Guayaquil

Por: Tomás Rodríguez León

Cayeron las palabras y el silencio.
Se abrió otra vez la puerta, otra vez toda
la noche americana, el ancho río
de muchos labios palpitó un segundo…

Club de Leones

A Guayaquil, Pablo Neruda

Se muere mucha gente en la epidemia y sus verdugos son los encargados de protegerlos: los del nivel central y local, los de antes y los de ahora. Los que pusieron en agonía la salud con modelos políticos centralistas, los que nunca pensaron en la prevención. El estado y sus formas de gobiernos, los variopintos políticos que como ratas husmean entre cadáveres, son culpables todos.

Necro-política virulenta, inescrupulosa, purulenta, no escatima esfuerzos para errar. La realidad importa menos que los cálculos económicos y de poder; se critican entre todos, se critican entre tontos y luego confabulan.  Pero la gente muere y revive porque el pueblo de Guayaquil siempre lo hizo y hoy resucitará al tercer día entre fragancias de niñas que no pierden la gracia en su andar o en la alegría sensual porteña de manglares despiertos, resucitará para decir: viva la vida, muera la muerte.

Pandemia democrática que ataca a grandes y pequeños países, democracia que asesina a los más vulnerables; Wohan industrial, Italia del norte desarrollado y viejo, Madrid complicado y New york decadente con su afrentoso Walt Street, mi Guayaquil pobre y empobrecido, proletario y marinero.

Pandemia que tiene piedad en África, clemencia con Haití o Venezuela, ahí enferma y mata a menos personas. En mi país no, la muerte pulula, acá desprevenidos tecnócratas cómplices, toman partido en un pugilato perversos en culpas, se echan el muerto a diestra y siniestra, los del centro a la periferia y viceversa, refieren a las miserias previas de mi ciudad, ciudad que más allá de sus tristezas tiene más trabajadores y menos burócratas, tiene determinantes sociales terribles tanto como el sistema que los abarca.

“Políticos y tecno-burócratas advertidos de la pandemia nada bueno hicieron, más parece que organizaron su bienvenida”.

Determinante, fundamental, fulminante en la expansión del virus fue la debilidad en la respuesta, la fragilidad predictiva y la preexistencia de una organización maltrecha de manejo en crisis que hace crisis. Los culpables primeros son el poder central y los dos últimos gobiernos con nombre y apellido que han puesto la estructura de vigilancia en la vergüenza mundial ¡Sinvergüenzas! Y es culpable así mismo el gobierno local que disfrutó de los desequilibrios para secularizar modelos de urbe con zonas en apartheid.

Un estado centralista, patológicamente centralista por obra y gracia de quienes juraron que harían una revolución ciudadana, Estado que redujo las competencias de participación de los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD) en asistencia sanitaria y arruino la salud pública de los más pobres con ejercicios de poder desde la capitalGuayaquil efecto y no causa de las desigualdades acentúa sus propias  inequidades y establece la mayor concentración de la riqueza porque quienes gobiernan la ciudad son centralistas, en los barrios populares trabajan y son pobres y en las ciudadelas de ricos van de viaje, traen el virus y hasta disfrutan en sus piscinas la cuarentena, mientras los trabajadores reinventan la calle para sobrevivir en esta sobre muerte.

Pero Guayaquil la más solidaria con la patria, refugio de la diáspora nacional pide auxilio y recibe bloqueos, siendo muchos los que se atreven al sutil o abierto desprecio. Tragedia donde se esconden muertes, pero afloran mezquindades y otras miserias. La alcaldesa pide permiso, recoger cadáveres; burócratas se vuelven narradores de la tragedia presentando el score de un partido que van perdiendo y el niño bonito no pierde la oportunidad para la foto y si esta falta se hace un selfie.

Pero que el mundo sepa que en casi cuatro siglos Guayaquil no tubo presencia estatal y que el primer hospital público se fundó en 1974; que la maternidad estatal nació en los setenta, que el Hospital de Niños surgió en la década de los ochenta, que la Junta de Beneficencia se encargó de atención de segunda para los pobres y que aún no existe un Hospital psiquiátrico. Pero los ancianatos, los pacientes oncológicos y los cementerios tampoco son del Estado, digamos más, el gobierno actual suprimió el hospital neumológico, quien sabe porque y cuanta falta hace hoy.

La ausencia y retraso del Estado sembró una secularidad con problemas cíclicos y afirmó la presencia constante de epidemias, tanto como repitió la mala gestión del Estado y sus maldades, promoción de la salud débil sin cultura de prevención, débil atención primaria, débil seguridad social y lucrativa prestación privada de salud premiada en los dos gobiernos de Alianza País.

El Estado inquisitorial cree que la salud del pueblo es su obra y la enfermedad de los pobres, los culpa de la desobediencia, no saben nada de lo que significa la participación de la comunidad en tanto los gobiernos locales. El estado menor reproduce la mala práctica de prestaciones de servicios básicos sin efectiva atención primaria.

Pero que el mundo sepa también que cuando el gobierno puso “cupos” en los hospitales, porque ni para los médicos había protección, el pueblo de Guayaquil empezó a crear y sigue creando redes solidarias en la comunidad, donde el heroísmo médico se confunde con la valentía de la juventud porque acá en Guayaquil cuando la gente enferma ya no busca a los servicios colapsados, busca al médico de barrio, al pariente doctor, al primo galeno que también está, enfermo y ellos (nosotros) en redes de telemedicina asistimos dejando a los muchachos la segunda tarea que es romper el cerco policial para viajar en bicicleta, motos o carros en búsqueda de oxipulsimetros, oxígeno, medicinas y alimentos para los que resisten a la muerte y así dejan de morir.

Guayaquil y su pueblo exponen al mundo sus cadáveres por las calles, un acto de rebeldía que grita a los poderes que son ellos los mandamases batracios, los macabros. Guayaquil pórtico de oro que a la puerta del Guayas se levanta sobrevivirá.


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