Por: Carlos León González

No invocamos ni discutimos aquí las razones de Friedrich Hayek para llamar así a uno de sus trabajos. Sólo hablaremos de otros motivos o comprensiones que nos descubren, como nación, andares múltiples en esa misma dirección; para muestra, algunos botones.

Club de Leones

     Primero, hace poco, un ex-ministro del gobierno anterior, a propósito de la gravedad de la situación actual, en carta abierta a la embajadora Ivonne Baki, le solicitó convencer al presidente Trump y al Congreso norteamericano de que EE. UU. vote a favor de la emisión de 3 billones en DEG por parte de la Junta de Gobernadores del FMI. En el imaginario de este ex-funcionario, si la señora embajadora lograse ese cometido, Ecuador recibiría el equivalente de 6.200 millones de dólares y ella, y con toda seguridad también el ex-ministro, habrían cumplido con la historia en beneficio de todos los países del Sur, incluido el nuestro.

   No diremos que este pedido es inoportuno e improbable, pero por el sólo hecho de aparecer, señalamos, es un indicador de que no tenemos como país algún grado de control sobre nuestro destino, ni siquiera a corto plazo. Deja entrever un orden mundial de rogativas internacionales, sin la celeridad requerida para haber ahorrado muertes, no sólo en Ecuador, y que subordina a muchos Estados a las decisiones de unos pocos.

    Segundo, es un discurso que lleva varias décadas el referido a la necesidad y urgencia, cada vez mayor, de pagar la deuda social, una manera reconocer y nombrar estados de carencia real que afectan a gran parte de la población del país, y que se empezaron a visibilizar con lo que el INEC llamó necesidades básicas insatisfechas. Relato que permitió obrar en consecuencia y con intensidades diversas.

     Pero la expresión deuda social, que designa a un Estado deudor y a un pueblo acreedor, exige un escrutinio. Un acreedor bueno, que no exige intereses y menos recargos por mora ante atrasos en los pagos, que permite que el nivel de la deuda que es exigible suba y, sobre todo, que no demanda plazos de pago. Un acreedor que pacientemente espera a costa de su bienestar que el Estado deudor ahorre para poder pagar, aunque también sea posible endeudarse para hacerlo. No hay más que 2 vías de pago. Si se asume la primera, bien, no habría nada que decir, un Estado responsable optaría por esa vía, es la única forma verdadera de pago.  La segunda no lo es y cambia muchas cosas. El pueblo acreedor se convierte en pueblo deudor, a través de su Estado, ante los capitales financieros internacionales, quiénes necesitan engendrar deudas y deudores para poder formar y recibir sus beneficios; ellos si tienen plazos, si cobran intereses en forma directamente proporcional al riesgo de pago y sí disponen de una política para asegurar que el Estado deudor ahorre para hacer los pagos, aún a costa de reducir gastos vitales para el bienestar y desarrollo de las poblaciones.

     Nadie podrá decir que los gastos de uno en su consumo personal representan inversiones en sí mismo; más exacto es señalar que las deudas externas contratadas para pagar la deuda social representan inversiones sólo para los capitales financieros internacionales que las conceden, y nunca para el Estado deudor que aunque gaste con utilidad social esos recursos no los invierte. Ningún gasto de consumo o corriente retorna con ganancia para quiénes los hacen, sean individuos o Estados. Llamar inversiones al gasto es hablar en representación de quiénes los financian.

     Tercero, las deudas son aquello que, a partir de 1975, nos configura como Estado y la falta de moneda propia también, pero desde el año 2.000.

     No es difícil conjeturar lo que hará un general victorioso al tomar un Estado: emitirá su propia moneda; mayor garantía de control que ese, no hay, y siempre se estará supeditado a la voluntad emisora de quién tomó el Estado. Y, si pensamos en la dolarización, en la decisión política de una sociedad que se subordina al uso de una moneda ajena que no puede emitir, la situación no es diferente a lo que conjeturamos.  Esto no sólo explica el pedido del ex-ministro al que nos referimos, también fundamenta la sinceridad de un ex-presidente del Ecuador dolarizado quién señaló que aquél que tenga el control de la moneda de un país podrá reírse de quiénes hagan sus leyes. Reconocimiento que clarifica, y mucho, el imaginario de dejar de pensar en las islas galápagos como las islas encantadas y empezar a verlas como un portaaviones natural que no está en nuestras manos.

     La deuda externa volvió a resurgir, como un acto mágico, en nombre de la posibilidad y necesidad de traer el mañana al presente y de prisa. ¿Para qué esperar, se dijo, si el mundo está repleto de liquidez y si el pueblo acreedor ha esperado demasiado para recibir sus pagos? Acaso, ¿nunca se pensó en el riesgo de lograr que retorne el pasado al presente?, lo que efectivamente sucedió. O, ¿fue ese el verdadero interés de la representación política, inclinación imposible de confesar, o la crónica de un destino anunciado y derivable del comportamiento estructural de la economía del país, inmodificado pese a a asesinar a su propia moneda? Basta una respuesta para responder a todas estas preguntas.

     Lo cierto es que un país sin moneda propia demanda formar superávits de exportación para abastecer su circulación interior y formar crecimiento económico. Y no es lo que ha sucedido. 20 años después el balance es negativo, hay superávit importador y no exportador. Y, sin embargo, la producción creció y el volumen de dinero en circulación también se expandió. El endeudamiento externo explica el “milagro”. Ecuador paga intereses a los capitales financieros internacionales por alimentar de dólares a su circulación interior y conservar su dolarización. Más aún, la deuda externa es, en última instancia, la vía que permite el egreso de capitales, una salida que el ISD no frena y que legitima; extracciones que no nos remiten a ninguna precipitada fuga de capitales, salidas que, en estricto rigor, llevan más de 10 años. No se llevan al exterior 27.000 millones de dólares de la noche a la mañana.

     Cuarto, lo referido dice mucho de lo que aún es hoy el Ecuador; un área de extracción de liquidez, y, para peor, un espacio de mayor endeudamiento externo para sustentar una paulatina y segura transferencia de liquidez al exterior. No decimos con esto que hay ecuatorianos enemigos de su país, pero sí que existe la necesidad de esclarecer, bajo la propiedad privada, hasta que punto el patrimonio privado, que representa una parte importante del ahorro de la nación, pueda manejarse de manera no subordinada al interés productivo y de desarrollo del país.

     Mientras una gran parte del endeudamiento externo público, poco a poco, se transforma en patrimonio privado y sale del país, el Estado ecuatoriano, también, poco a poco, va transfiriendo su presupuesto a los capitales financieros internacionales. No puede ser mayor la hipocresía inherente a toda demanda de inversión externa si los mismos ecuatorianos no reinvierten y exportan sus capitales. Covid 19 no crea esta conducta, sólo la intensifica.

    Podemos imaginar que el dinero que sale, no por la desconfianza empresarial en la Banca local, sino por la certeza de tener los depósitos en un país cuyo Estado si puede emitir para salvar a sus bancos y que no requiere cobrar impuestos para atender sus emergencias o a su propia deuda pública.

     Y, quinto, vale decir que no estamos ante un Estado ausente, pero sí ante un Estado que ha dejado de ser nuestro y que sigue sin serlo; un Estado que incapacita para actuar como la situación amerita y con prontitud frente al desarrollo y a las demandas de su población. El recorte del presupuesto de las Universidades va en esa dirección. No es la salud y menos la educación, las estrellas que conduzcan la política económica y el desarrollo productivo; la deuda es primero.

   La pregunta surge y es desgarradora: ¿Pueblo del Ecuador, donde estás?

     Hayek configuro su camino a la servidumbre al pensar en la inviabilidad de la planificación ante la imposibilidad física de que unos pocos puedan efectuar con eficiencia el cálculo económico referido a una sociedad entera; acá este mismo camino lo bosquejamos, pero bajo el karma de existir en un Estado que nuevamente ha dejado de representarnos como Nación.

Guayaquil, Mayo 2 de 2020.

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