Imagen tomada de: bragart-bragado.com

Milton Luna Tamayo[1]

Club de Leones

La pandemia destapó, aceleró y validó procesos previos y nuevos. De la manera más descarnada mostró las desigualdades sociales maquilladas de bonos, los oportunismos preelectorales, la miseria humana tras los negociados de insumos médicos, las ambiciones contenidas, improvisación, incompetencia y ausencia de liderazgos que han costado miles de muertos. Se ratificó que en los momentos que rayan con la muerte no caben los disimulos.   

 El coronavirus mostró también la extraordinaria influencia de la digitalización. Validó en la sociedad, como efecto del confinamiento, que el internet es un servicio básico como la luz eléctrica o el agua potable.

Con ese espaldarazo, se acelera la digitalización universal, como el escenario que vivirá la humanidad en poco tiempo. Así, el futuro sería dominado por los dueños y operadores del 5G. Las grandes corporaciones de datos, Google, Facebook, Twitter, Instagram y otras, avizoran inmensas ganancias y también el acceso  al poder y control total de la población mundial a través del acumulado de todos los datos de nuestras vidas (Big data), influyendo decisivamente en nuestros gustos, miedos, esperanzas, decisiones políticas y electorales. Es el triunfo del totalitarismo y la muerte de la libertad, del pensamiento crítico, y de la democracia.

Pero las corporaciones no están solas, compiten o establecen alianzas con los estados hegemónicos y más desarrollados tecnológicamente, sobre todo Estados Unidos y China, quienes participan del proyecto, desde su particular andarivel e intereses, dando los primeros pasos de una nueva guerra mundial, por el control y  hegemonía de la tecnología y del planeta.  

En la precipitada carrera por el poder, pretenden digitalizar todo, también la enseñanza, por lo que apuntarían a desmantelar los sistemas públicos de educación, que fueron diseñados para desarrollar su labor en la presencialidad y con alto control de masas.

Denuncian la caducidad de la escuela pública, diseñada a fines del S.XVIII e inicios del XIX, bajo los requerimientos de la revolución industrial para obtener mano de obra calificada, y de la urgencia de ciudadanos conscientes para la consolidación de los estados nacionales. El cambio civilizatorio del S.XXI, desatado por la revolución tecnológica y de la información, la globalización, la crisis de los estados nacionales, demandaría de una educación distinta, cuyo sentido quieren imponerlo las grandes corporaciones, como parte del paquete hegemónico de dirección de esta nueva fase de la modernidad.

En este modelo de educación, los maestros son innecesarios ya que los estudiantes pueden aprender con un buen computador, internet rápido y un abundante paquete de tutoriales. Entonces, los sistemas educativos públicos serían paulatinamente eliminados por “ineficientes y costosos”. Las multinacionales, bajo la fachada de grandes universidades o consorcios educativos, ofertarían la enseñanza en línea, con lo que se consolidaría un enorme negocio a través la privatización educativa. La ciencia y tecnología se acoplaría a este movimiento a través del modelo del Silicon Valley, que fuera ensayado en Ecuador a través del fracasado experimento de Yachay Tech, de Urcuquí, en tiempos del correato.

La operación de la digitalización universal demandaría de abundante materia prima (oro, cobre, litio, tierras raras) que proviene de las minas del tercer mundo.  La estrategia del poder digital pasa por reforzar el extractivismo y el control político autoritario de esos países, en el caso de resistencia a la minería de  movimientos sociales, indígenas varios de ellos. Nuevamente en la historia del capitalismo, el florecimiento del centro, se garantizaría con la precariedad y sumisión de la periferia, que a pesar de sus esfuerzos de escapar de la vieja relación inequitativa, seguirá cargando a cuestas el modelo primario-exportador, secundado por un deterioro del sistema educativo que, mal que bien, construyó al amparo de la consolidación de su estado-nacional.

La digitalización universal en su versión de control totalitario de las corporaciones y estados hegemónicos debe ser enfrentada. Uno de sus más sutiles críticos, el filósofo Byun-Chul Han, destaca que uno de los fenómenos más dramáticos de la contemporaneidad es la exaltación del ego, el extremo individualismo y la desaparición de la comunidad: “La hipercomunicación consecuencia de la digitalización, nos permite estar cada vez más interconectados, pero la interconexión no trae consigo más vincu­lación ni más cercanía. Las redes sociales también acaban con la dimensión social al poner el ego en el centro. A pesar de la hipercomunicación digital, en nuestra sociedad la soledad y el aislamiento aumentan… Cada uno se produce y se representa a sí mismo. Todo el mundo practica el culto, la adoración del yo… Hemos olvidado que la comunidad es fuente de felicidad. La libertad también la definimos desde un punto de vista individual. Freiheit, la palabra alemana para “libertad”, significa en origen “estar con amigos”. “Libertad” y “amigo” tienen una etimología común. La libertad es la manifestación de una relación plena. Por tanto, también deberíamos redefinir la libertad a partir de la comunidad”.

Recuperar y fortalecer la comunidad, que implica retejer la sociedad, construir el sentido de lo colectivo, es imprescindible para salir de la lógica avasallante, del hiperindividualismo, de la corrupción generalizada que se sustenta en la no valoración de lo público, y del capitalismo reforzado por la digitalización universal que devendrá en control totalitario. La escuela presencial es la gran constructora de sociabilidad, afecto, compañerismo, solidaridad, elementos clave para la formación de seres humanos sensibles y comprometidos consigo mismos, con los demás y con el planeta. Lo público de la educación desarrolla el concepto de la igualdad, entendida como igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos de acceder a una escuela de calidad, garantizada por el Estado. Este modelo desarrolla aspectos centrales e históricos no cumplidos de la modernidad que van ligados a grandes ideales de justicia, fraternidad y solidaridad, que hoy se alzan nuevamente como grandes antídotos del totalitarismo en ascenso a través del modelo de digitalización universal de las corporaciones.

Cuando la pandemia haya sido controlada, hay que volver a la presencialidad de una escuela con un modelo educativo que promueva la vida de las personas y del planeta. Hay que construir nuestra Nueva Escuela de calidad, que incorpore creativamente al internet y a la tecnología, junto a otros instrumentos, para lograr una formación integral de nuestros niños, niñas y jóvenes, para que entiendan y vivan  libertad y la democracia, desarrollen la ciencia y el pensamiento crítico.

No hay que pelearse con el internet ni con la digitalización ni con la inteligencia artificial ni con cualquier avance de la ciencia. La tecnología es un instrumento, que en manos de las grandes corporaciones y estados hegemónicos, creará sociedades encarceladas y profundamente desiguales e inequitativas y un planeta destruido por el mercado depredador. La tecnología debe respaldar un proyecto civilizatorio de recuperación de una humanidad que conviva en armonía y  justicia consigo misma y con la naturaleza. La educación debe ser la columna vertebral de ese proyecto y la digitalización debe ponerse a su servicio.


[1] Historiador, profesor de la PUCE, Ex Ministro de Educación y miembro del Contrato Social por la Educación.

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Historiador, profesor de la PUCE, Ex Ministro de Educación y miembro del Contrato Social por la Educación.

Por Milton Luna Tamayo

Historiador, profesor de la PUCE, Ex Ministro de Educación y miembro del Contrato Social por la Educación.