Hasta la década de los 80 del siglo XX, la representación política correspondió a la dinámica social del país.

Expresó el nivel y el grado en que las contradicciones entre las clases y las diversas fracciones de clase habían alcanzado hasta ese momento.

Club de Leones

Al fragor de esas contradicciones la lucha ideológica alcanzó el más alto vuelo. Esas contradicciones y su correlato en la lucha ideológica, se expresó en la calidad de la presentación política. Los partidos políticos  expresaban la pluralidad ideológica en un escenario político atravesado por una dinámica de lucha en todos los frentes sociales y de grandes confrontaciones entre los sectores de la derecha y las fuerzas de izquierdas, comandadas por unos partidos de izquierda cuya dirección estaba en manos de una intelectualidad orgánica, bien educada y provista de un gran arsenal teórico, que les permitió comprender las encrucijadas de esas luchas, para cambiar de estrategia en cada coyuntura histórica y la de un movimiento social: obrero- campesino- estudiantil altamente politizado.

Esta dinámica obligó a los partidos de todas las tendencias a elegir como sus candidatos para la representación político- electoral, a los mejores cuadros de sus filas, a los más preparados, a los más consecuentes, a los de más larga trayectoria, a los que habían militado sin  dobleces.

Esta calidad en la representación política fue la que el país vivió  en los parlamentos de 1978; 1984 y hasta 1992. Pero será en los años  90 hacia delante, donde se producirá  una   degradación de la representación política en términos absolutos. De la mano del renacido populismo de derecha, representado por la figura de Abdalá Bucarán y otros actores de su misma tendencia, la representación política trasmutará de la decencia a la decadencia. 

De una genuina expresión de la confrontación ideológica y de la lucha de clase en todos los planos, ésta será banalizada y socavados sus cimientos teóricos, sus bases ideológicas y el mismo contenido de la representación. Si en la década anterior el peso de la representación política estaba en las capacidades intelectuales e individuales,  en la consecuencia política del militante, en la defensa de sus ideas y principios estos postulados serán  reemplazado, por una nueva representación. Por un tipo de “nuevos cuadros”, muchos de ellos salidos de la farándula, otros  de la obsecuencia, del compadrazgo, de la compra, del acomodo, del amiguismo, pero sin ninguno de los atributos que caracterizaron a los cuadros políticos tanto de la izquierda como de la derecha, durante más de la mitad del siglo XX.

Este tipo de prácticas  para el ejercicio de la representación política, impuesto por el populismo de derecha, ha sido asimilado por el populismo en su versión  social demócrata. El resultado de aquella anti- política es lo que tenemos desde hace 40 años pero con mayor indecencia en esta última década. Alcaldes, prefectos, asambleístas y concejales que cuando llegan a los organismos de elección popular, reniegan y traicionan a los partidos que los llevan a esas representaciones, incumplen con las propuestas que le hicieron a los electores y ponen en una balanza su voto a la hora de tomar decisiones.

Esta degradación de la representación ha sido  el mayor caldo de cultivo para la corrupción. Si queremos tener nuevamente representantes que se destaquen por su capacidad intelectual, por su honradez y por la consecuencia con sus ideas, debemos recuperar el ejercicio de la política  como el espacio donde  tienen lugar las luchas sociales y políticas que expresen la pluralidad de la sociedad ecuatoriana.