Por: Carlos León González

     Si, la desdolarización puede servirse a la carta. Pero el hacerlo no tiene que ver con un menú propuesto por el chef para elección de su clientela; sí, y mucho, se trata de las recetas enviadas a él por parroquianos con divergentes intereses y de las capacidades de estos para incidir, de modo efectivo, en la prescripción que se cocerá. Quién sea el chef no interesa, los compradores sí. Aquí abogaremos por uno de ellos y por su fórmula, necesariamente participativa y redistributiva, aunque compararemos ambas.

Club de Leones

     El itinerario es extenso, pero abreviaremos; el punto de partida aquí: el proceso que desembocó en la decisión de extinguir la circulación del sucre; el punto de llegada: la necesidad de su resurrección. 

     En su libro, Dolarización: un país blindado, su autora, Joyce Higgins de Ginatta, ex-directora de la CAPIG, expresa sus razones respecto a la necesidad del país de dicha defensa y, a su modo, las consecuencias esperables por disponer de esa coraza; hemos hecho un resumen de lo que sostiene:

     “Para resolver los problemas económicos del Ecuador de finales de los años 90 del siglo XX, e independizarnos del yugo esclavizante de los farsantes, escribió en 2007, lo único que quedaba por hacer, recuerda, era eliminar al sucre, asesinado por los políticos, y pasar al sistema del patrón dólar, sustento de nuestra segunda independencia, para ponernos a buen recaudo de la discrecionalidad nativa de las emisiones de moneda y colocarnos en el camino de la prosperidad”. 

     La reina bruja obsequió a Blanca Nieves una manzana envenenada para que su espejo le diga que ha vuelto  a ser la más bella; acá la reina bruja, consciente o no, entregó a Ecuador otra fruta con cicuta para que su espejo le otorgue a la Banca privada el control presente y futuro de la reserva monetaria internacional, RMI; “a toda costa cuidaremos la dolarización”, acaba de referir el presidente Moreno en su informe a la nación, objetivo que no configura novedad alguna, a su manera también lo hizo la Constituyente y la Constitución de Montecristi.

     Pero, estar hoy, y todos, sujetos a la llamada flexibilidad cuantitativa practicada por la Reserva Federal, nombre de la discrecionalidad foránea de las emisiones de moneda y uno de los costes sociales incurridos por darle a la Banca privada del país el uso y control de la RMI, no nos protegió de la reiteración de la discrecionalidad nativa de las emisiones de deuda externa, la cual, a fin de cuentas, alimenta actualmente la cantidad de dinero en la circulación interior, eleva la liquidez bancaria y su capacidad concentradora o centralizadora de dinero. Una situación que no parece el mejor de los mundos posibles para la Banca del país, pero sí un orbe más destacado que el de las esporádicas y luego más frecuentes inflaciones de moneda nacional de fines del siglo XX. Universo perfectible para ella si, bajo su control, obtuviese la extinción física de la circulación del dinero en efectivo; único modo de recuperar para si, y de forma electrónica, la discrecionalidad nativa de las emisiones de moneda, pero sin perder el manejo de la RMI, sin sufrir riesgos de retiros físicos de los depósitos monetarios, sin que parezca que ella gobierna al Banco Central y, sobre todo, sin que la población advierta que se ha salido de la dolarización.

     Es nuestra conjetura, la Banca aprieta las tuercas. Pero lo medular de ésta y de otras hipótesis que se puedan plantear, sobre estos asuntos, alude a reconocer que la moneda, se use o no moneda nacional, es el epicentro de la lucha política, la fuente de las disputas por el poder y el soporte de toda organización concentradora o no de los ingresos y de la riqueza de las naciones; escenario sobre el cual no se centran, de modo visible, las presentes disputas políticas en Ecuador, aunque sí en el mundo; foco del cual, como si hubiese en el país un acuerdo social unánime, huimos todos los ecuatorianos, y quizás por conservar las supuestas ventajas de emplear una moneda nacional que es de otros y no de nosotros.

     Ahora bien, a partir de aquí va nuestro relato; incluiremos supuestos y algo de teoría para, comparativamente y al mismo tiempo, asumir y contrastar lo que postula la señora de Ginatta con lo que sostenemos aquí. ¿El escenario?, la producción mercantil; contexto de reglas obligadas, organización social sustentada en la división social del trabajo y, por ende, es su norma, en la necesidad de consumir de modo pacífico la producción ajena, puesto que todos producimos lo que no consumimos y consumimos lo que no producimos.

     Panorama que puede ser descrito de la forma siguiente:

     Primero, aunque se diga que ya no es así, decimos que el dinero sigue siendo el oro. Segundo, que por ello toda moneda nacional está, quiérase o no, referida a él. Tercero, que el dinero es inconsumible y que únicamente es transferible. Cuarto, que las pérdidas sólo expresan consumo involuntario. Quinto, que el dólar es la moneda que predominantemente circula como signo de dinero mundial. Sexto, y para situarnos en el escenario de fines de los años 90 del siglo XX, suponemos que el sucre aún no ha sido asesinado. Séptimo, y para facilitar la explicación, diremos que cada sucre compra un dólar y viceversa. Octavo, señalamos que el nexo entre ambas monedas es irresistible e insuprimible por cuanto se produce y exporta para importar y, además, que se importa para consumir y producir, evidencia de que las naciones venden y compran parte de sus producciones entre sí. Noveno, indicamos que los espacios de circulación del dinero, representado en la diversidad de monedas nacionales, están claramente segmentados y diferenciados en los espacios que delimitan las fronteras de cada Estado nacional. Décimo, y esto por lo inmediatamente anterior, precisamos que sólo el dólar norteamericano lo hace también en el mercado mundial y por razones que no es necesario referir aquí. Décimo primero, sabemos que las magnitudes para cada nación entre mercados, internos y externos, son desiguales, y que el mercado de mayor tamaño corresponde a su comercio interior y no al exterior. Décimo segundo, corolario de lo anterior, decimos que el volumen anual de ventas y compras en el exterior será continuamente inferior a la producción anual de cada país. Décimo tercero, su consecuencia, que la suma de moneda nacional en uso será siempre mayor, por su valor, a la cantidad de dólares que se precise para sostener su comercio exterior. Décimo cuarto, que, por consiguiente, sólo una parte de la cantidad de moneda nacional en circulación, persistentemente, deberá canjearse por dólares para efectuar compras en el exterior. Y, décimo quinto, que hay un límite puesto que la cantidad de producción a importar siempre estará sujeta, y dependerá, del valor alcanzado por las exportaciones.   

     Y, la pregunta surge:

     ¿Qué parte de este boceto puede ser modificado con facilidad por cualquier tipo de yugo esclavizante, por qué y con qué consecuencias?

     En él lo factible es elevar la cantidad de moneda nacional en la circulación interna y/o incidir en la intensidad de la demanda de dólares en el interior. Un poder limitado, pero no despreciable. La teoría económica da cuenta de lo primero mediante las inflaciones de moneda como creadoras de deuda pública interna y de devaluaciones monetarias. Y la Banca privada del país da cuenta de lo segundo a través de lo que llamó dolarización informal, proceso que impulsó en los años 90 del siglo anterior; explicaremos ambas.

     Adviértase que la inflación de moneda, lo primero, no es un proceso que se estructura para ser reversible. Si lo fuere no sería tal; constituiría una cesión de créditos con el aval de la producción futura y que toma la forma de una emisión de moneda que retornará al Banco Central. Y aquí no se trata de esto. Su concepto exige ocultar el carácter fraudulento de la emisión, lo que es igual a legitimarla y jamás revertirla.

     Friedman, permite bosquejar el móvil o afán de esconder el origen de toda emisión inorgánica con claridad; se emitirá moneda y no créditos, no es otro su sentido.

    Desde un helicóptero, escribe, lanzan papel moneda sobre una comunidad y a plena luz del día. Sus miembros se volcarán a su recolección y al final del día cada uno duplicará sus tenencias de efectivo. A partir de aquí, anota Friedman, se pueden producir dos situaciones: correr a las tiendas o guardar el papel moneda recogido. En la primera los precios se elevarán y duplicarán. Nadie tiene dudas acerca del origen del aumento de la demanda. La segunda inutiliza el uso del papel moneda lanzado desde el aparato; el nivel de precios no variará. Ambas conductas, derivadas del conocimiento del vuelo, son dos formas de no perder poder adquisitivo ni de ganarlo a costilla de alguien.

     Véase que, bajo tales premisas, el vuelo del helicóptero carece de sentido, salvo si el objetivo del supuesto que Friedman asume es evidenciar límites e inutilidad de las inflaciones de moneda respecto a lo productivo. Por ello él dirá que pedazos de papel moneda lanzados sobre una comunidad no alterará su capacidad material de producción ni, agregamos nosotros, la magnitud de producto físico a disposición de la demanda interna. 

     Esto último es literalmente cierto tanto si el helicóptero vuela de día o navega de noche y con igual propósito, el de lanzar papel moneda. A plena luz del día y a la vista de todos, la emisión tiene carácter inorgánico, pero no fraudulento; todos conocen el origen del exceso de moneda y actuarán en consecuencia. Por tanto, el vuelo del helicóptero no dañará el patrimonio de nadie; es lo que sostiene la escuela de las expectativas racionales al postular que la información fluye a velocidad infinita.

     Pero si el vuelo se realiza de madrugada, con motores silenciados y con el conocimiento de pocos, la situación es distinta. El objetivo, estafar al resto de los miembros de la comunidad, aflora y enraíza. Y estos no podrán evitarlo. El papel moneda lanzado desde el cielo no sabe nada acerca de su origen ni sobre la legitimidad de ser portado como propiedad de su tenedor y, por lo mismo, no comunica nada a quién lo recibe. Y no lo hace, inclusive, por ser tan igual al papel moneda emitido con las fianzas del caso. A las 9 de la mañana del mismo día los complotados entrarán a las tiendas y empezarán a comprar, como es obvio, a los precios del día anterior. Así la estafa se inicia, inflación a precios constantes se le llama a esto. Los vendedores sienten la expansión de la demanda a lo largo del día y empiezan, paulatinamente, a elevar los pecios. La información del crecimiento de la demanda fluye con retardo, incluso porque los vendedores reaccionan en tiempos y ritmos distintos; los conjurados no pueden estar, a la vez, en todas las tiendas a las nueve de la mañana, por tanto, escalonarán sus compras. A las 7 de la tarde, al cerrarse las tiendas, suponemos, los aumentos de precios concluyen y la inflación de precios termina por absorber, con las alzas, e íntegramente, la inflación de moneda. ¿El balance? El juego ha sido de suma cero. Los farsantes compraron y ganaron a lo largo del día, los vendedores perdieron, aunque no lo sepan. Esto explica el móvil y que exista una decisión para que el vuelo del helicóptero sea nocturno. ¿La resultante? Compraron quiénes no habían producido ni vendido antes. Y es lo que se oculta: la ilegitimidad del comprador y del poder adquisitivo que porta por haberlo usurparlo a los demás, garantía de poder comprar sin necesidad de pagar uno.

     En la parábola de Friedman no hay ninguna referencia al oro ni al dólar, pero ello no modifica la conclusión que hemos puesto de manifiesto si se los considerara. Si, por ejemplo, la cantidad de moneda nacional en circulación se duplicara y, a la vez, como su reflejo, se doblase la cantidad de oro existente con roles monetarios, las proporciones entre el sucre, el oro y el dólar serían cuantitativamente las mismas y no habría farsantes ni yugo esclavizante alguno. Existiría si una emisión que no significa inflación de moneda, se emite y nadie pierde ni gana poder adquisitivo. No sería este el contexto si, por caso, la cantidad de papel moneda en circulación se duplicara sin doblar la suma de oro que respalda su tráfico. Aquí si hay inflación de moneda por cuanto la nueva emisión se separa del oro. Adviértase la diferencia, la ausencia de aval. De plano esto alterará la demanda, los precios internos y la paridad entre la moneda atacada con las otras monedas nacionales y el oro. El afán de los tenedores legítimos del numerario de no sufrir menoscabos en su patrimonio se impondrá, pero todos no lo evitarán. Los receptores de la emisión inorgánica también irán a las tiendas, realizarán pagos, o comprarán oro u otras monedas. El alza de precios que sigue a la emisión sin respaldo restablecerá las proporciones correctas entre las monedas y el oro y el impacto de la inflación de moneda cesará. Al final los nuevos precios, el efecto, revelarán que hubo inflación de moneda, la causa, y así hasta la próxima. Relato similar a las consecuencias del vuelo nocturno del helicóptero y de cada nuevo vuelo que se haga en esas condiciones.

     Observamos aquí que la inflación de precios, del dólar, del oro y de los precios internos, no olvidemos que se importa para consumir y para producir, será una resultante de las inflaciones de moneda. Sin éstas no pueden existir inflaciones de precios. Éstas últimas sólo revelan la pérdida de poder adquisitivo que las inflaciones de moneda provocan. Por esto, todo aumento generalizado de los precios es la forma de defender los derechos de propiedad ante las inflaciones de moneda que sí los lesionan. Así como un vientre expandido no será nunca la causa que explique los embarazos, así también, la inflación de precios jamás será el motivo de las pérdidas de capacidad adquisitiva que ella revela.

     Portar un poder adquisitivo sin haber producido y vendido antes y sin tener que hacer contraprestación alguna por tenerlo y usarlo es la razón del juego, es lo que se oculta para vestir y atiborrarse de legitimidad en los mercados y es justo lo que las devaluaciones y los endeudamientos públicos internos hacen. Las primeras son irreversibles, las segundas son impagables, únicamente crecen. Son vuelos nocturnos del helicóptero. Gobiernos y exportadores, por estas vías, son los primeros en disponer del patrimonio ajeno como propio.

    El mecanismo es simple. Los precios de las ventas al exterior caen, aunque sus descensos no sean iguales para todos. Hay vendedores, incluido el Estado, que ven desplomarse sus precios. Al tipo de cambio prevaleciente, y dado que su estructura de costes en moneda nacional está fija, verán también descender sus beneficios o, lo que es peor, tendrán pérdidas. Bajo este contexto los dólares escasearán, pero los sucres no. Si el gobierno decide no reducir la RMI para proteger la paridad cambiaria el precio del dólar se elevará. Lo mismo sucederá si no tiene reservas suficientes para conservar el tipo de cambio. Y, de ser así, decidirá devaluar. Así emitirá para poder entregar más sucres por dólar. La inflación de moneda, por tanto, al fluir como devaluación de la moneda, transfiere poder adquisitivo hacia los exportadores para subsidiar y/o conservar la oferta de exportación, en particular protege, con patrimonios ajenos, a los sectores de exportación que sin devaluación de la moneda nacional quebrarían. Así mismo, los gobiernos crean déficits fiscales y usan la inflación de moneda bajo la forma de la deuda pública interna para financiarlos; el afán de reiterar anualmente el déficit fiscal hará el resto, pagar la deuda pública interna será innecesario y, a la vez, imposible, equivaldría a crear una crisis de liquidez y colapsar la economía.

     En esto no hay secreto; los farsantes toman patrimonio de otros para crear, conservar o elevar la hacienda de ellos, de ahí la doble forma de atacar la moneda para ejercer, desde ella, su violencia con este propósito.

     Poder limitado, pero no despreciable, hemos dicho. Influjo referido a cada Estado y a su moneda, el principal bien público que sustenta los derechos de propiedad de todos. No hay caudal privado, sea pequeño o grande, que se constituya al margen de la emisión y circulación de la moneda. Atacar la moneda es un proceso irrealizable sin el control de la máquina impresora de papel moneda, sin el dominio de la institución que, socialmente, tiene el rol de usarla, sin el señorío sobre el gobierno que, a su vez, tiene el mando sobre esa institución, sin vigilancia alguna respecto a su política y, de modo más específico, sin un manejo irrestricto de su gestión referida a la moneda.   

    ¿Espeluznante? Quizá.

     Pero la idea de que los gobiernos puedan, o no, actuar en pos o en contra del yugo esclavizante de los farsantes, o representar o no sus intereses, es la única conclusión lógica posible. La moneda constituye el aval del Estado sobre su calidad como signo de dinero, y toda garantía puede ser mantenida o violada.

     Lo referido fue el contexto sobre el que la Banca desplegó la dolarización informal, lo segundo de lo que hablamos. Si los espíritus animales explican toda huida hacia el dólar para defender el poder adquisitivo que se tenga bajo la forma de moneda nacional, móvil para elevar la intensidad de la demanda de dólares en el interior, la dolarización informal, impulsada y practicada por la Banca privada del país a través de la inflación de créditos, a mediados y fines de los años 90 del siglo anterior, fue su otra causa.

   Y aquí una digresión imprescindible.

   La teoría económica postula, primero, que no hay inversión sin ahorro, sea este público o privado, externo o interno, propio o ajeno, da igual; segundo, que la magnitud del ahorro limita la cantidad a invertir; tercero, que, por tanto, es imposible que el nivel de inversión sea mayor al nivel de ahorro existente; cuarto, que las inversiones pueden fluir, o no, como créditos bancarios, al igual que los préstamos de consumo; quinto, que las crisis se escenifican sí, y sólo si, el nivel de la inversión es menor a la cantidad del ahorro existente; y, sexto, que al correr los ahorros hacia las inversiones, los que ahorran están predispuestos, en el porvenir, a formar la demanda que absorberá la producción futura de las inversiones actualmente en desarrollo

     Sucede, pues, que la organización bancaria basada en el sistema de reserva fraccionaria, o de encaje bancario, anula las premisas; segunda, tercera y quinta; Hayek dirá exceso de inversiones a manera de resumen. Y dado que es imposible violentar la sexta condición, si la Banca usa fondos que no provienen de los ahorros de nadie para financiar préstamos, potencialmente se generan dificultades. Adviene el salvataje. ¿El medio?, la inflación de moneda que la inflación de créditos bancarios exige. No es otra la premisa que hace viable el rol del Banco Central como prestamista de última instancia, red de seguridad financiera de la Banca Privada.

      Ahorrar significa suspender transitoriamente la decisión de gasto para hacerlo en un futuro más cercano o más distante. Y esto es plenamente compatible con las decisiones de inversión o de préstamos de consumo para formar nuevas producciones y hacer pagos, también, en futuros más cercanos o distantes. Nótese, a este respecto, que los tiempos coinciden. Nadie paga o recupera la inversión financiada con créditos inmediatamente después de haber prestado o invertido. Hay demoras. Quién ahorra espera, quién presta pide plazos. El que ahorra cede el uso de sus recursos durante lapsos acordados. No ocurre igual con los fondos de consumo personal pese a que, del mismo modo, nadie gasta sus ingresos inmediatamente después de haberlos recibido. Hay tiempos de espera, pero son más pequeños que la demora inherente a todo gasto de los ahorros. Obsérvese aquí la dificultad implícita en prestar recursos a tiempos más largos que sus tiempos de retiro y uso. Es lo que el sistema de reserva fraccionaria hace. Y a menor tasa de encaje, peor, genera más riesgo, el peligro de poner, como mínimo, a 2 personas, simultáneamente, detrás de los mismos billetes. Esto nos remite a una Banca que es naturalmente ilíquida, sujeta al riesgo de no devolver los fondos depositados a la vista y en el momento que sus clientes los requieran, por haberlos prestado a otros a plazos más largos. Esto explica los feriados bancarios, la peligrosa interrupción de la cadena de pagos a corto plazo y las inflaciones de moneda como último recurso para sustentar la inflación de créditos. Aquí, como es obvio, en principio no hay insolvencia, sí iliquidez; pero, si los préstamos en curso fallan, y lo harán al no tener ahorros genuinos de sustento, para comprar y pagar a futuro, la iliquidez bancaria, irremediablemente, se convertirá en insolvencia y la inflación de moneda se hará inevitable si la decisión política es salvar la Banca, préstamos subordinados y créditos de liquidez decía el Banco Central.      

     Aquí, el curso de los acontecimientos enlaza con el anterior. La iliquidez y la insolvencia bancaria se resuelven con las inflaciones de moneda. Por tanto, los precios internos subirán y habrá huida hacia otras monedas, el dólar en particular. La inflación de moneda arbitra la disparidad de tiempos entre los créditos concedidos y los depósitos recibidos y la inflación de precios, su resultante, engendrará procesos de reducción de deudas internas, siempre será más fácil pagarlas si no crecen, se vende a precios crecientes y no se pierden los mercados.

     Si el negocio bancario consiste en formar deudas y deudores se entiende su proclividad a rebasar la restricción cuantitativa del nivel de ahorros y a prestar por encima de la magnitud de los ahorros existentes depositados en ella para elevar el nivel de su tasa de beneficios. Y, por lo mismo, se entiende que el rol del Banco Central, ser prestamista de última instancia de la Banca Privada, evidencia con nitidez a quién sirve y pertenece esta institucionalidad. Indicio de que el poder prestar por encima del ahorro existente, inflación de créditos, está permitido y quién lo haga está protegido.

     Véase, en lo descrito, una armazón estructural que presupone que el negocio cambiario está fuera de la injerencia de la Banca privada; y también que ella, como Banca nacional, no apertura créditos en dólares como préstamos internos, no impulsa la presencia del dólar norteamericano en la cadena interior de pagos y no intensifica la demanda de divisas a un mayor nivel a los requerimientos del comercio exterior. Una estructura bancaria así organizada no tiene un interés explícito en la devaluación de la moneda, pero si lo posee una organización bancaria ligada al negocio cambiario. La dolarización informal se presentó como si fuese un fenómeno natural, independiente de la voluntad humana, cuando, en rigor, obedeció a la decisión deliberada de la Banca de ampliar su mercado cambiario; ésta, primero, minimizó la relación entre los créditos y depósitos en sucres, segundo, maximizó la relación entre los créditos y depósitos en dólares, tercero, entregó sucres por los préstamos otorgados con dólares que nunca tuvo, cuarto, evidenció la fuerza de esta  conducta al lograr que sus créditos en dólares fueran superiores a sus depósitos en dólares y, quinto, con acreencias en dólares y obligaciones en sucres desarrolló, como si fuera parte del sector exportador, un amplio interés en la inflación de moneda a través de la devaluación de la moneda. Los préstamos se devuelven, los ingresos por devaluaciones no.

     No es difícil describir, sobre esta base, la formación abrupta del latrocinio financiero de mediados y fines del siglo XX, como el ataque de la Banca a la población, violencia ejercida por ella desde y a través de la moneda y luego por agresión a la propia moneda, aquí todo se junta.

     Imaginemos.

     Primero, la Banca funciona bajo el sistema de reserva fraccionaria. Segundo, ha desarrollado créditos muy por encima del ahorro captado de sus clientes por lo cual su nivel de encaje es mínimo, casi simbólico. Tercero, parte de estos créditos los ha concedido a sus mismos accionistas. Cuarto, que las inversiones financiadas con estos créditos fallan en magnitudes importantes pero variadas. Quinto, que, por lo anterior, se le dificulta a la Banca el reponer a tiempo los fondos que sustentan esos préstamos y tomados de su sistema de depósitos a la vista. Sexto, que el Banco Central empieza a emitir moneda para concederle los préstamos que le permitan sortear su insolvente iliquidez. Séptimo, que, precavidamente, ella ha venido concediendo préstamos en dólares entregando sucres a sus clientes y cobrándoles por el cambio de moneda. Octavo, que sus acreencias en dólares alcanzan proporciones variadas, unas muy significativas, respecto a sus obligaciones en moneda nacional. Y, noveno, que usa los préstamos concedidos por el Banco Central bajo la forma de emisiones de moneda para intensificar la demanda interna de dólares y estimular, aún más, alzas en el tipo de cambio.

    Tampoco es complicado percibir la ventaja de devolver en dólares, y a S/. 25.000 por $, depósitos captados en sucres cuando el tipo de cambio era, por ejemplo, de S/. 3.000 por $. Esto si a la vez se reciben pagos en dólares, a un tipo de cambio de S/. 25.000 por $, por créditos concedidos en dólares, pero entregados en sucres, cuando el tipo de cambio era, por ejemplo, también de S/. 3.000 por dólar.

     Obsérvese, a partir de estas condiciones, que la Banca privada organizó la dolarización informal para extinguir su insolvencia y licuar su iliquidez. El rol de la Banca Central de ser su prestamista de última instancia era, por sí sólo insuficiente, gestaba préstamos impagables de cara a la presencia de créditos vinculados fallidos. Sin dolarización informal la sola inflación del tipo de cambio no le habría servido. Al tener créditos en dólares mayores a los depósitos en dólares, el alza del dólar le generó una corriente creciente de liquidez en moneda nacional para sustentar sus depósitos en sucres hasta que la capacidad de pagos de sus clientes colapsó y con él el sistema de pagos. Los fondos a la vista no podían ser devueltos; el feriado bancario reveló el problema.

      El alza del tipo de cambio topó sus límites cuando, por ejemplo, los clientes tuvieron que elegir entre comer o pagar la hipoteca, por deber en dólares y ganar en sucres. La expansión de la morosidad de los clientes en forma paralela a la desvalorización de la moneda anunciaba el límite en formación. El asesinato del sucre, a un tipo de cambio de S/. 25.000 por $, sólo evidenció que la utilidad para la Banca de la inflación de moneda expresada como depreciación del sucre había concluido; la hiperinflación, el fantasma escogido para fundamentar la dolarización oficial, nunca fue una amenaza real, simplemente, no era útil como práctica del Banco Central ante la certeza de que elevaría aún más la morosidad de pago de los créditos bancarios firmados en dólares.

     La organización, por sí misma, de su salvataje no fue suficiente para toda la Banca; su vulnerabilidad era diferenciable. Mayor exposición a los créditos vinculados de unos bancos respecto de otros, distintas magnitudes excedentarias de los préstamos concedidos en dólares con relación a los depósitos captados o convertidos a dólares, diferenciados poder de mercado, y, además, con deudores que tenían desiguales grados de solvencia o de resistencia a las alzas de los tipos de cambio, explican las diversas sensibilidades a la quiebra entre los Bancos. Sobre este trasfondo de ladronería financiera, que no fue suficiente para salvar a toda la Banca, emergió lo que se declaró como Banca sana al arribar el siglo XXI.

     Hasta aquí nuestra descripción.

     La dolarización oficial, o, lo que es igual, la destrucción de la dolarización informal, no arrebató a los farsantes la máquina de imprimir papel moneda. Se podría fantasear de que el no adoptar el esquema de convertibilidad propuesto a fines de 1996 por el ex-presidente Bucaram, a S/. 4.000 por $, su derrocamiento posterior, la explosión cambiaria que siguió y el asesinato del sucre a un tipo de cambio de S/. 25.000 por $, están claramente vinculados. Fijar el tipo de cambio dañaba el negocio cambiario. Además, S/. 4.000 por $ no era el tipo de cambio que la Banca requería para sanar a costa de sus clientes; por tanto, alcanzar el precio del dólar requerido demandaba tiempo para gestar la explosión cambiaria a su favor; la culminó en enero de 2.000, 3 años después.

    La diferencia entre S/. 25.000 por dólar y S/. 4.000 por dólar no es poca. Dice mucho acerca del proceso que la formó. Expresa que era imposible que la máquina de impresión de papel moneda hubiese sido desechada a la cotización de S/. 4.000 por dólar norteamericano. Por eso, cuando lo fue, y a S/. 25.000 por dólar, se la descartó después de usarla al máximo posible, una vez agotado por completo su valor de uso. En un juego de suma cero la transferencia de riqueza bordeó los 9.000 millones de dólares, aseveró la extinta Agencia de Garantía de depósitos, AGD.

     Ciertamente nunca fue imprescindible atacar a la moneda nacional. Con sólo ejercer violencia desde ella elevando su tipo de cambio, eliminar la dolarización informal, no sin recalcular en sucres las deudas en dólares al nuevo tipo de cambio, penalizar en lo sucesivo las inflaciones de moneda y declarar fija una nueva cotización del dólar, era suficiente para que la Banca privada hubiese alcanzado el mismo objetivo, volverse sana. La diferencia consiste en que esta Banca sana habría emergido nuevamente como Banca ecuatoriana, obligada a trabajar en moneda nacional, como antes; pero no, de haberlo hecho no habría formado la posibilidad de captar y gestionar la reserva monetaria internacional, un beneficio adicional. No es poco mirarse como Banca norteamericana por el sólo hecho de trabajar con la moneda nacional de ese país, pero con las reglas que emite el Estado nacional que ella misma gobierna; formar la Banca sana que oficialmente labora con la moneda nacional de otros fue la obra cumbre de la Partidocracia, cobertura de la Bancocracia, se asesinó al sucre por eso.

    Los años 90 del siglo XX, podría decirse, configuraron un pequeño rosario de sucesos formadores de iliquidez y de sólidas premoniciones respecto a su desenlace, al modo de una muerte anunciada, particularmente, para los dirigentes de la Banca y clientes del sistema financiero bien informados.  Hablamos de acontecimientos creadores de una iliquidez que se agregó a la naturaleza ilíquida del desempeño de la Banca como sistema de reserva fraccionaria: guerra del Cenepa, fenómeno del niño, descenso de los precios del crudo, problemas financieros en México, Asia, Brasil y Rusia, salida de capitales y restricciones para tomar más endeudamiento externo; eventos escalonados que, entre 1.994 y 1.998, incorporaron la quiebra no simultánea de 4 bancos y de 7 instituciones financieras, un aviso del futuro. Así se puede percibir que tales quiebras, envueltas en un contexto generador de una iliquidez en desarrollo, configuró, y cada vez con mayor nitidez, la principal dificultad que debió afrontar la dirigencia de la Banca aún con vida. ¿Cómo salvar de la iliquidez e insolvencia a un armazón institucional que, básicamente, funciona con iliquidez y, por lo antes referido, bajo un riesgo sistémico de insolvencia? La Banca hoy sana evidenció la eficacia de la respuesta obtenida por usar el Estado nacional para alcanzarla, capacidad plasmada en la transitoria No 42 que ella incorporó al texto constitucional mediante la Asamblea Constitucional de 1998, la dolarización informal, ya en curso, hizo el resto.

     La Banca no cambió su cuerpo, siguió basada en el sistema de reserva fraccionaria, pero mudó de piel, dejó el sucre por el dólar. Tal desenlace significa que la dirigencia bancaria hizo algo mágico. Licuó su iliquidez e insolvencia para seguir siendo ilíquida y continuar cosechando beneficios de esa iliquidez, labor de los últimos 20 años. Y, sobre todo, reveló su capacidad para colocar la economía en la dirección de satisfacer sus requerimientos de liquidez y de solvencia, los costes sociales de ello no importaron. La Banca sana, y de cara al siglo XXI, nació con ese legado, la de una Banca-Estado, un Estado bajo su total gobernanza, un control sujeto a límites y riesgos que, al igual que antes, le fue y será imposible controlar: nuevos fenómenos de El Niño y descensos de los precios del petróleo, ejemplificamos. SARS COV 2 no es más que una cereza que adorna un nuevo cóctel hecho de crisis.

     Por lo mismo, al no cambiar de cuerpo, nadie lo hace, la Banca, ahora sana, los cuerpos se curan, sigue atada a su funcionamiento anclado al sistema de reserva fraccionaria, y, además, al de la nueva piel que ostenta, la de Banca dolarizada. Y como su nueva tez no influye en su rol corporal ella volvió a prestar por encima del nivel de ahorro existente depositado en ella y, como su resultante, reapareció la necesidad de requerir un prestamista de última instancia, demanda a satisfacer sin que le sea preciso retornar a su anterior pellejo, el de Banca nacional. A mayor reducción de su encaje la exigencia de mudar de dermis regresa. Por esto, y en la primera década del actual siglo, forjó una red de seguridad financiera para guardarse como Banca de reserva fraccionaria y dolarizada; un saludo a la bandera si esta red enfrentase riesgos sistémicos generados por sucesos que ninguna Banca podría controlar, recurso de limitado alcance por ser un fondo configurado con los depósitos de sus mismos clientes y/o con partes de sus beneficios; la Reserva Federal y el Banco Central del país, obviamente, están al margen de esto, no aportan ni un solo dólar a esta red.

     Pero prestar, aún cuando sea por encima del nivel de los ahorros existentes, no significa producir divisas. Por tanto, la expansión del negocio bancario va atada al aumento anual de la cantidad de dinero en circulación que ella centraliza pero que no genera; lo hace sí el aparato productivo y/o la conducta de los otros lazos que forman el balance de pagos. Esto si ellos logran, como su resultante, sumar cada año nueva liquidez que se agregará a los aportes de los años anteriores. Sólo así la Banca centralizaría cantidades cada vez mayores de poder adquisitivo y podría devenir como comercio en expansión. Esto define para la Banca un primer interés por el superávit exportador y otros por excedentes en el balance de pagos; demanda que, pese a serle vital, no parece conducirla. En dos décadas con su nueva piel, 2.000-2.019, el balance referido a la economía nacional sólo exhibe un superávit importador. El excedente exportador formado en la primera década fue engullido en la segunda; y 2020 será el sexto año consecutivo en el que el valor anual de las exportaciones del país no superará el nivel obtenido en 2.014, año del mayor valor exportado en toda la década; el estancamiento exportador es ostensible, por ahora una vía que sigue clausurada.

     La incompatibilidad de esta situación es manifiesta si su objetivo como Banca dolarizada es crecer y, por lo mismo, formar, de modo creciente, deudas, deudores y beneficios, usando al máximo posible el hecho de funcionar como sistema de reserva fraccionaria. Más aún la cuestión es irreconciliable si el superávit importador es la resultante, consciente o no, de lo que aún se proclama como grandes inversiones estatales. El concepto de inversión, gasto que retorna incrementado, es inconciliable con una situación de penuria fiscal forjada luego de grandes inversiones públicas, síntoma de que se mintió, de que se contrataron deudas y no créditos. El déficit fiscal anual, sea poco o mucho, es irrelevante cuando se adquieren préstamos externos para gestar excedentes de exportación por crear ofertas exportables provistas de suficientes mercados externos y/o por reducir gastos en importaciones y formar, justamente por ello, ahorros internos suficientes para pagar los créditos adquiridos y, simultáneamente, agregar liquidez a la circulación interior. Esto es lo que define un mal déficit fiscal; aquél que una vez formado se vuelve insostenible y debe abolirse mediante la reducción, abrupta o gradual, de la demanda interna que al principio hizo crecer.

     Lo referido configura escenarios, y revela el contexto que existe, y desde el cual se procura hoy conservar la muerte de la moneda nacional. Primero, no hay una banca que centralice recursos para desarrollar, exclusivamente, las exportaciones del país y tampoco hay un Estado que cree y financie déficits fiscales con créditos externos que tengan el objetivo de crear ofertas y mercados de exportación. Segundo, tampoco hay un Estado que, por tomar créditos externos y con el sentido ya referido, neutralice la proclividad de la Banca del país a centralizar recursos sin impulsar la formación de superávits anuales de exportación. Y, tercero, lo que si hay es un Estado que toma préstamos externos y una Banca que centraliza recursos sin contribuir ambos a que se formen excedentes de exportación. Véase, a este respecto, que Banca y Estado significan lo mismo. Y aquí no importa quién imponga al otro el sesgo antiexportador, lo que es peor si no se dispone de moneda nacional; además, la preferencia de ecuatorianos para no invertir en el país presupone lo mismo. Entre 2000 y 2019 se depositaron en el exterior $ 23.726,40 millones de dólares, $ 1.613,40 lo fueron entre 2.000-2.009 y $ 22.113, 0 millones lo fueron entre 2.010-2.019. Resaltamos esta circunstancia por cuanto las otras conductas que se revelan en el balance de pagos, incluidas las muy importantes contribuciones de los migrantes, dejan ver lo central de la situación que lo expuesto perfila; son prácticas que expresan flujos distintos del comercio exterior pero que se compensan entre sí.

      Por esto y ante la total ausencia de excedentes de exportación, es la deuda externa, pública y privada, mucho más la pública que la privada, la que, primero, alimenta anualmente la  circulación de dólares en el interior, segundo, y, por lo mismo, es la que nutre la capacidad centralizadora de  divisas de la Banca privada, tercero, y a consecuencia de lo anterior, es la que le permite ejercitar su musculatura de reserva fraccionaria, y, cuarto, es la deuda externa la que sustenta hoy la creciente salida de capitales que el impuesto al egreso de divisas no contiene pero si legitima.

     Sin excedentes de exportación, con fuga de capitales y con deudas externas a interés, públicas y privadas, por devolver, la dolarización en Ecuador, no en EE. UU, tiene la suerte echada; está en la sala de terapia intensiva, su doctor es el FMI y su enfermero, el Gobierno nacional. La Banca y su Estado sienten los límites y los resisten. Para él desendeudarse es un imperativo; para ella lo es conservar su dolarizada piel y su organización basada en el sistema de reserva fraccionaria. Así la contracción de la demanda interna, lo previsible como proceso de abolición del déficit fiscal formador de deudas, en el contexto descrito, achica la liquidez que circula en el interior y coloca límites a la expansión del negocio bancario. Reducir el encaje o, lo que es igual, acentuar su nivel de iliquidez, para “compensar” la efectiva reducción de la cantidad de dólares en circulación resultaría, no sólo peligroso, sino también un despropósito; lo sería por cuanto bajo un sistema de reserva fraccionaria los fondos a la vista pueden crecer, lo reiteramos, no sólo por su captación efectiva, también por otorgar préstamos bancarios que no tienen ningún depósito ni el ahorro de nadie de respaldo, pese a lo cual se suman a los fondos a la vista, recursos éstos que son exigibles en todo momento, parcial o totalmente, en moneda física; más depósitos a la vista sin más depósitos a la vista.   

     Así, y por lo que se ve, la cantidad de moneda física es menor a la magnitud de los depósitos que ella respalda y que son exigibles en ella; por tanto, la probabilidad de retiro masivos configura su mayor riesgo, peligro que se eleva mientras más alta sea la cifra de préstamos que cubran su demanda de moneda física con fondos a la vista y no con ahorros. Multiplicar los créditos no es agrandar el efectivo que los respalden, he ahí el dilema. Además, sin moneda nacional, la Banca no puede volver a tener lo que le dio la dolarización informal y la muerte del sucre.

   Procuramos configurar aquí la situación que deja entrever, a la gerencia bancaria, un curso objetivo de acción para expandir sus beneficios, sin mudar de cuerpo, de prácticas crediticias y de piel, y esto aún cuando disminuya la cantidad de dólares en circulación por causa de desendeudamiento externo y/o fuga de capitales.

    Así, el escenario a futuro, su plato a la carta, nombra una desdolarización encubierta; y aquí otra disgresión teórica que ayuda a explicar el contenido de esta receta.

     Marx, al referirse a la segunda función del dinero, la de medio de circulación, enfatiza mucho en su incesante aparecer y desaparecer, expresión física de su movimiento, persistente cambio de manos para que las mercancías circulen; por tanto, su presencia física es permanentemente fugaz o transitoria al ser inmediatamente sustituida por la mercancía que con él se compra y ella es lo que queda. Y, por esto, por tratarse de una existencia que lo impulsa a llegar para irse a otro lado, no es imprescindible que el dinero aparezca en la circulación con su cuerpo de metal en persona, será suficiente un signo que lo represente, es menos costoso; así se convertirá, siempre, y en la cabeza de la gente, en un nombre asociado a una cantidad, por ejemplo, 40 yuanes, 20 dólares, 100 sucres. Su cuerpo de oro, simplemente, dejó de ser necesario para vivir en persona su existencia funcional en la circulación de mercancías. Y bastará con que un signo de sí, reemplazable por otros signos, haga circular las mercancías, esto si la gente reconoce poder adquisitivo al signo que lo representa y a su portador. Dame tu tarjeta de débito o de crédito, ordenará el vendedor al comprador; toma el cheque que acabo de girar a tu nombre o verifica en tu cuenta el depósito que acabo de hacerte, ordenará el comprador al vendedor. No hay presencia física del dinero ni de su signo, pero efectivamente hay pagos; otras existencias físicas lo reemplazan. 

