Por: Alberto Acosta

100 mil fallecidos por el coronavirus en los EEUU, y sus nombres se incorporan en la edición del New York Times del domingo 24 de mayo. Esto impresiona y espeluzna. Y qué decir de la tragedia de millones de habitantes en el resto del mundo empobrecido… ¿este impacto global será realmente interiorizado por las sociedades y sus gobernantes?

Club de Leones

Por ahora, el ritmo frenético de la economía mundial se ha detenido. Las sociedades se encapsulan y precarizan ante la pandemia. Los regímenes políticos se endurecen. Si comprendiera la dimensión del momento, el mundo usaría este respiro para impulsar un cambio de rumbo. Pero no parece que será así. A medida que cae lo viejo, comienza a organizarse un nuevo régimen que, por lo pronto, recupera lo peor de su antecesor… hay algunos indicios que llevan a esta desalentadora conclusión.

Es muy probable que, como sucedió luego de la crisis financiera de 2008-2009 o después de la mal llamada “gripe española” hace 100 años, los poderosos, incluso en complicidad con sus víctimas, deseosas de superar su arresto domiciliario colectivo, vuelvan a las viejas andanzas (y hasta las exacerben). El capital, con “hambres atrasadas”, acelerará el paso; basta ver cómo avanzan los extractivismos en Nuestra América.

Los Estados, en contubernio con los poderes económicos, mejorarán su control y disciplinamiento social usando nuevos esquemas tecnológico-represivos. La tentación del autoritarismo tecnológico chino es enorme. “El gran hermano” de George Orwell, transformado en “el estado tecnototalitario perfecto”, de Franco Berardi Bifo, asoma como algo cada vez más real. Neoliberales y progresistas, no se diga regímenes de tinte fascista, buscan controlar a las masas. Y muchísimos se adaptarán para seguir persiguiendo perversamente la promesa -incumplible- del progreso, del desarrollo y del generalizado bienestar, sacrificando a millones de sus propios congéneres y a la Madre Tierra… al menos, hasta la próxima pandemia.

Semejante involución, sin duda, dejará frustración y desesperanza crecientes, sobre todo en sectores populares cada vez más abandonados a la incertidumbre… y así, no sorprenderá que nuevas rebeliones emerjan: rebeliones que, si no se replantean a la nueva época, pueden volverse autodestructivas y acrecentar aún más el poder de sus adversarios.

Sin minimizar lo complejo del momento y las amenazas que se ciernen, hay espacio para el optimismo. Basta ver la solidaridad desde las comunidades indígenas y desde la redes barriales, desde muchos grupos tradicionalmente marginados, sobre todo de las mujeres, las que desde su Parlamento popular, están conscientes que la apuesta es colectiva para organizar la esperanza y transformarlo todo, por lo que “exigen cuidados para el pueblo, cuidados para la vida, salud y dignidad”, concluyendo que “en el sonido de las cacerolas (de protesta NdA) de estos días, se oye como eco… solo el pueblo salva al pueblo”.-

+ posts

Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Candidato a la Presidencia de la República del Ecuador (2012-2013). Compañero de lucha de los movimientos sociales.

Por Alberto Acosta

Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Candidato a la Presidencia de la República del Ecuador (2012-2013). Compañero de lucha de los movimientos sociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *