Por: Natalia Sierra

La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto un atributo humano que no ha sido reconocido por la sociedad dominada por la competencia mercantil. Llegó el virus, puso a la humanidad cara-a-cara con si finitud, y entonces el cuidado, que es lo único que calma la angustia de los seres finitos con conciencia de ello, se hace patente. Recién ahora parece que nos damos cuenta que lo único que tiene realidad y valor es la capacidad que tenemos de cuidarnos, que es el cuidado el fundamento mismo de nuestra existencia, la relación básica que posibilita y garantiza la reproducción de la especie humana.

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No se había valorado el cuidado porque  no reporta ganancias económicas, aunque es la base de su posibilidad; porque no obtiene ganancias simbólicas ya que no se trata de solidaridad ni filantropía; porque no consigue ganancias culturales  en razón de que no está codificado como producto cultural. No hay cálculo en el cuidar, sino apego, afecto, deseo de que la otra persona  exista con-migo; de que esa otra persona no sea una amenaza a supervivencia, ni una inversión, ni una oportunidad de algo diferente a simplemente ser-con-ella. El cuidado nos pone en común, nos sintoniza, nos acerca, nos hace familiares, nos aproxima sin trampa, es un don que viene de la naturaleza y que se actualiza en la cultura como posibilidad de existir en comunidad.

Cuidar no es trabajar, ha sido convertido en un trabajo no pagado y designado a las mujeres o en estricto sentido a lo femenino y así, en el marco de la sociedad patriarcal capitalista, desvalorizado y olvidado. Cuidar es la capacidad humana de hacerme responsable de la otra persona, no por una obligación establecida por una entidad extraña y trascendente -llámese Iglesia, Estado, Partido, Matrimonio, etc.- sino por afecto a la otra persona y a través de ella a mí misma siendo en ella y siendo en el lazo el cuidado. El cuidado no tiene que ver con la economía, ni con la política sino con el afecto. Es posible la reproducción económica sin cuidado, eso ha sido la explotación capitalista que convirtió el cuidado en instrumento de explotación de la mujer. Es posible la reproducción política sin cuidado, eso ha sido la dominación patriarcal que convirtió el cuidado en instrumento de violencia y control estatal en la familia, la iglesia, la salud y la educación. Es un acto de conjunción conforme al afecto que hace posible una economía sin explotación y una política sin dominación y sin violencia.   

Esta responsabilidad basada en el afecto, además, es extensiva a la relación entre las especies y a la naturaleza que nos acoge.  No hay cuidado entre seres humanos si no hay cuidado a las otras especies y a la naturaleza que habitamos y nos habita. No hay afecto entre seres humanos, si no hay afecto a las otras especies y a la naturaleza que habitamos y nos habita. El cuidado es entonces la primera y fundamental relación que nos humaniza y naturaliza a la vez, la que nos conecta  entre los humanos, a los humanos con las otras especie, a las especies animales con la naturaleza que nos abriga. Es el cuidado el que define a la humanidad desde el afecto y el apego, no desde el interés y menos aún desde el interés mercantil o político.  Es por esto que el cuidado debe ser vivido como posibilidad de permanente humanización en base a la afirmación del afecto a todas las otredades con quienes y por quienes somos y existimos. No es un sacrificio y por lo tanto no nos exige renunciar a los afectos sanos para asumir intereses pervertidos, atravesados por chantajes, manipulaciones o culpabilidades. Existimos porque cuidamos.

El cuidado nos hace humanos porque somos capaces de tener afecto por la otredad natural y cultural,  que implica tener afecto por la humanidad que se reconoce en su ser natural.  Es el cuidado el que nos ha sacado a flote de todas las dificultades que hemos atravesado a lo largo de todas nuestras historias. Y es la falta de él lo que nos ha puesto al borde de nuestra extinción. Entonces, es decisión nuestra seguir caminando o terminar nuestro camino.

La responsabilidad que hemos cargado las mujeres en toda nuestra historia es garantizar la educación de los y las hijas, que les permita ingresar en las mejores condiciones a la sociedad y además garantizar que puedan respondan a esa sociedad, aunque sea una sociedad patriarcal y capitalista. Observemos la tremenda responsabilidad que cae en nuestros cuerpos: formar a nuestros hijos e hijas para que sigan reproduciendo la rueda de una sociedad terriblemente injusta y violenta, que sean buenos representantes de este sistema que nos violenta como mujeres; u optar por formarles de manera distinta, digamos a contracorriente de las disposiciones sociales dominantes, con el riego de que tengan muchas dificultades de lidiar con procesos de exclusión y marginalización simbólica por ser diferentes. Al final todos los problemas que tengan nuestros hijos e  hijas en sus procesos de socialización y los problemas que ellos causen a la sociedad conservadora o progresista, serán nuestra culpa.

No solo que nos hicieron responsables absolutas de la crianza de los hijxs, cada vez en condiciones mucho más adversa, como las que supone tener ahora también trabajos productivos, sino que además somos responsables de su “mala educación” si ellxs no responden a las expectativas de la sociedad en sus distintas, múltiples, compleja y brutales exigencias.

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