    El cheque, más antiguo que la transferencia electrónica, lo más actual, aluden a lo mismo, a transacciones sin la efectiva presencia física del signo de dinero, el santo grial de la Banca, su más viejo objetivo. Ir a un Banco cualquiera y depositar, por caso, 1.000 dólares, es recibir a cambio un registro de esa operación, en su cuenta de ahorro o en su estado de cuenta. A partir de ahí no será imprescindible que la cantidad depositada vuelva a las manos de su tenedor para comprar. Su movimiento circulatorio se expresará como transferencia entre cuentas dentro de los balances bancarios y no circulará más de forma independiente de ella, a menos que los clientes retiren sus depósitos.

    La Banca entiende, perfectamente, este carácter de la función circulatoria del dinero, se rige por ella. Y sabe, también perfectamente, que la capacidad de control y orientación social que posee, brota, para ella, primero, del rol centralizador de dinero que la sociedad le permite ejercer y, segundo, por su capacidad para decidir en que se lo invertirá y a quiénes los prestará. Aquí el álgebra combinatoria es muy amplia, podría, por caso, no prestar al sector de la economía popular y solidaria, ejemplificamos. No es todo. Por su cuerpo de reserva fraccionaria puede, con demanda suficiente, crear préstamos por encima del total de depósitos efectivamente captados. Pero, distingamos entre diferentes situaciones posibles. Uno, prestar hasta el nivel de ahorro captado sin comprometer ni un ápice los fondos a la vista obtenidos. Dos, prestar por encima del nivel de ahorro recibido, pero por debajo de los fondos a la vista efectivamente depositados. Y, otorgar préstamos por un nivel mayor a los depósitos totales entregados por los clientes.

      La Banca enteramente sana estará referida a la primera situación. Bajo ella le es totalmente innecesario disponer de un prestamista de última instancia. No así con las otras dos que si lo requieren; más la tercera que la segunda puesto que sería la Banca más enferma, su encaje sería menor. El problema con la Banca sana es que el número de deudas y deudores, y por ende de beneficios, sería menor, de ahí la proclividad de la Banca a vivir enferma. Por tanto, de lo que se trata aquí es de que la Banca procura una cura o, más exactamente, poder vivir bien pese a su enfermedad para tener, al máximo posible, más deudas, deudores y beneficios y sin tener que ir a la sepultura.

      Aquí se advierten 2 riesgos. Uno que los créditos fallen y/o que los depositantes anticipadamente lleguen a las ventanillas por sus fondos, no importa los motivos de una u otra acción, simplemente basta que se den. De ahí la corrida de depósitos, el papel del Banco Central al formar inflación de moneda y las huidas hacia el dólar, de ahí la dolarización informal y el otorgamiento de créditos en dólares por encima de los depósitos en dólares. Ahora bien, la inexistencia de moneda nacional, no cambia para la Banca esas tres situaciones posibles. El concepto de reserva fraccionaria aleja para la Banca toda situación de Banca sana, lo que no quiere decir que desaparezca su obsesión por la salud. La Banca está sólida, suelen decir siempre.

     Pero, con o sin moneda nacional, los créditos pueden fallar, lo harán por ser excesivos y, sin moneda nacional, la red de seguridad financiera propia, dependiendo de la amplitud de las fallas de los créditos, podría no resultar suficiente y los depositantes a la vista empezarían a no encontrar sus depósitos. El feriado bancario no modifica esta situación, la vuelve visible. Ir a las ventanillas de los Bancos y no encontrar los depósitos de uno es igual a no poder ir a retirarlos. Bajo una situación así el poder vender las garantías de los créditos para cubrir depósitos tiene sus propios tiempos, mayores, y por ello incompatibles con los tiempos de permanencia de los fondos a la vista. Sin Banca Central, y con una red de seguridad financiera insuficiente, el feriado bancario sería irreversible y temporalmente más extenso.

     Vista así la cuestión, el cuello de la botella se vuelve visible. Si nadie puede, físicamente, retirar los depósitos que tiene o recibe, primero, no sería necesaria ninguna red de seguridad financiera propia, segundo, tampoco haría falta que existiese el rol del Banco Central como prestamista de última instancia, tercero, habría el tiempo suficiente para ejecutar las garantías sobre los créditos fallidos, y, cuarto, lo medular, la circulación del dinero no se detendría. Las quiebras no impedirían que los Bancos continúen haciendo transferencias entre las cuentas de sus clientes o con los clientes de otros bancos. Como se ve, la eliminación de la circulación del dinero en efectivo sana a la Banca con el sistema de reserva fraccionaria, es como si ella funcionara con un encaje bancario del 100% sobre los fondos a la vista y tuviese el tiempo suficiente para respaldar, con la ejecución de las garantías sobre sus créditos, el 100% de sus depósitos de ahorros. La economía podrá entrar en crisis, más intensamente o no, más tiempo o no, pero ella seguiría sana, sus beneficios no mermarían, crecerían incluso con las quiebras de sus clientes.

     Adviértase el sentido de tener un grupo de la sociedad que pueda lucrar, inclusive, con las crisis de la producción social, sea o no impulsada por el mismo, como lo hicieron en 1.999.

     ¿Por qué forjar y conservar un grupo social con ese poder? ¿Por qué formar un riesgo así? ¿Ha desaparecido el yugo esclavizante de los farsantes?

     En el marco de una contracción de la liquidez interior, la eliminación de la circulación física del dinero en efectivo le sería a la Banca imprescindible. Y lo sería no porque con ella pueda reunir o concentrar una liquidez mayor por anexar la que aún circule al margen de los depósitos bancarios, lo sería porque la condición de Banca sana, así reconfigurada, se estructuraría como expresión de su propia inmortalidad institucional, igual a la indestructibilidad del dinero en la circulación de mercancías; resguarda el sistema de pagos y excluye sus quiebras, a menos que la gente deje a un banco y vaya a otros. 

     Una cuestión adicional.

     La eliminación de la circulación física del dinero, en el contexto descrito, tiene para la Banca que infla sus créditos mucho más sentido sin moneda nacional que con ella. Con o sin moneda nacional, la inflación de créditos es, en sí misma, emisión de moneda en curso, esto porque son créditos que crean depósitos y no préstamos que transfieran depósitos captados. En ambos casos, al no haber circulación de dinero en efectivo, la Banca privada asume la función de emitir. El asiento contable sustituye a la máquina de imprimir papel moneda. La inflación de créditos desvalorizaría la moneda nacional y, potencialmente, la devaluaría, sin moneda nacional ello no es visible ni posible. Si la moneda que circula en el interior ejerce al mismo tiempo el rol de dinero mundial no podrá tener un tipo de cambio con respecto a sí misma, si variará su poder adquisitivo en el interior, justo lo que los cambios de productividad y las inflaciones de moneda hacen y hasta ahí, no habría estampidas de sus clientes hacia otras monedas nacionales. Con moneda nacional el hecho de su centralización, con o sin la circulación del dinero en efectivo, no le otorga a la Banca ninguna capacidad para actuar en el exterior puesto que la RMI estaría en manos del Banco Central. Pero si suma divisas ello sí le da un campo de acción que la centralización de la moneda nacional no le brinda, podría, por ejemplo, aparecer como Banca internacional ante su propio gobierno, acreditándole préstamos en dólares para gastos en el interior, que los volverá a centralizar y así hasta el infinito o podría operar e invertir en Wall Street de forma directa.

     Sería muy inusual imaginar que, al menos, parte de la deuda pública externa del país no sea otra cosa que la resultante de la circulación exterior que la Banca privada haga con las divisas que ella centraliza desde la circulación interior; sería mutar parte de la RMI en deuda pública externa y hacer de la circulación del dólar en el Ecuador, gracias al déficit fiscal, una fuente de creación de intereses para ella por ser Banca dolarizada. Así la sola circulación del dólar devendría como deuda pública externa creciente; a partir de esto, el ritmo para sumar deudas dependería de la rapidez con que la Banca privada pueda volver a centralizar los dólares provenientes del gasto público para volvérselos a prestar al Estado; cada ciclo de centralización agregaría deuda externa.

      De esta forma su piel de Banca dolarizada protegería su cuerpo de reserva fraccionaria; es lo que toda piel hace. La dolarización, junto a la inexistencia de la circulación del dinero en efectivo, haría de la deuda pública externa su mayor fuente de solvencia como Banca cuasi inmortal; y su cuerpo de reserva fraccionaria, a diferencia del pasado, ya no la pondría en peligro. Bajo este prisma es propietaria del Estado y de su política económica. La dolarización, la capacidad centralizadora del dinero que circula, la extensión de la no circulación del dinero físico y el déficit fiscal serían las fuentes que sustentan su condición de Banca Estado, las crisis ya no le afectarían. Sería sólida en ella. Habría logrado cobrar intereses a la circulación del dinero, tributo de toda la sociedad ante ella, y alcanzaría su independencia del ciclo económico; aún en las crisis hay dinero que circula.

     No afirmamos nada, son conjeturas plausibles; el yugo esclavizante de los farsantes sólo se habría reelaborado.

      Una cosa es absolutamente cierta.

     Para que parte de estas cosas pasen o, para que tengan la probabilidad de emerger, sólo se requiere, primero, que no exista moneda nacional en circulación, realidad gestada desde Enero del 2000, segundo, que la centralización de las divisas que circulan en el interior, por parte de la banca privada, esté muy extendida, algo visible en la información que suministra la Asociación de Bancos Privados y, tercero, que esté muy diseminada en el país la no circulación del dinero físico, algo que los pagos por redes y las compras con tarjetas de débito y crédito tipifican bien.

     Entonces, ¿Qué falta para completar los ingredientes de esta receta? Simple. Primero, que la aplicación para la circulación del dinero en formato electrónico esté en manos de la Banca privada, lo que ya se hizo, mecanismo a usar para completar la centralización de los dólares en circulación aún en manos del público. Y, segundo, lo que aún no se hace, que se prohíba aceptar pagos con dinero físico para obligar a su canje. Nótese que esto es impedir la circulación del dólar en el Ecuador. Así el fondo de moneda se duplica; el pan, la moneda nacional en formato electrónico para el interior, y los peces, el dólar en persona para el exterior, como antes y, sin embargo, como ahora.

     Imagínense el significado de esto.

      El negocio bancario, por centralizar recursos, es el único emprendimiento que puede manejar fondos muy por encima de sus propias inversiones, ningún otro despacho disfruta de esta cualidad; una enorme ventaja para acumular. Y, como si esto no fuera mucho, agréguesele a la Banca privada el estatuto de Banca de emisión. No otra cosa significaría para ella el veto a pagar con dinero físico, premisa de la obligada circulación del dólar en formato digital para el interior. La Banca Central, por lo general, es independiente de la Banca privada, pero como evidencia el caso de la Reserva Federal tal separación no es imprescindible, la institucionalidad de la circulación del dinero no la obstruye o dificulta. Claro que, por más que parezca devenir como la FED, la Banca local se distinguirá de ella. Aunque centralice dólares para actuar en el mercado mundial jamás emitirá dólares para gastar en el mundo, pero ello no es poco poder. Para bien, o para mal, todo el mundo, aquí, quedaría en sus manos; la realidad productiva, sea la que sea, emergerá desde ella, el capital financiero dirige, gobierna al capital productivo.

     Ahora bien, si la abolición de la circulación del dinero físico, a lograr sin que la Banca cambie de piel y de cuerpo, es el núcleo de la primera receta de desdolarización que el Chef puede preparar, desdolarización encubierta hemos dicho, la raíz de la segunda fórmula es la ablación de la piel dolarizada de la Banca privada del país y, a la vez, la extirpación de su cuerpo de reserva fraccionaria. Premisas que no implican, simplemente, retornar al pasado puesto que exigen sujetar a ellas tanto la desaparición de la circulación del dinero físico como la recuperación de la moneda nacional con el fin de empezar a reducir, y luego eliminar, la deuda externa pública; el rol de esta prescripción, en un proceso así, es amplio.

   Hablamos, y en general, desde una tenencia futura de moneda nacional sujeta a una política de defensa de su calidad, centro de gravedad de toda protección de los derechos de propiedad. Lo antes referido explica su por qué. La extirpación de la piel dolarizada de la Banca y la extinción de su cuerpo de reserva fraccionaria van en esa dirección. Por tanto, y a partir de esto, postulamos una práctica que resguarde todo nuevo numerario nacional en circulación, lo que supone formar una gestión de la moneda nacional que articule, en primer lugar, las ventajas económicas y políticas de recuperarla con el provecho que parece brotar de la experiencia de 20 años de no tenerla y, en segundo lugar, que, por lo anterior, se deseche todo coste de no disponer de moneda nacional y se elimine toda mala gestión que sea posible por el sólo hecho de volverla a tener; describiremos los pasos a seguir y los explicaremos.

     Distinguiremos 4 conjuntos de decisiones enmarcados, cada uno, en un grupo de iniciativas específicas que los describen, definen y diferencian. 4 grupos que significan y escenifican, a la vez, un conjunto de acuerdos sociales y resoluciones políticas dirigidas a forjar nuevas prácticas institucionales para gestionar la moneda y la Banca con fines de un mejor desarrollo productivo. Y 4 tramos cuya presentación aquí, uno a continuación del otro, no supone necesariamente una sucesión temporal forzosa entre ellos.

    Adviértase, en lo que se propondrá, lo complejo, laborioso y la amplia participación que supone el ganar independencia ante la Banca para subordinarla al capital productivo, a la política económica y al conjunto de la población.

       En general puede sostenerse, y con respecto al primer grupo de condiciones, sólo vigentes una vez que se recupere la moneda nacional, que nadie tiene el derecho o una patente de corso para atentar, por el sólo hecho de ser empresario o autoridad pública, contra el patrimonio de los demás a través del sistema de precios. Y, por esto, las decisiones por referir apuntan a lograr que el tipo de cambio permanezca fijo, de ahí la necesidad de que existan acuerdos políticos en esa dirección del conjunto de la sociedad; las cláusulas serían las que siguen.

    Primero, se dispone que toda empresa, estatal o no, que participe en el comercio exterior o, que en general, requiera canjear moneda nacional por divisas, presentará ante el Banco Central su balanza comercial. Segundo, se decide que todos los sectores productivos con superávits de exportación o con balanza comercial equilibrada tendrán acceso a las divisas que demande su gestión. Tercero, y respecto a las empresas con déficit de balanza comercial, se deberá discriminar sus actividades económicas respecto a lo esencial de las mismas para diferenciar su probabilidad de acceso a las divisas que requieran pero que no producen. Cuarto, el Banco Central dirigirá, respecto a este último grupo de empresas, un programa para reducir y/o abolir sus déficits de balanza comercial, incluido en él un sistema que coadyuve a gestar una quiebra organizada de parte de éstas para reasignar mejor los recursos de la sociedad. Quinto, aprobar que la actividad empresarial del Estado y su política de inversiones se sujetará a crear excedentes de exportación y/o a reducir superávits de importación, demanda que se extenderá a toda celebración de acuerdos comerciales. Sexto, se prohíbe a la Banca inflar sus créditos y se le asigna un plazo para ajustar sus niveles de crédito al límite de los ahorros captados. Séptimo, se anuncia que no existirá emisión de deuda pública interna si ella no forma en el interior los activos productivos que la respalden. Y, octavo, en general, se plantea que la prioridad es importas para exportar, y que las excepciones se tipificarán, regularán y fundamentarán ya que se asume como política que la nueva moneda nacional no se devaluará.    

     Obsérvese lo propuesto como un primer grupo de consensos orientados todos a recrear, como su resultante, las ventajas de desarrollar la producción y los intercambios sin tipo de cambio, sin mercado cambiario y sin devaluación de la moneda, tal como si los empresarios del país estuviesen radicados en EE. UU, ficción que la dolarización hizo realidad.

    El segundo grupo de acuerdos tiene que ver con la imperiosa necesidad de iniciar el desendeudamiento externo del país y el tercer grupo de decisiones, vinculadas a él, apuntan a garantizar que su resultante, el endeudamiento externo cero, en el fondo otra forma de defender la calidad de la moneda nacional, se produzca, permanezca y afiance.

  Ciertamente, la dolarización elimina la inflación de moneda, aquí pero no en EE. UU. Además, y por diferentes razones, no extirpa, ni aquí ni allá, la inflación de deuda externa. En EE. UU, ello obedece a la función del dólar como dinero mundial que el dilema de Triffin concibe como un irreversible proceso hacia su insolvencia como nación. Acá, en Ecuador, apunta a igual desenlace, pero como resultado de la hasta hoy evidente incapacidad de la producción social del país para formar excedentes de exportación que alimenten con divisas los canales de la circulación interior. Sin embargo, hay una diferencia crucial. EE. UU, por su rol de abastecedor de moneda en el mercado mundial no puede ni requiere desendeudarse. Nosotros en cambio si necesitamos hacerlo, ello está a la vista, y lo que se propone, como un segundo grupo de acuerdos, es lo que sigue:

     Primero, se incorpora a la Constitución vigente que el nuevo sucre será la moneda nacional. Segundo, se decide que el tipo de cambio con el dólar será de uno a uno. Tercero, se acepta que existirá un período de transición en que circularán ambas monedas hasta que se reconstituya en el Banco Central, y a plenitud, la RMI. Cuarto, se dispone que la Banca privada canjee en el Banco Central por la nueva moneda nacional la totalidad de dólares centralizados por ella. Quinto, se asigna un plazo para que, con tal fin, la Banca retorne al país los dólares centralizados por ella y que haya colocado en el exterior. Sexto, se manda que los balances bancarios se expresen en la nueva moneda nacional. Séptimo, se ordena que todo retiro de dinero en efectivo se lo hará en la nueva moneda nacional. Octavo, se determina que los dólares en manos del público, y no depositados en la Banca Privada, se canjearán directamente en el Banco Central. Noveno, se establece que el Banco central entregue la nueva moneda por los dólares de las exportaciones y por todas las operaciones que signifiquen ingresos de divisas al país. Décimo, se estructura un comité de renegociación para la reducción de deuda externa con apoyo de Universidades del exterior que tengan ese tipo de experticia y con logros reconocidos en ese campo. Décimo primero, se usará la RMI así recuperada para efectuar dicha renegociación, reperfilar su deuda externa, desendeudar al Estado a plazos definidos, potenciar su gasto interno y abandonar al FMI. Y, décimo segundo, se procurará retornar capitales, a través del sistema de alianzas público-privadas, para impulsar negocios de exportación, ampliar la capacidad de desendeudar al país en la coyuntura y crear empleos y crecimiento.

    Claramente, este segundo grupo de acuerdos evidencia que el desendeudamiento externo del país está ligado inexorablemente a su desdolarización y, obviamente, a la necesidad de no continuar pagando intereses por conservar, por la vía de un mayor endeudamiento externo, la circulación del dólar en el Ecuador, hipótesis sugerida aquí. No hay endeudamiento sin límites y costes.  Explicamos esto.

     Usar en la circulación interior una moneda nacional que cumple el rol del oro a nivel mundial sólo tiene sentido si la moneda en cuestión es la moneda nacional de uno. Se puede decir que este numerario tiene un uso más extendido respecto a las monedas nacionales que no posean ese rol y también se puede decir que el nivel de liquidez interior no depende de que ejerza ese papel. Por tanto, la función del comercio exterior, teniendo moneda nacional, no es alimentar de dinero la circulación interior. Exportar para importar no supone esa tarea, se exporta para pagar lo que se importe. No hay ningún secreto en esto. Sólo la producción compra producción, sólo ella es fuente de poder adquisitivo, dentro o fuera de cada país. Bajo este prisma el excedente de exportación, parte esencial de la RMI, sirve para afrontar cambios de precios que mermen el poder adquisitivo de las exportaciones y/o para soportar las pérdidas de mercados externos que reduzcan los ingresos en divisas. A mayor magnitud de reservas, más tiempo de resistencia de cara a las condiciones adversas del mercado mundial. Esta y no otra es la razón para atesorar divisas, un seguro frente al azar de los mercados y precios, atesorar y desatesorar es la norma, la RMI refleja esto como magnitud variable. Endosarle al comercio exterior la tarea de abastecer de liquidez a la circulación interior eliminó a la RMI como concepto de ahorro y de protección frente a los azares del mercado mundial. La RMI ahora, y bajo la dolarización, es la fuente que abastece de dinero a la circulación interior. Al serle impuesta esta función perdió la otra, son roles excluyentes. A partir de esto los excedentes anuales de exportación obtenidos sólo sirven para sostener el nivel de producción alcanzado y para sumar nuevo crecimiento económico. Así se entiende que sin excedentes anuales de exportación o, peor aún, con reiterados déficits comerciales, arde troya, el decrecimiento es irremediable. Y también lo es por ser imposible remontar una crisis de liquidez recurriendo al expediente de elevar la velocidad de circulación del dinero. Hay una cronicidad insuperable determinada por la biología respecto a los tiempos para consumir, hay que saltar los almuerzos. Con moneda nacional se puede reducir la liquidez exterior sin que se disminuya la liquidez interior, se devalúa para ello. Con la dolarización ambas cosas van juntas y corren en la misma dirección, su efecto es automático.

     Ecuador, entre 2010 y 2019, no tuvo otro espejo. El superávit de importación expresa toda la década. Por esto, el país sumó erráticamente crecimiento económico y, sobre todo, agregó a manera de “compensación” nueva deuda externa pública. Al decidir no disponer de la RMI como concepto de ahorro y cobertura frente a los vaivenes del mercado mundial, el país se vió forzado a usar la tarjeta de crédito para sostener la dolarización y formar los nuevos e inestables crecimientos, especialmente, cuando cayeron las exportaciones. Así la necesidad no satisfecha de tener superávit comercial se trastocó en la generación de un superávit de endeudamiento externo, público y privado; así la cantidad de dinero en circulación interior se elevó, incluso, pese a la fuga de capitales. Endeudamiento externo factible y superávit de exportación imposible, es lo que define a esta década. El endeudamiento externo lo reemplazó, tomó su papel. Por tanto, sin superávit exportador lo que circula en el Ecuador es, primordialmente, su deuda externa pública, préstamos que finalmente han devenido todos como patrimonio privado. Por esto sostenemos que los depósitos bancarios, aquí o en el exterior, y todo el resto del numerario en manos del público y de otras instituciones que centralizan fondos representan, en verdad, la deuda de la nación, la cual ha pasado de las manos del Estado al público y, a través de él, a las instituciones que centralizan fondos.

    Fijémonos en lo interesante que es esto. Primero, reconozcamos que el dinero jamás se gasta, es inconsumible e indestructible, sólo cambia de manos; permanece para ser transferido grita la economía mercantil. Segundo, veamos que en dolarización la deuda externa pública se convirtió en otra forma de alimentar con dólares la circulación interior. Tercero, observemos que el Estado gasta su deuda de la misma manera que un minero usa el oro que extrae de las minas, su gasto introduce el oro a la circulación y el gasto público por endeudamiento externo incorpora dólares a la circulación interior, razón por la cual, pese a que el Estado gasta la deuda, la Nación no lo hace. Cuarto, mírese que, por este motivo, el circulante en el Ecuador aparece como dinero- deuda; dinero por la necesidad incesante de permanecer para poder ser transferido y hacer circular las mercancías, deuda porque se presta para   devolver. Quinto, percíbase que el conflicto de las relaciones sociales es patente, dinero y deuda se ven aquí de modo inconciliable, se precisa restituir lo que no se puede reembolsar por tener que permanecer, pagar es quedarse sin dinero en la circulación. Sexto, apréciese que es deuda para el gobierno, quién paga los intereses, y es dinero para el público que no necesita entregar intereses por portarlo y transferirlo. Séptimo, nótese que se trata de una deuda externa contratada para ser usada y no gastada. Octavo, percátese que por ser una deuda contratada para ser usada en la circulación interior no puede ser empleada como dinero en la circulación exterior. Y noveno, es preciso percibir que esta deuda puede gastarse en el exterior si, y sólo si, otro signo de dinero la reemplaza en el interior. Si una porción de arroz se usa como dinero, ejemplificamos, no podrá hacerse con esa misma porción arroz cocido. El uso monetario de un objeto excluye su empleo como valor de uso. Lo cual significa que reemplazar al dólar con un nuevo numerario en la circulación interior es recuperar la RMI como concepto de ahorro y, por tanto, en razón de desendeudamiento. Al dejar de usarse en el interior, el dólar podrá volverse a emplear en el exterior, la normalidad vuelve y, con ella, los costes de la gestión de la moneda se reducen y el presupuesto de gastos del Estado se recupera para su empleo en el interior.

   No es difícil bosquejar, a partir de lo expuesto, un mecanismo que complemente a este segundo grupo de acuerdos.

     Primero, el Estado transfiere activos productivos suyos a los tenedores privados de la deuda pública interna, para reducir o eliminar ésta, en particular la del IESS. Segundo, el Estado, una vez hecho lo anterior, emitirá nueva deuda pública interna, a tasa de interés cero, para tomar la RMI, ya reconstituida en el Banco Central, y usarla lo más ampliamente posible en su desendeudamiento con el exterior. Y, tercero, el Estado podrá redimir los bonos emitidos con superávits fiscales futuros, tomándose el tiempo que quiera para pagarlos, aunque no sea necesario hacerlo si la deuda pública interna circula como moneda respaldada por la producción local, y, por lo mismo, los productores se pagan entre sí y los trueques se producen. Y esto es lo único que importa, es lo que la circulación del dinero hace. Será más barato para la Nación que la deuda pública interna alimente de moneda a la circulación interior y no la deuda externa pública que si cobra intereses y que aún con refinanciaciones no deja de tener plazos para su devolución.

     Desdolarizar es aquí un sinónimo de la liberación del Estado y de la economía de la política de ahorrar para pagar. Y es el único modo de reconocer que la Nación ecuatoriana no ha gastado su deuda porque ella circula a través de las manos de todos y es la forma de percibir el por qué la emisión del nuevo sucre ahorraría dinero y dolor. La liquidez interior dejaría de depender del comercio exterior y los resguardos frente a la incertidumbre en el mercado mundial se recuperarían, segura y paulatinamente, con los superávits de exportación futuros.      

  El tercer grupo de acuerdos apunta en general a lograr que los préstamos e inversiones externas funcionen como razón de acumulación, y, simultáneamente, para todos los que estén involucrados. Los pasos a desarrollar, proseguimos, serían los siguientes:

     Primero, elevar a norma constitucional y por disposición expresa la prohibición de formar deudas externas y sólo admitir, sin restricción alguna, la contratación de créditos externos para impulsar negocios y mercados de exportación y otros emprendimientos que permitan reducir el gasto en importaciones y pagar los créditos contratados con los ahorros y superávits generados. Segundo, por disposición expresa se prohibirán las inversiones externas que al usufructuar el mercado interior tengan una balanza comercial negativa. Tercero, el Estado desarrollará programas y planes para comprar las inversiones externas que extraigan sus beneficios del mercado exterior y/o desarrollará un proceso de desinversiones para erradicarlas y contribuir a garantizar el poder adquisitivo del nuevo sucre. Cuarta, el Estado utilizará la vía diplomática para impulsar la capacidad de exportación del país mediante acuerdos estatales que formen mercados y que contribuyan a que retornen los fondos depositados en el exterior. Quinto, todo gasto estatal, que no sea de inversión, se financiará con los ingresos tributarios exclusivamente. Sexto, no se atenderá lo que se nombra como deuda social con deuda externa, ello no forma desarrollo. Y, séptimo, la Contraloría General del Estado, deberá investigar los usos en el exterior de la parte de la RMI que hoy centralizan los Bancos, esto por ser fondos originados en la deuda pública externa los que alimentan la circulación interior del dólar y por la posibilidad de tener un mayor potencial para su reducción si en ello hubiere un latrocinio nativo.

   Este tercer grupo de condiciones aluden al uso del ahorro externo como fuente de enriquecimiento de la nación y a la expansión de su RMI para mejorar la cobertura frente a las vicisitudes de las relaciones internacionales, algo que su empleo en la circulación interior y su abastecimiento a través del endeudamiento externo no hacen. Las medidas apuntan también a proteger la calidad de la nueva moneda nacional, resguardándola de las devaluaciones monetarias.

     Prestar para invertir, producir, exportar y pagar, es un ciclo virtuoso; síntoma de que los préstamos, de seguir estas pautas, se contratarán sólo para producir exportaciones y mercados externos. Otro tanto sucederá si se recepta inversión externa bajo las mismas condiciones. Prestar y/o recoger inversión externa para producir, vender en el mercado interior, pagar y/o repatriar capitales y remesar utilidades, sería otro ciclo virtuoso si, y sólo si, las inversiones así financiadas, por reducir el gasto en importaciones, forman el suficiente ahorro interno de divisas para pagar los créditos y/o retornar las inversiones y los beneficios que las motiven. Hablamos de círculos virtuosos por no crear déficit comercial y/o por disminuir el superávit importador. El efecto observable, por aquello de que los precios unitarios son mayores a los costes unitarios, expresan, como negocios de exportación, aumentos de la RMI, el requisito general para asegurar la calidad de la moneda y la fijeza del tipo de cambio. El mismo resultado se generará si se sustituyen producciones para el interior que tengan un gasto en importaciones mayor por otras que presenten gastos de importación menores.

     Todo préstamo externo o inversión externa directa debe sujetarse a satisfacer estas demandas, la de gestar superávit comercial o, al menos, reducir superávits de importación. El Ecuador no necesita préstamos e inversiones externas que drenen la liquidez interior y disminuyan la RMI. Más bien exige que la acción de prestar, gastar y cobrar impuestos para pagar con intereses alude al tipo de préstamos y ciclos de deuda que deben abolirse y prohibirse. Y también apunta a que no se necesita tener inversiones externas que sean usufructuarias del mercado interior y que no reduzcan el gasto en importaciones en otras áreas de la economía, a modo de compensación de su propio déficit comercial. Apelamos aquí a que el carácter general de las relaciones internacionales del país sea compatible con la conservación de la calidad de la moneda; lo mismo podría decirse de toda inversión de los empresarios nacionales que usen divisas, salvo las excepciones que sean deseables, como las relativas a la seguridad y soberanía alimentaria, por ejemplo.

   El resto y último conjunto de medidas, que forman el cuarto grupo de acuerdos, tienen que ver, finalmente, con la Banca, con la abolición de su cuerpo de reserva fraccionaria y todo lo que ello conlleva; premisa a la cual, por lo demás, debe sujetarse todo proceso de extensión de la no circulación  del dinero físico.

     Primera, la Banca existente se fraccionará en dos estructuras, separadas y patrimonialmente independientes. Una se configurará, exclusivamente, como Banca de depósitos y constituirá la expresión institucional del sistema de pagos de la economía. Y, la otra, formará el sistema de ahorro e inversión, estructura que sólo podrá financiar inversiones hasta por la magnitud de los ahorros efectivamente captados por ella, sea mediante concesión de préstamos y/o por la participación directa de los ahorristas como inversionistas, en cuyo caso los asesorará y cobrará por sus servicios. Segunda, el exceso de inversiones será considerado delito. Tercera, la Banca de depósitos se someterá a un encaje del 100%, la de ahorro-inversión no lo requiere, su límite lo constituye únicamente el ahorro captado. Cuarta, los ahorros en el sistema se pactarán a plazos definidos. Quinta, el IEES será parte del sistema de Ahorro-Inversión, por sus propios derechos como persona jurídica que tiene patrimonio privado, distinto del presupuesto del Estado y de otros agentes privados. Sexta, el IESS podrá adquirir bonos emitidos por el sector productivo, privado o público, o podrá tener sus propias inversiones productivas bajo la forma de alianzas público-privadas o por sí mismo de manera independiente. Séptima, se formará un mercado secundario en el que podrán venderse las participaciones y préstamos para inversiones cuando sus titulares demanden recuperar la liquidez comprometida en ellos y no puedan aguardar el retorno de las inversiones o el vencimiento de los plazos de los préstamos. Octavo, este mercado será parte subsidiaria del sistema de ahorro-inversión. Novena, el crédito de consumo solo podrá ser concedido por las empresas comerciales, a muy bajas tasas de interés para estimular el consumo interno y facilitar sus pagos. Novena, el Banco Central recuperará su capacidad de emisión. Décimo, el Instituto Emisor podrá emitir con cargo a la producción futura, pública y privada, conforme a los planes de producción en curso, a plazos cortos que ajusten entre sí los distintos tiempos y fechas naturales de la producción social, emisiones que se recuperarán una vez vencidos esos plazos.  Décimo primera, el Banco Central también podrá emitir a plazos largos para formar activos internos de interés para el país, activos que al amortizarse le permitirán al Banco central recuperar las emisiones que los formaron. Décimo segunda, se prohibirá toda emisión que no forme activos productivos y/o geste producción real; la tasa de interés por la emisión será cero. Hablamos aquí de emisiones de moneda que adoptan la forma de créditos. Por tanto, son reembolsables al arribar a los plazos pactados y/o a medida que los activos creados con ellas se consuman. Décima tercera, el Banco Central efectuará las emisiones de moneda nacional necesarias para atender las operaciones de la balanza de pagos. Décimo cuarta, se prohíben las exportaciones de oro; la extracción de oro sustentará emisiones de moneda que sirvan para respaldar toda posibilidad de que el Ecuador pueda extender la circulación de su moneda al mercado mundial. Décimo quinta, la Banca de depósitos enlazará a todo el sistema. Los créditos por emisión de moneda fluirán hacia la Banca de depósitos y también lo harán los fondos adjudicados por el sistema de ahorro-inversión para la financiación de las inversiones productivas. Décimo sexta, la emisión de dinero electrónico y usos de tarjetas de débito y de crédito se limitarán, exclusivamente, a los fondos receptados por la Banca de depósitos. Décimo séptima, sólo el Banco Central podrá convertir los depósitos captados por la Banca de depósitos a formato electrónico y a petición expresa de sus titulares. Décimo octava, los fondos que estén en formato electrónico, y provenientes del sistema de pagos, se aceptarán por el sistema de ahorro- inversión, bajo el completo conocimiento del Banco central. Décimo novena, se mantendrá la circulación del dinero físico en la magnitud que el público desee. Vigésima, la Banca de depósitos cobrará por los servicios que ofrezca a sus clientes, incluido el de custodia de depósitos. Y, vigésima primera, los clientes del sistema de ahorro inversión, con la asesoría del caso, decidirán a qué áreas de la producción social desean que la Banca de Inversión coloquen sus ahorros, decisiones que no serán tomadas por la dirigencia financiera.

   Este cuarto grupo de acuerdos garantiza, primero, que no existan inflaciones de moneda ni exceso de créditos, segundo, independiza enteramente el sistema de pagos del azar inherente a los préstamos e inversiones, lo protege de las potenciales fallas de las inversiones en curso y de las quiebras de empresas que les sean inherentes, tercero, reconfigura a la Banca, bajo el sistema de ahorro-inversión,  como empresas de servicios, de asesoría de inversiones y de auténticos intermediarios financieros y, cuarto, haría factible que el desarrollo de la productividad del trabajo, al no existir inflaciones de moneda, se exprese como deflación de precios, cuestión que abre paso a la abolición de la tasa de interés como razón de acumulación.

  A precios menores se puede transar una producción físicamente mayor con un mismo volumen de dinero en circulación; y quién ahorra verá elevar su poder adquisitivo sin necesidad de cobrar tasa de interés alguna. Captar intereses por ahorrar termina siendo sólo otra forma de aumentar a futuro el poder adquisitivo de propiedad de quién lo hace. Pero la deflación de precios es manifiestamente superior. Los créditos pueden ser remunerados a través del sistema de precios cuando las nuevas inversiones formen ganancias de productividad y/o de innovación. Hacer economía se resume en reducir costes, tiempos y precios.

     Aquí concluimos este relato; y queda poco por señalar.

     Las crisis económicas no cuestionan la inmortalidad del dinero en las relaciones de intercambio, él es indestructible en ellas. Más aún, ninguna crisis incinera cantidad alguna de dinero. Otra cosa es que se atesore más en un momento dado respecto a otros y el volumen de dinero en circulación cambie. Pero en sí misma, la institucionalidad del dinero permanece incólume. Y, por lo mismo, no debe extrañar que la Banca desee adquirir esa cualidad para sí, fundirse al dinero y verse como él. Por eso hemos hablado de Banca dolarizada para significar que la piel importa. 1.999-2000, aquí en Ecuador, fue un momento de la formación de ese proceso, La Banca usó la crisis económica como una premisa de su salvataje, pero ahora no está ante un momento o exigencia distinta. Hoy para que la Banca como institucionalidad obtenga, para sí, el estatuto de indestructibilidad del dinero sólo demanda la plena desaparición de la circulación del dinero físico. Que sus clientes puedan solicitar en dinero físico sus depósitos ante sus ventanillas siempre será un riesgo, peligro que minimiza mediante el empleo de las tarjetas de débito y crédito y también a través de las aplicaciones electrónicas. Conducta que, respecto a la segunda fórmula, la nuestra, es totalmente intranscendente. Para ésta la inmortalidad de la Banca se logra con la completa distinción entre Banca de emisión, Banca de depósitos o de custodia de valores y Banca de Ahorro-Inversión, la mejor forma institucional de lograr, con plena transparencia, que las crisis de la producción social no afecten el sistema de pagos. No es otra la finalidad de la desdolarización como proceso en marcha, en una u otra receta. Ganar la pelea para la producción es asegurar, sin trampas, la inviolabilidad del sistema de pagos. No sería poco alcanzar ese resultado dándoles a los productores el total control del sistema financiero organizándolo de la forma que nuestra receta sugiere, desaparecería un gran problema y para todos.

     El punto focal, respecto a esto, y para decidir, es saber que la desdolarización digital no desendeuda al país, lo verdaderamente necesario y exigible. El Estado, con la finalidad de reducir su deuda externa, bien podría emitir bonos para que la Banca privada le transfiera las reservas en divisas que ella centralizaría al máximo con la desaparición de la circulación del dinero físico. Y podemos imaginar que, efectivamente, con renegociaciones exitosas el Estado logra desendeudarse con el exterior en un monto importante, pero, a pesar de esto, no ha pasado nada si la Banca local toma la posta de la Banca foránea y de las Multilaterales, el dogal sería el mismo, es como si no existiese Banca local. Por esto la primera receta no sirve para el desarrollo productivo de la Nación. Veríamos una política de ajuste a favor de la Banca Local, como si fuera Banca extranjera, algo inaudito. Y no es descabellado imaginar que esto sea lo existente pero que no puede ser percibido. Nada impide, lo advertimos antes, que la centralización privada de las divisas que circulan en el interior sirva para sumar deuda externa pública, incesantemente, hasta que la Banca local se apropie del mayor monto posible del Presupuesto del Estado que las condiciones políticas le permitan. La desaparición de la circulación del dinero físico, deviene en su mayor seguro si esas cosas se dan.  Sólo lo que proponemos nos exime de todo peligro, sean reales o los imaginados aquí.

      Liberarse, en verdad, del yugo esclavizante de los farsantes exige cambiar el cuerpo y la piel de la Banca local. Los beneficios de esta mutación son tangibles. Es muy difícil hacer que la política de salud y la educativa sean los pilares de la reorganización total de la producción social del país si el problema de la moneda, profundamente ligado a la estructura institucional que la gestiona, no se resuelve de una vez por todas. Y esto significa que el Estado Ecuatoriano, y todos con él, debemos salir del dólar norteamericano, del Sistema de Banca basada en la reserva fraccionaria y de la deuda externa.

     Alfaro separó al Estado de la Iglesia, ahora toca separarlo de la Banca. El Ecuador debe dejar de ser una zona de sacrificio por ser el paraíso de muy pocos. Y esto se resume en volver a extraer, gracias a la segunda receta, las figuras de nuestros próceres de nuestros bolsillos.

Guayaquil, junio 25 de 2020.

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Investigador de procesos productivos

Por Carlos León Gonzales

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