda del dólar como signo de dinero, oro y crudo, y su calidad como moneda.

  Lo ideal, respecto a esto, es que la reiterada emisión del dólar sobre la producción ajena, lo que supone emitir por encima de los niveles de la producción propia de EE. UU, no se traslade a los precios del oro y del crudo, referentes directos de su capacidad adquisitiva, reduciéndola. O que, si esto sucede, sea factible controlar o gestionar la velocidad de incrementos en sus precios para lentificar el ritmo de pérdidas en su poder adquisitivo; al final lo que prevalece es esto último. Imaginemos un modo y una razón de hacerlo; y consideremos, para fines comparativos, que inicialmente el dinero es el oro.

     El metal entra a la circulación por todos los puntos de su extracción, por las minas, y se aleja para siempre, no retorna a ellas jamás. Cada año subsiguiente otra cantidad de metal sale de los filones, tiene el mismo destino y, por ello, se agrega a la montaña de metal extraída de los años anteriores y que esté en circulación. Así los medios de circulación se expanden a los ritmos y magnitudes anuales de la extracción de oro. Hay aquí límites a la cantidad y ritmo de emisión y una producción específica como factor regulador.

     Ahora bien, consideremos al crudo como dinero y al dólar como signo de él.

     Dado que el petróleo se cotiza en dólares, hay que disponer de ellos antes de poder comprarlo. Esto supone que los países compradores de crudo adquieren dólares exportando hacia EE. UU, el país emisor, y/o vendiéndole a naciones que antes exportaron hacia EE. UU, da igual.  Esto significa que, en todo momento, EE. UU emite para importar, fácil y simple. El flujo de producción que le ingresa tiene, como contrapartida, la corriente de emisión que sale al mercado mundial y que se aleja de su punto de origen, la Reserva Federal, como si realmente fuera sólo dinero. Pero no. La moneda es un título de crédito que confiere a su tenedor derecho a la producción del país emisor en la cuantía de su emisión y a cambio de la producción propia entregada a él; es dinero y, a la vez, es crédito. Como dinero el crédito se aleja de su punto de partida y circula, pero por ser al mismo tiempo un crédito debe refluir ante su emisor y ser cancelado. Su naturaleza crediticia contradice su condición circulatoria, la inhibe y la desvanece. El dinero, aunque pueda ser prestado, no tiene alma crediticia. Por tanto, para que el dólar parezca dinero no debiera nunca volver a manos de la Reserva Federal; a todas luces, incluso si la emisión regresa a EE. UU, debe evitarse que la moneda emitida para ir de compras en el mundo recorra las tiendas en Norteamérica y se quede en ellas.

     Esto puede parecer sorpresivo, pero no hay rol proveedor de liquidez para la circulación mundial si la moneda emitida con esa función no queda eternamente desplazándose en los canales de la circulación a nivel mundial y termina por regresar a efectuar compras en el país emisor.

     El retorno es inevitable si lo que circula es dinero crédito. Se retarda sólo cuando los tenedores de dólares en el extranjero los hacen circular entre los países, gastan y cobran los créditos concedidos al país emisor transfiriéndolos de unos a otros. Así, no es imprescindible ir a EE. UU a cobrar las ventas, pero siempre se va. El intercambio mercantil, determina que sea así.  No hay exportación sin importación o viceversa, exista o no déficit comercial. Y al ir, la deuda emitida como moneda, al importar, se cancela retirándola de la circulación, al exportar. Por tanto, véase lo vital que es para EE. UU asegurar que las emisiones de cara al mercado mundial no retornen, al menos no totalmente, para poder conservar su rol y el efecto para sí de proveer al mundo mercantil de medios de circulación, de poder comprar sin necesidad de pagar, papel del patrón petróleo que asegura la demanda de dólares y, de su complemento, la emisión de bonos con tasas de interés positivas, única manera de garantizar que parte de la moneda emitida que regresa a EE. UU no compre mercancías, pero si bonos. La primera forma de deuda, la emisión para importar, se sostiene en parte con la segunda forma, la venta de bonos de EE. UU como concepto de inversión externa, cuestión que genera una tercera forma de deuda: la emisión de moneda para pagar intereses y no para importar. No es otro el esquema de reutilización incesante de la moneda emitida en años anteriores como dinero mundial y que, anualmente, sólo requiere montos marginales, y no completos, de nuevas emisiones, dirigidas a adquirir la nueva producción mundial y no específicamente a realizar mayores compras de oro. 

     La resultante, insistimos en esto, un esquema insolvente; una espiral de endeudamiento externo que se expande como si fuera dinero y que, por parecerlo, demanda no ser pagado, justamente, por basarse en la insolvencia. EE. UU semeja ser un banco basado en el sistema de reserva fraccionaria. Si, de conjunto, todos los tenedores de dólares se acercaran a EE. UU a pedir la producción cifrada en ellos verían, ante sus ojos, la desvalorización total de la montaña de papel. Es como si el mundo le entregase crédito a EE. UU para que viva eternamente a sus expensas. Toda la liquidez mundial cifrada en dólares no es más que la circulación mundial como dinero de la deuda nacional de EE. UU.

  Que, de manera estructural, por las diferencias en los tiempos naturales de la producción social, las reglas de la circulación mercantil permitan comprar con las deudas de cada quién la producción ajena, no quiere decir que los préstamos no sean cancelados, de ahí la función del dinero como medio de pago y su circulación bajo esa forma. Se presta para pagar; no se presta para hacer del crédito de uno el medio general o universal de compra que utilizan todos los demás, incluido el mismo deudor. Nadie paga con su propia deuda, ni nadie puede ser excluido de usar la producción propia para extinguir sus préstamos. El intercambio mercantil no forja privilegios.

     EE. UU, por su rol en la circulación del dinero a escala mundial, participa como deudor insolvente, el dilema de Triffin se refiere a esto, un prestatario al que aún no se le puede dejar de conceder créditos sin afrontar el riesgo de sufrir las consecuencias de sus intervenciones políticas y militares. Hasta hoy toda la fuerza que se dice democratizadora y antiterrorista de su política militar cuida la existencia del patrón petróleo como razón de la demanda de su moneda, busca que no resucite el patrón oro y que no reaparezca el patrón de cambios oro, aunque esto último es hoy más difícil. El oro siempre está, por necesidad de la producción mercantil, dispuesto a verse como un activo de reserva en manos de los bancos centrales y sobre el cual se emite.

     Si la extensión hacia el mercado mundial del uso del concepto de moneda lleva la impronta de reducir los costes de la rueda de la circulación, tal como precisó Adam Smith, queda claro, por todo lo referido aquí, que tal despliegue no debe ser ejercido como prerrogativa exclusiva de una única moneda nacional, sea el dólar, sea el yuan o cualquier otro numerario. Los costes en vidas y países destruidos, por su condición de moneda nacional única o predominante, son enormes. Marx tuvo y tiene razón. Por esto diremos que la moneda, signo de dinero, también debe abandonar en el mercado mundial todo ropaje nacional. No hay mayor garantía de soberanía que esa.

    Keynes, si no leyó a Marx, intuyó con el Bancor esa misma cuestión. Incluso la moneda global y supranacional como exigencia de soberanía en el mercado mundial, es hoy aún mayor. EE. UU ha comprendido, y muy bien, la significación político-militar de su endeudamiento al negarle el uso de su deuda a los países o individuos que requiere castigar y unir a su política. Hacer de la circulación del dinero una forma nacional de alcance universal de su endeudamiento externo es una cosa; su predominio como nación a escala mundial se expresa en la condición crediticia del dinero que circula. Y dirigir la circulación de su deuda hacia unos países y no hacia otros es otra cosa, es crear crisis de liquidez a la carta y descubrir otra dimensión para sus intervenciones políticas y militares, exigencia para que otros hagan y sufran su política sin la presencia activa de ellos y de sus armas en el terreno, al menos en principio.

     Primero arriba el terror que forma la crisis de liquidez a la carta y luego llegará el pánico humanitario para resolverla. Esta conducta resulta incomprensible si, a fin de cuentas, los recursos del mundo fluyen hacia EE. UU teniendo como premisa la circulación de su propia deuda, siempre bajo su control y alcance. Ininteligible porque EE. UU. sólo necesita emitir para importar, lo reiteramos. Pero comportamiento muy comprensible si lo que se pretende es lograr que deje de circular la deuda norteamericana en el mundo, algo que EE. UU, obviamente, resistirá, aunque tal enfrentamiento contra sí mismo provenga de su propia política; es su exacerbado nacionalismo lo que dispara contra su pié y el accidente que corroe la organización comercial del mundo.

     La desdolarización del mercado mundial tiene, por todo lo expuesto, un sentido inequívoco. Es desmontar un esquema de insolvencia y de consumo parasitario sustentado en una maquinaria político-militar que actúa con plena impunidad en el mundo practicando la regla dorada de Maquiavelo. La yuanización del mercado mundial, su actual contraparte, cuestiona el alcance espacial de los atributos del dólar que hemos descrito y los interpela en el ámbito correcto, como razón de soberanía. Si usar el dólar coloca a las naciones bajo el peligro de represalias por no obedecer las directivas del país emisor, entonces el uso de esta moneda no sólo es costoso por estar obligado a concederle crédito a la economía norteamericana, lo es más aún por el riesgo de no poder usar la deuda de EE. UU que le pertenezca a cada nación como liquidez propia a nivel mundial. Bajo este prisma todas las ventajas, o ahorros, que supone usar en la circulación de mercancías un signo de dinero colisionan, irreversiblemente, con la norma de soberanía que debe regir entre ellas.  

     Esto explica la acción de China y le define la política respecto a ello. No llevarla a ese plano. Lograr, como antes lo hizo EE. UU, que el yuan huela a oro, que sea oro, que se guarde y se conserve como oro. Y contribuir, con la sola diseminación espacial del Yuan, a desmontar la circulación de deuda como expresión de vida parasitaria, de guerras infinitas y de constantes amenazas y represalias militares. Clara exigencia para que EE. UU retroceda en usar su moneda para imponer su agenda en el mundo. Queda claro, que si China, en palabras de Estulin, es un navío que circula en los océanos del mundo desplegando sus velas, EE. UU no constituye el viento que lo impulsa. Y debe quedar claro, además, que la yuanización del mercado mundial no es, ni debe ser, un sustituto de la desdolarización de ese mismo mercado. El yuan tampoco escaparía al dilema de Triffin, esto es, a la amenaza de quiebra que enfrenta, a plazo largo, todo país que se convierta en el único emisor de moneda para un mercado mundial en expansión. Y, frente a ese riesgo, no hay solución bélica que sea posible. Las guerras activan aún más el dilema de Triffin, exigen emisiones mayores sin respaldo y estructuran otros costes como riesgos a la soberanía y al bienestar de las naciones.

     La solución, para toda nación que participe en el mercado mundial, consiste en desactivar el dilema de Triffin y sus efectos sobre ellas. China, ávida lectora de El Capital, lo sabe. Y, bajo esa lectura, conoce que una agenda para lograr que todas las monedas nacionales, no una o unas pocas, puedan efectivamente circular en el mercado mundial como divisas es posible y con claros sistemas de compensación entre los Estados que las usen por estar comercialmente vinculados entre sí. Bajo un esquema así la irremediable presencia del crédito en la circulación mercantil haría posible, para todos los Estados, la circulación de sus producciones como medios de pago y la presencia de sus signos de dinero en la contabilidad y sistemas de compensación entre todos ellos. Cuando se observa la regla de la circulación mercantil, vender para comprar, no existe ningún signo referido a la acumulación de deudas en ella para hacerla factible y menos aún que la deuda de una nación sea la que circule como dinero y que la integración mundial se sustente en ello.

     O participan todas las monedas nacionales o se gesta una única moneda mundial o supranacional que puede emitirse por todas las naciones bajo el bosquejo o reglas que regulan la circulación de mercancías. Sólo sobre esta base el dilema de Triffin se extinguiría y la norma de ahorro que forjó el surgimiento de las monedas dejaría de colisionar con la regla de soberanía.

     Una moneda global de carácter supranacional, pero con capacidades nacionales de emisión o, lo que es similar, la intercambiabilidad de las monedas nacionales como divisas a tipos de cambio fijos organizaría un mundo más seguro y justo, aunque sólo sea por el expediente de abolir toda especulación desde lo monetario. Uno de los mayores damnificados de un mundo así sería el promotor de las revoluciones de colores.

     La desdolarización del mercado mundial, tal como la hemos expuesto, reconoce en la soberanía de las naciones la fuente de organización de la economía entre los Estados como política de respeto mutuo y de límites que todos acaten para intercambiar sin amenazas a la paz ni al bienestar de ninguno de ellos. No hay otro lugar a dónde se deba ir. Un expresidente de EE. UU, no recuerdo quién, recomendó que su nación debería contribuir a organizar el mundo en el que le gustaría estar cuando no sea más la potencia hegemónica. Sabio consejo. En un mundo así no hay nada más sencillo que emitir para importar y en producir para pagar. Hablamos de un mundo multipolar que no excluya y que se sustente en una activa multipolaridad monetaria.

    Ecuador empezaría a ser feliz o sufriría mucho menos si viviese en un mundo así. Y se dignificaría si organiza y practica su política internacional en esta dirección.

Guayaquil, Mayo 19 de 2020.

Guayaquil, mayo 17 de 2020.

+ posts

Investigador de procesos productivos

Por Carlos León Gonzales

Investigador de procesos productivos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *