La expresión deuda social alude a un Estado deudor y a un Pueblo acreedor, a un acreedor que es inusualmente bueno. Primero porque, pese a que esta deuda se incrementa cada vez más, no exige o impone plazos de pagos y segundo, porque no cobra intereses de ninguna clase, incluidos los de mora. No es todo. Su condición de acreedor bueno es tal, lo que no es poco, que tampoco compromete la independencia de su Estado ni su política económica. Pero, como todo acreedor, espera su pago. Y las deudas se pagan con recursos propios, aquí con los recursos de la Nación. Se puede discutir, y mucho, si la deuda social se paga con aportes del fondo de acumulación y/o con entregas del fondo de salarios de la sociedad, se puede debatir respecto a las contribuciones del uno y del otro, se puede polemizar con relación al grado de redistribución de la riqueza que facilite o no un proceso de pagos, pero en ningún caso debería pagarse con ahorro externo, que deberá ser devuelto y con intereses. Si este fuera el caso el pueblo acreedor habrá sido convertido en pueblo deudor ante los capitales financieros internacionales que si tienen plazo de cobro, que si exigen pago de intereses y que, por lo tanto, demandan una política de pago que si toma su política económica puesto que las deudas se contratan para ser devueltas.

Por esto la lucha contra la pobreza, aunque pueda parecer real, tangible, puede asumir la forma de una farsa.

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Esta conclusión incomodará, quizá a muchos, pero ello no importa si fue organizada como realidad, una realidad a ser abolida cuando llega el momento de pagar y no se tenga con qué. Aquí hay 2 momentos distintos, no simultáneos, 2 instantes que forman un ciclo. La felicidad de recibir los pagos mientras la deuda externa pública crece y el dolor de dejar de recibirlos porque empiezan a cumplirse los plazos y hay que devolver lo prestado. No simultaneidad temporal que hace posible que exista un presidente para el primer momento y un presidente para el otro, el primero adorado, el segundo aborrecido, pese a ser parte de un mismo proceso.

Paternot y Veraldi, a este respecto, concluyen su investigación así:

” El pobre es indispensable para la conquista del poder, la propaganda, la recolección de fondos y fructíferas carreras personales; o en todo caso para la incomodidad intelectual y moral. Suprimir eficazmente la pobreza sería a largo plazo destruir una materia prima irreemplazable. El cálculo es deliberado entre los políticos.”

No es poco decir que la lucha contra la pobreza es una farsa, sobre todo cuando no toca y oculta al poder que conduce al Estado.

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Investigador de procesos productivos

Por Carlos León Gonzales

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