billete falso

El hambre se coló dentro de los dos reinos. El virus era selectivo, empezó arriba y terminó sembrando la muerte abajo. Buscaba cuerpos desnutridos, almas sufrientes. En Whatstiat atacó sobre todo a los afrodescendientes; los negros eran el desecho. Los cercó con el contagio y luego con el hambre. Las madres resistieron, elevaron sus blues para retener la vida y despedir a los muertos. No había solución, era el tiempo de la ira.

En la calle principal caminaba un negro alto, Big George, medía cerca de los dos metros, de mediana edad. Estaba nervioso. Vestía un calentador descolorido, las vastas le llegaban apenas a los tobillos y las mangas no cubrían sus brazos largos. Un tapabocas blanco cubría la mitad del rostro. No era un mendigo, se veía la dignidad en el rostro. Buscaba alguna salida al hambre y el desempleo, sentía sobre su espalda ancha el peso del hambre de los cuatro hijos y la angustia de la esposa.

Club de Leones

Se repitió la antigua historia, el eterno retorno. Pasaron junto a él una pareja vestida lujosamente, zapatos deportivos de moda, el cintillo en la frente, para mostrar la marca del ejercicio y la distinción del deporte. También los tapabocas de colores, en sintonía con el azul del calentador de él y el lila del de ella, resaltaban la diferencia.

Ella intentó detenerse y cruzar a la vereda del frente. El temor inveterado, inconsciente, al extraño, convertido en el signo de la amenaza, creó una barrera. Él reaccionó con cautela y le extendió la limosna de un billete de veinte dólares. El hombre negro inicialmente hizo el gesto de no aceptar. En fracciones de segundo la mirada pasó del rechazo a una especie de sumisión. Era el cuarto día que caminaba en busca de un trabajo, una ayuda para poder llevar el pan a la casa. Se sorprendió del gesto de la otra raza.

También ella se sorprendió de la generosidad desconocida de la pareja. Siguieron el camino. Recordó en silencio al poeta: “Hace bien, después del placer de asombrarse, no lo hay mayor que el de causar una sorpresa.”[1] Ella le dijo, Qué bien, la pandemia te ha cambiado, ahora puedes sentir la hermandad por encima de las barreras raciales. Parece que ya no escuchas los mensajes violentos del hombre del penacho amarillo. Él esperó todavía un momento, para alejarse del sitio del intercambio. Soltó una carcajada, mientras decía en voz baja, en secreto, para que no le oiga el hombre negro, Era un billete falso. Jaja, compré tu seguridad, nuestra tranquilidad, sin que me cueste nada.

Ella pensó, nada ha cambiado; volvió a sentir por un momento la repugnancia que había sentido la primera noche, cuando él ostentó el lujo y el poder agresivo en medio de la primera sangre. Él no vio el don, sino el dominio. No se trataba siquiera, como al inicio de nuestro tiempo moderno, que “el vicio más irreparable es el de hacer el mal por imbecilidad.” Ahora era un cálculo cínico del bien al servicio de la maldad, el festejo del mal consciente. La compra de la seguridad, el don era para la Mátrix.

El hombre negro acarició el billete milagroso en el bolsillo, regresó a ver a la pareja que se alejaba riendo del lugar. Supuso que era la alegría de la obra de caridad. Talvez sentían la satisfacción de quien estaba por encima de la necesidad y podía regalar algo de lo que le sobraba. Sintió nuevamente un rechazo interno. Decidió comprar el pan para llevarlo a la casa.

Cruzó la calle, al frente, a través de los vitrales, se podía ver los panes, los pasteles; los olores dulces le invitaban a pensar en la alegría de los hijos al sentir el sabor esperado. Escogió los panes más baratos, para poder reservar algo para una siguiente compra. Se acercó a la caja, la cuenta total, once dólares con cuarenta y ocho centavos. Entregó el billete y esperó el vuelto. La cajera vio el billete al trasluz varias veces y regresó la mirada al hombre negro. Llamó al dueño y le mostró el billete. Era falso, y el hombre negro era el culpable. El dueño llamó a la policía y en dos minutos llegaron dos patrullas. Habían escuchado la denuncia, Un negro falsificador. Tenían que llegar refuerzos, el peligro era grave.

El hombre negro no se resistió, lo apresaron dentro de la panadería y le llevaron a la patrulla. Todo era demasiado pacífico y ordenado. El hombre negro era alto y fornido, pero parecía un cordero que aceptaba el sacrificio. El capitán de policía no podía aceptar que todo avance en paz. Arrojó al hombre negro al suelo y le inmovilizó. Colocó la pierna sobre el cuello, y él no se resistía. Los otros tres apoyaban el acto de autoridad del jefe. El hombre negro, le repetía, No puedo respirar. Pero el policía mantuvo ocho minutos y treinta y cuatro segundos su rodilla sobre el cuello del hombre negro. Ya no se movía, no podía repetir, No puedo respirar. Se había cumplido el orden.

Las imágenes se difundieron, el hombre negro aplastado junto a la patrulla por el policía y los otros tres en el ruedo, hasta el momento de la inmovilidad. Había que llamar a la ambulancia y al forense. Los policías estaban tranquilos, sabían que todo sería justificado. El certificado oficial decía que Big George había muerto por un ataque al corazón y que estaba drogado. Todo volvía a la normalidad, la víctima sin número en la serie de la violencia policial.

Las imágenes se difundieron y empezó el otro acontecimiento. La ira y el reclamo de miles y miles de gentes hermanadas, afros, mujeres, marginados, se extendieron por todas las ciudades, en el reino de Whatstiat. Caminaron en silencio en torno a los palacios. Algunos derribaron las vidrieras y los escaparates, quemaron los símbolos de la opulencia.

Era el mismo síntoma del virus, la falta de aire, No puedo respirar. Ya no eran sólo los pulmones de George, sino el grito ahogado de los olvidados. El hombre del penacho amarillo acusó a los negros de ser los conspiradores, los violentos; y enarboló la biblia, sin leerla, como el símbolo del orden sagrado eterno, la condena sin tiempo a los de abajo. Colocó muros para proteger el palacio.

El fuego purificador recorrió las calles de las ciudades. Ella vio el fruto de la limosna del billete falso en el noticiero de la noche. Pensó, no sólo el billete era falso, tal vez fue falsa toda la relación, desde la primera noche. Decidió participar en las marchas, no sólo contra el poder del Estado, sino contra la violencia que nacía en su propia casa, la rabia del sometimiento, de la humillación; aunque todo se había vuelto borroso, sin fronteras. Sintió una angustia difusa, ¿Y si todo era una falsedad? Talvez era el símbolo antes del fin del cuarto mundo.


[1] Del Poema en Prosa, La moneda falsa de Charles Baudelaire

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Militante de los Movimientos Sociales.
Comuna-Ecuador

Por Napoleón Saltos Galarza

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