Mural "Solidaridad" Centro de Lima

Por: Natalia Sierra

La crisis sanitaria provocada por el COVID 19, debida a la alta contagiosidad del mismo, obligó a contenerla con medidas rígidas de confinamiento y aislamiento social, que a su vez anuncian la peor crisis económica del último siglo, comparable o aún más graves que la recesión del año  29 del siglo pasado. El escenario de la pandemia nos enfrentamos a la contradicción salud o economía, un antagonismo que al parecer no tiene salida, pues la opción salud nos ayuda hoy a bajar el número de muertos por COVID, pero nos enfrenta a un escenario económico futuro inmediato en el cual los muertos que hoy evitamos vendrán aumentados por hambre y enfermedades, ligadas al empobrecimiento mundial de las poblaciones. Vale decir que antes de esta emergencia las muertes por otras enfermedades  y por hambre en los sures globales ya eran muchísimo más que las reportadas por este nuevo virus. Lo que quiere decir que si esos sures crecen y se empobrece la mortandad ser incalculable.

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Es importante decir que esta contradicción salud/economía no es absoluta ni inevitable, a no ser en el marco de las coordenadas del capitalismo y específicamente en su época de globalización neoliberal. Si nos ubicamos por fuera de esas coordenadas no hay contradicción y tampoco el futuro de enmiseramiento social anunciado por la caída económica. Intento en las líneas que siguen exponer las razones que niegan el discurso oficial que propagandiza esta contradicción como inevitable. 

Sin salirse del marco del capitalismo, solo alejándose un poco de la receta neoliberal, ya algunos Estados ricos hablan de asumir los costos económicos  del confinamiento para sostener algunas empresas y con ello los empleos,  para que la crisis económica no sea tan fuerte. Están debatiendo nacionalizar empresas e incluso Alemania habla de la posibilidad de estatizarlas. Una intervención desde el Estado para sostener el sistema capitalista, que como siempre implicará transferir capital social al mundo privado, pero quizá con mayor control, planificación  y protagonismo del Estado que lo que el neoliberalismo propone. Los países del norte que han acumulado y concentrado mucha de la riqueza mundial, podrán hacer maniobras dentro de las coordenadas capitalistas para sostener su sistema. Es posible, también, que su plan vaya por la radicalización neoliberal y decidan acabar con  las pequeñas y medianas empresas y promover una mayor y casi absoluta concentración de capital en grandes corporaciones “sobrevivientes” de la debacle y, así, empobrecer a sus sociedades. Esta opción tendría consecuencias sociales que quizás no las quieran para sus países, a no ser que estén definitivamente dispuestos a abandonar su democracia y acogerse a una gubernamentalidad abiertamente autoritaria.

En el caso de los países del sur, específicamente los de América latina y particularmente el Ecuador, el futuro en el marco del capitalismo anuncia un  proceso de enmiseramiento radical y creciente  de la población ya empobrecida. Las consecuencias de esta crisis económica para nuestros pueblos es una fatal lumpenización extendida de gran parte de la población y, con ello, el crecimiento de enfermedades, muerte, violencia de todo tipo, destrucción social, corrupción aumentada a todo nivel, miedo, angustia, crecimiento del crimen organizado, etc. Es decir un panorama realmente apocalíptico. Está claro que en los países pobres no hay capital acumulado para enfrentar esta crisis, pues todo se lo han extraído y repartido entre los gobiernos y las corporaciones nacionales e internacionales, dejando al Estado en bancarrota. Tampoco tenemos gobiernos mínimamente coherentes que piensen siquiera en tomar medidas como las de estatizar las empresas; todo lo contrario ahora quieren vender las pocas que quedan, ampliar el extractivismo y seguir destruyendo la naturaleza y saqueando los bienes sociales y naturales  hasta que no quede nada.

La única alternativa que tenemos los pueblos del sur global para evitar nuestra catástrofe social y ecológica es salir de las coordenadas del capitalismo y sus horizontes ideológicos que han creado esta crisis y que además han condenado a la humanidad a su destrucción, sobre todo a los pueblos del sur. Con un Estado en quiebra económica, tenemos que exigir la socialización del capital de la banca privada e inyectarlo en la sociedad y reactivar la pequeña y mediana producción comunitaria, colectiva y familiar, dando prioridad a lo esencial para la vida. Esto es, garantizar alimentación sana, salud, educación y vivienda para toda la población. Equilibrar la vida social con un sistema solidario que nivele los ingresos de la población -bajar los salarios a los que gana más y subir a los que gana menos-; ampliar los empleos desconcentrando la producción y la comercialización de productos; socializar las tierras y dar incentivos a la población para los que están trabajando en el campo y para los y las que quieran regresar a él. Bajar el nivel de consumo de cosas innecesarias  y contaminantes, promover el uso de medios de transporte limpio como la bicicleta que ya están proponiendo en muchos países europeos.

Estas alternativas borrará a los grupos de poder económico, sobre todo a los bancos y grandes corporaciones, “empobrecerá” a los sectores de las clases medias altas pero evitará la enmiseración de la mayoría de la población y con ello el desate de la destrucción social y su caída en la barbarie o peor aún en el salvajismo. Tendremos una vida más lenta, con menos cosas innecesarias, con menos viajes de ciertas élites, con menos globalización y más “glocalización”, más pacificación, más naturaleza sana, más ética y sobre todo más comunidad donde protegernos.

Esta crisis sanitaria nos abre dos caminos, estos si antagónicos. 1. Regresamos a la normalidad afirmada, estos es: más dependencia al salvaje mercado internacional y a sus perversos juegos económico-políticos, más destrucción de la naturaleza, los territorios, los pueblos y las otras especies animales; incremento exponencial de la violencia política, social e ideológica; más femicidios, genocidios, enfermedades, desempleo, muerte, migraciones forzadas, crimen organizado; más capitalismo salvaje que nos torture lentamente hasta que llegue otro virus y termine con la humanidad. 2. Salir del capitalismo y empezar a construir una vida comunitaria, más sencilla, más solidaria, más local, más pacífica que vaya curando las heridas dejadas por la violencia del capital en nuestros territorios, en nuestros cuerpos, en nuestra vida. Una vida comunitaria que nos cuide, que cuide a las otras especies animales que cohabitan con nosotros y nosotras y que cuide a este planeta donde nos hospedamos para tener un hogar.

Los más no tenemos elección, o transitamos hacia la vida comunitaria o perecemos. No  tenemos el capital robado y acumulado para hacer fortalezas, muros, bunkers o salir al espacio como los pequeños grupos de poder mundial, causantes de este caos, que ahora se esconden en sus madrigueras tecnológicas para protegerse del cambio climático, de los virus y sobre todo  de nosotros y nosotras las multitudes empobrecidas. Solo tenemos un camino construir nuestra arcas comunitarias para navegar por las virulentas aguas de la  caída del monstruo capitalista colonial y patriarcal, y asegura la semilla de la nueva humanidad.  

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