Por: Carlos León González

   Si, como préstamos ambos no son nexos de igual naturaleza, es lo que afirmamos, por lo que sus implicaciones económicas, como muy rápidamente mostraremos, son bien distintas.

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    La diferencia se advierte desde el concepto de tasa de interés como razón de acumulación y no como tasa de descuento. Y la cuestión es muy sencilla. La tasa de interés, aunque vulgarmente se la defina así, no es el precio del dinero. No lo es ni puede serlo porque del orden mercantil brota que el dinero únicamente puede tener poder adquisitivo y que sólo las mercancías tienen precios. Nadie verá jamás, por ejemplo, a un vendedor de 100 dólares ofertarlos a un precio de 8 dólares, todo un absurdo. Cuando se presta dinero no se compra dinero; lo que se adquiere no se devuelve, la propiedad se transfiere; cualidad que no pertenece a la naturaleza de los préstamos, se presta para devolver.

    Se deduce que la tasa de interés es el precio que se paga para obtener el uso de algo que es de otro y que siempre habrá que devolver. Y si la propiedad ajena que se presta es una suma de dinero, la condición de todo préstamo indica que el deudor devolverá a su acreedor, transcurrido el plazo que se haya pactado entre ambos, una suma mayor a la prestada. Respecto al acreedor la situación es clara: acrecienta la cuantía de su propiedad. No es otro el motivo de prestar. Y este mismo motivo debe estructurar el comportamiento del deudor. Presta 100 dólares para ganar 20 y devolver, por ejemplo, 108, se queda con 12. Sin el préstamo de dinero sería imposible que el deudor se embolse los 12 dólares. Ésta resultante es lo que define, lo que conceptualiza.

   Por esto, la tasa de interés, desde el deudor, es el precio que se paga por utilizar el dinero ajeno en su función de capital. Y, desde el acreedor, es el precio que se recibe por permitir el uso ajeno del dinero propio en su función de capital. El crédito supone que el préstamo de dinero, por consiguiente, actúe como capital para el deudor y acreedor, simultáneamente. Cuando esto sucede diremos que los préstamos acrecientan la riqueza de deudor y acreedor al mismo tiempo.

     No es difícil percibir, bajo esta premisa, que la limitación de los préstamos a una fracción del PIB, es una solemne tontería.

     La deuda, en cambio, aparece sí, y sólo si, el préstamo de dinero funciona como capital únicamente para el acreedor y no para el deudor; y su resultado, para quién debe, siempre será una reducción de sus futuros ingresos disponibles. De aquí se deduce y se explica lo vital de forjar límites al endeudamiento, sea privado o público, como fracción del PIB; a menor porción, mejor; lo insuperable, que sea el 0% del Producto Interno Bruto.

    La diferencia entre deudas y créditos se vuelve más clara aún por ser bastante improbable que las deudas se transformen en créditos, pero no a la inversa.  Si, tal como se anuncia, ejemplificamos, la presa coca codo colapsa, desaparecería como activo productivo y toda la inversión hecha para su construcción se convertiría, de facto, en consumo involuntario. Y, por la misma razón, todo el crédito contratado para su construcción, y que aún esté vigente, se transformaría en deuda.

    Queda claro, en el imaginario del país, que la Constituyente de Montecristi jamás percibió los préstamos bajo la forma de los créditos, sólo observó deudas. Y ello es explicable. Pesó y mucho la experiencia anterior, predispuesta a contratar deudas y no créditos, de ahí el límite del 40% respecto al PIB. Y de ahí el reiterado afán de legitimar modos de sumar para mostrar una menor cantidad de endeudamiento respecto al nivel realmente existente; otra vez aparece la idea de que no existe deuda cuando se le debe a la esposa, no importa que ella encuentre vacío su monedero. Alterar cifras, incluso con la venia de la Asamblea Nacional, para que la relación de la deuda con el PIB aparezca como menor, no significa modificar la realidad.

    Mientras el presidente Trump firma un paquete de ayuda por 484.000 millones de dólares para atender a las empresas y hospitales y socorrer a los desempleados, todos afectados por Covid 19, y califica de tremenda victoria la aprobación de esta decisión por el congreso, acá la ausencia de soberanía se encubre como ley de solidaridad al mismo tiempo que se demanda más deuda a interés para alimentar de liquidez a la circulación del dólar en el interior.

    El presidente Trump toma créditos de los productores norteamericanos, sin pagar intereses y sin estar obligados a devolverlos por hacerlo bajo la forma de la emisión de moneda. El presidente Moreno, en cambio, forja impuestos, reduce los salarios nominales y toma deudas a interés para enfrentar a Covid 19 pese a tener una producción paralizada en gran parte e imposibilitada de formar, por sí misma, una nueva demanda externa y/o que tampoco tiene acicate alguno porque le surja una nueva demanda externa, algo difícil en la coyuntura por venir.

     Marx en una carta a Kugelman dijo, “cada niño sabe que cualquier nación morirá de hambre, y no digo en un año, sino en semanas, si dejara de trabajar”. Y el gobierno no parece percibir que en este andarivel estamos. Demanda más deuda a interés cuando la nación, en gran medida, ha dejado de producir y ha perdido parte de sus ingresos. Significa tomar deudas por perder el empleo o por ver reducido sus ingresos.

     La diferencia entre ambos presidentes es notoria, se distingue entre soberanía   y subordinación. Seguimos siendo un espacio de endeudamiento y no de créditos externos que nos enriquezcan. No hemos aprendido.

     ¡Qué costosa es la ausencia de soberanía, de salud y de conocimiento!

Guayaquil, abril 24 de 2020.

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Investigador de procesos productivos

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