Por Comuna

Compañera María conocimos de tus luchas infatigables, de tu indignación ante los atropellos del poder;  conocimos de tu compromiso irrenunciable con las luchas de los pueblos, de tu ira por la la corrupción estatal que devasta la riqueza común. Conocimos tu pensamiento siempre indagando trayectorias distintas para construir caminos de liberación y justicia. Sentimos tu fuerza alegre que nos convocaba a seguir por estos caminos de las utopías posibles. Compartimos tus risas cuando sentías que nuestras imaginaciones y acciones políticas caminaban, solo caminaba pausadas pero seguras.   

Club de Leones

Querida María, nuestra María, nuestra compañera estarás siempre en nuestros corazones rojos, en nuestra piel púrpura, en nuestro pensamiento arcoíris. Seguirás caminando con nosotros y nosotras en este sueño compartido de que la justicia y la libertad habite nuestros mundos. Tu sonrisa y tu locura morarán para siempre nuestras locuras, nuestros deseos, nuestros imposibles anhelados. Tu espíritu rebelde y al mismo tiempo calmo y cálido nos seguirá interpelando para no detenernos en ningún privilegio, en ninguna vanidad, en ningún llamado del poder. En este 1 de mayo de tu hasta pronto queremos que tu viaje sea acompañado por todos y todas las compañeras que ya están en el cosmos de las rebeldías, por todo nuestro inmenso cariño y gracias.

Compartimos con ustedes dos de sus escritos.


LA PLAYA 

Por María Arboleda 

Ese medio día, Clara se convenció de que el pequeño bosquecito detrás de su casa se había achicado. No había caminado 50 varas, y sin aviso, dió de narices con aquella bella pradera dorada que nunca había visto.

Se desconcertó.

Los dichos de su madre la paralizaron. Nunca te metas en lugares que no conoces, no camines sola por sitios solitarios, quédate siempre en el terreno de nuestra propiedad. El eco de aquella voz apresurada era el que usaba su madre cuando sabía que había perdido la batalla y que, pasara lo que pasara, jamás podría retener a aquella niña que inevitablemente siempre hacía lo que le venía en gana. Sin embargo, esta vez Clara pensó en hacerle caso, la hermosa pradera parecía tentación de El Malo, hasta que unas pequeñas florecitas regadas en medio del pasto, vestiditas de rosa no me olvides, celeste jazmín de cielo y violeta africano parecían llamarla.

Solo tomaré unas cuantas, se autorizó, para entrar unos cuantos metros. Apenas había pensado en esto cuando vió a las flores titilar. Al acercarse encontró pequeñas mariposas blancas transparentes, posadas en las ramitas de las flores, terminando de secar sus alas. La presencia de Clara hizo volar a las mariposas que ya estaban listas. Al comienzo solo eran unas cuantas de vestiditos largos, volando en torno a su cabeza. Recordó que eran efímeras y atribuyó a su corta vida el que fueran tan bellas.

De pronto, centenas de mariposas volaban como si la pradera hubiera estado esperando para parirlas el que Clara se acercara. Torbellinos de gentiles mariposas cruzaban el cielo como ráfagas de luz. Estaba mirando hacia arriba cuando advirtió que el cielo se preparaba para el ocaso, mostrando desde el cenit tintes de celeste, violeta, lila y rosado que unas pocas horas después se volverían llamas intensas bordando el horizonte.

Sintió que debía apurarse. La cercaba la Noche.

Tras caminar unas ciento cincuenta varas dentro de la pradera y lejos del bosque, escuchó un rumor lejano, apagado, como torrentes de agua justo abajo del sitio en que la pradera terminaba, unas doscientas varas más adelante, formando un acantilado. Conforme el sol caminaba, la luz había empezado a condensarse en ese borde y al llegar allí confirmó lo que ya sabía, el ruido era el Mar.

Desde muy niña, su padre le había enseñado a amar el mar y gran parte de sus mejores recuerdos venían de nadar en sus aguas y jugar en todo tipo de arenas secas y mojadas. Pero nunca había visto un mar como aquel que titilaba bajo el acantilado, tan tranquilo, de un azul tan enigmático, tan superficial y tan profundo, que resultaba imposible de decir si la playa entraba recta bajo las aguas o caía inmediatamente en picado.

Aquella bahía era pequeña pero a Clara le pareció inmensa. Al fijar desde arriba la vista en la arena ocre, gris y dorada, creyó ver unas curiosas caracolas al borde del agua. Parecían grandes y al mismo tiempo pequeñas. ¿Eran caracolas o muñecas?. Pronto lo decidió: eran muñecas de concha, madreperla, lapizlázuli y coral. ¿Cómo podría llegar hasta ellas, si estaba parada al borde del inmenso acantilado? Si se tiraba, terminaría aplastada en las rocas del fondo, el abismo tenía como 30 varas de alto.

Se dijo que, ya que nada malo había pasado, nada malo le iba a suceder. Tomó vuelo unas diez varas y tratando de no pensar en nada, se lanzó a la playa. El estómago se le pegó a la columna vertebral y cuando el miedo estaba a punto de diluirle los huesos, abrió los ojos y se encontró bajando lentamente por el aire y siendo depositada con total gentileza sobre la arena.

Clara no se preocupó en preguntarse cómo había ocurrido aquello, corrió al filo del agua donde resposaban las muñecas, preciosamente talladas, brillando en tonalidades rosa, oro, lapizlázuli y empaquetadas como bebés indígenas, de una calidad tal que la arena no podía pegárseles. Sabía que solo podría llevarse unas pocas de regreso y estaba tratando de decidir cuáles de aquellas serían, cada una más linda que la otra, cuando vio con sorpresa que todas las muñecas se incorporaban, se colocaban de cara al mar y vibraban con un leve temblor, tal como lo habían hecho las flores antes de que aparecieran las mariposas.

Miró hacia el mar en la misma dirección que las muñecas y advirtió en el horizonte una pared brillante que sobresalía del agua tocada ahora por la luz del sol poniente. Su madre había vivido un maremoto cuando era niña y le había advertido: ¡cuando veas una pared de agua sobre el mar, escapa! Es un maremoto! 

Clara quedó paralizada al borde del agua mientras sus pies se hundían cada vez más en la arena. Conforme aquella pared líquida se acercaba, el ruido de las olas pareció atenuarse y así fue como escuchó el canto alegre y dulce que las muñecas entonaban con unas vocecitas como flautas de bambú y er hu, el violín chino de dos cuerdas. Todo el mar se suspendió y Clara recordó que su madre le había advertido: Huye de la calma chicha, no hay nada peor que la mar en calma, de la calma nace el maremoto.

Con el corazón traspasado, Clara estaba a punto de rendirse a la próxima e inevitable muerte, iba a tirarse al mar con los brazos abiertos hacia delante. Algo la detuvo. De la líquida pared habían empezado a desprenderse hermosas formas y luces y pronto un sinúmero de seres transparentes, vestidos con las más brillantes sedas, en tonos madreperla, lapizlázuli, coral, dorado emperador, rosa emperatriz, verde, blanco y nácar, avanzaron sobre el agua suspendidos sobre palanquines confeccionados con el encaje de platino de las Espumas del Mar.

Aquellos seres, hombres y mujeres, tenían rostros tersos y sonrientes, iban ornados con diademas llenas de sutiles gemas sobre sus perfectos peinados, eran guerreros, ministros, escribanos, porteadores, secretarios, tesoreros, cantantes, bailarinas, hadas, músicas, sanadoras, poetas, cada uno más hermoso y perfecto que el otro.  El séquito lo presidía la magnificente y bellísima Diosa Luna que llegaba para sustituir al Dios Sol que, atrás, púdicamente, se ocultaba.

Clara vio cómo empezaron a cantar y sonreírle larga y dulcemente. Esas sonrisas fueron para ella como el abrazo más dulce.  Cuando estiró los brazos hacia ellos, sus palanquines empezaron a fundirse con la espuma marina, y las figuras entraron en el agua, de pie, tal como habían llegado, con etéra gentileza, hasta que desaparecieron completamente a unas veinte varas del borde del agua. 

Clara iba a correr para entrar al agua profunda y buscarlos, cuando vió que pequeñas olas a filo de playa, arrojaban un séquito completo de muñecas tornasoladas que inmediatamente se puso a recoger.

En memoria de Butterfly Lovers 梁祝 

Guo Gan &l’orchestre philharmonique Paris Beijing – 2012

             Quito, 9 de junio de 2019. Segunda versión.


EL ÁNGEL EN EL AEROPUERTO

Era mediados los años 80 y Clara aún estaba en la mitad de sus treintas. Había empezado a llegar muy temprano al aeropuerto cada vez que viajaba fuera del país y, por aquella época, esto sucedía entre 8 y 10 veces por año. La atormentaba en la vigilia la angustia de una pesadilla. El asunto era sencillo pero irresoluble. Salía de su casa a tiempo. Al llegar al peaje de Monjas, no tenía su pasaporte. O no tenía su pasaje. O había olvidado, encima de la mesa de noche, la vacuna contra la fiebre amarilla. Eran tiempos de todo físico. No internet ni celulares. Todo físico. Nada fuera del cuerpo, ni dentro del cuerpo en realidad, apenas la cáscara de la carne en todo se manifestaba. No portar identidad, ticket de viaje o el cartón amarillo diluido que garantizaba no tener riesgo de contagiar a nadie, pagada con sonrisa y coima barata, la tenía anulada.  Volver a casa era imposible. Debía bajar al Trébol, dar la vuelta, subir al peaje y volver a bajar al Valle. Al menos cuarenta minutos si la cola en el peaje no aumentaba. Y necesitaría sesenta para llegar al aeropuerto. Seguro perdía el vuelo.

Al inicio despertaba con la cara bañada en rocío de sudor. Una capa de vapor finísima que en 30 segundos se condensaba en líquido. Luego despertaba también con el cuello mojado y después, todo el centro del pecho, rodeando el corazón. Como dos meses después, cuando despertaba, tenía mojada la camisa del pijama de seda china, la cintura del pantalón donde va el elástico  y debía secarse, ponerse otra prenda. Últimamente, guardaba una toalla y un pijama de repuesto junto a su almohada.

El sueño se hizo realidad en Managua. Y fue entonces cuando conoció al Angel. Nunca supo por qué se sintió tan incorrecta en su presencia, tan impresentable, despeinada, descuajeringada, sudada, contraída, sucia. Avergonzada. Cierto que había hecho una maratón de punta a punta de Managua, por dos veces, en medio del calor líquido que empezada a espesarse. Pero no era físico el sentimiento. Era energético. Se sentía impresentable ante un ser anclado en la estructura de la Divinidad. Se convirtió en Eva, justo cuando Dios la descubre y le increpa:

  • Mujer ¿qué has hecho?  

Faltaba mucho para que Clara descubriera que esa no era la voz de Dios. 

Era el tercero de los cuatro viajes que debía hacer para la asistencia técnica del Banco Iberoamericano al Instituto de Capacitación Municipal. Esta vez el Banco había enviado desde Washington a María, para que la acompañase. Ellos querían comprobar si era cierto que esta chiquita y extraña mujer, Clara, tenía tanto éxito en sus talleres y en sus actividades. Después del último taller, María le dijo: Les voy a decir que tenés todo en tu cabeza y….dudó….en tu corazón. La última vez que la vio, juró que serían amigas de vida. Clara ya sabía que esas emociones eran vanas. Apenas te subías al avión, generalmente todo había terminado.  Se despidió María con un abrazo cálido cuando terminó la misión. Me escribes! Dijo María. Seguro, dijo ella. Tú también. Se miraron, sonrieron, se fueron. Nada más vano que el corazón humano.  

El último día, liberadas de tareas, habían ido a Boaco. Le sorprendió la cálida semejanza y al mismo tiempo la inmensa distancia de Boaco con su lugar de nacimiento, Manabí, pero sobre todo con Tosagua, la campechana tierra de su abuela que había sido tan agreste,  dulce y acogedora como nadie. En Boaco probó por primera vez  aquellos quesos ahumados que trajo a casa arrastrando, como siempre, kilos de más en su maleta, para que allá, en la andina Quito, no le gustaran a nadie.

También recorrieron los meandros de Ciudad Sandino. Y conversado a risotadas de amores perros con una manada de jóvenes del Frente (renovado), sentados o acostados en la acera, cobijados por las generosas copas de los árboles, a un tris de los cuchilleros y asalta-hembras que, con ellos a su lado, jamás las habrían ofendido ni con la sombra de la mirada.  Ciertamente ayudaba que Daniel y el Pollo dieran vueltas cada cierto tiempo en su desconchado Buick, como quien no quiere la cosa, para chequear que estuvieran seguras. Eran los comandantes, nadie habría osado tocarlas. Allí en la acera, María y Clara, rodeadas de aquella manada de jóvenes hembras y machos de músculos templados, boinas y todo tipo de armas al desgaire, colocados al frente, atrás y a sus costados,  sintieron cómo el privilegio del poder absoluto los rebosaba totalmente en una luminosidad pecaminosa que iluminaba la noche.

En los descansos de su misión, se había topado con Gonzalo Darquea y Mónica Altamirano que también hacían trabajos para el Instituto. El, cariñoso, atento, aún encendida la luz de sus ojos. Mónica como usual, dando lecciones de  protocolo: -No tomes el refresco directamente de la lata, no es fino. No le hizo caso. Le importaba un culo. Ya había dado esas peleas en tiempos de su abuelo.

Encontró otro Gonzalo al que ella había conocido. ¿Por qué no?, se dijo. Algo titubeante.  Le había contado, sólo a ella, la historia que terminó destruyendo su matrimonio, su familia, su salud y su vida. La citó a comer esa noche, con mucha parsimonia. En esto, su aventura no lo había cambiado, los modales vienen de la cuna y nos acompañan incluso en la muerte. ¿Le gustaba este tipo de local, aquella modalidad de comida? Siempre cuidadoso, tal como antes. A poco de llegar, le confesó que esa mañana lo había decidido:

–  Si Clara dice Dios en algún momento, le cuento.

Y a media mañana, en el descanso del café, ella había pronunciado el nombre de Dios. Se le había pegado el ¡Dios Mío! de su madre y al contarle a Gonzalo sus anécdotas de viaje, había pronunciado el nombre sagrado.

La historia de Gonzalo la había dejado en suspenso. Comprendió por qué él parecía caminar sobre algodones, como dudando de todo, apurado como con la urgencia de meter el dedo en la herida de Cristo para decidir si de verdad había regresado de entre los muertos.

A ella le pasaría algo similar a la mañana siguiente. Había salido muy temprano hacia el aeropuerto de Managua. Su angustia obsesiva compulsiva estaba aplacada. Le habían destinado la camioneta del Instituto y, ya de pana con el conductor, frescaza, confiada, todo bajo control, colocó su delgado portafolio de documentos en una rendija que tenía el asiento delantero junto a la placa de controles. Llegaron al aeropuerto alrededor de la 08h30. Hizo tiempo desayunando. Aún así, el tiempo le sobraba y se paseó por los negocios de turismo, probándose de fantasía todo lo que veía y le gustaba. Solo en su mente, tenía una fatiga tan grande que ni de lejos se habría desabotonado siquiera la camisa. Fue a la librería. Compró el último poemario de XXXXX, la única poeta nicaragüense que le gustaba y después de un largo descanso, se dirigió a la fila de chequeo, totalmente satisfecha.

Allí le cayó el rayo.

Abrió su cartera y no encontró pasaje ni pasaporte. Iba a Washington. La invadió el pánico. De pronto recordó: se habían quedado en su delgado portafolio, escondido en la camioneta. Por complaciente consigo misma, había perdido todo el tiempo que pensó había ganado. Después de mucho correr logró que un viajero le prestase un teléfono. Managua y su aeropuerto eran tan arcaicos. No tenía servicios útiles. En el Instituto, la voz indiferente de una mujer le informó que el chofer “había salido a desayunar” y “ya se iba a devolver”.

Desesperada tomó un taxi y le explicó al chófer, un nica muy joven, su misión: ir al Instituto, encontrar al chofer y regresar…. a tiempo para no perder el avión. El hombre sabía lo que significaba complacer y lo que valía el agradecimiento de una joven mujer extranjera, atravesaron Managua por vías y barrios que nunca habría conocido de otro modo. No lo encontraron en el Instituto, tuvieron que descifrar la dirección, Colonia Tobar, treinta varas al norte del Lago, atrás de la farmacia de Don Benigno, en  una hamaca el  gordo conductor reposaba la siesta posterior al desayuno. Regresaron atropellando semáforos y pateando corazones, incluido el suyo. Sudorosa y despeinada regresó a la fila de chequeo, fue la última antes de que cerraran el vuelo.  Sintió el júbilo y la maravilla del milagro, de la velocidad, de haber sido una sola en comunión con el chofer y su máquina, en una aventura de entrar a la velocidad del sonido que nadie iba a creerle. Todo –finalmente—se ajustaba a la Perfección.

Entonces no lo sabía, pero –Sí!- la Perfección habitaba cerca o dentro de la Imperfección.  

Como una zombi, pasó seguridad. Pasó migración.

Fue tan afortunada que aún le quedaban 10 minutos antes de abordar.  Decidió tomar una cerveza para aplacar el susto, o el calor, o ambos. Con su bandeja, subió a la plataforma de  degustación porque, desde abajo, parecía solitaria. Clara siempre evitaba la gente.

Y fue entonces cuando lo vio.

Nunca supo por qué, en su presencia, se sintió tan incorrecta, impresentable, despeinada, descuajeringada, sudada, contraída, sucia. Se avergonzó. Caminó casi de puntillas intentando que él no se despertase de esa perfecta parsimonia con que comía una pizza. Fue a sentarse dos mesas más allá, no tan cerca como para que la viera, pero no tan lejos como para no poder examinarlo detalladamente.

Jamás logró, incluso ahora, descifrar cuál era el fundamento de su aura perfecta, de la oceánica tranquilidad de esa mirada que lo veía todo y no veía nada, de su impecable y elegante presencia toda vestida en tonos diversos del mismo gris azulado, sobre todo, de esa manera de parecer tan de este mundo y tan de fuera de este mundo.

Clara ha pensado muchas veces que debió acercarse y atravesar con su mano esa especie de niebla azulada que lo cubría enteramente. Comprobar si allí adentro había un traje, y luego un cuerpo. Subir su mano y palpar su rostro. Ese rostro que parecía estar sonriendo pero donde no se podía ubicar el lugar de su sonrisa. Preguntarle si era un alien y si tenía nombre o carnet de identidad. O, incluso, certificado de vacunación. 

Era un Angel, lo decidió mucho después. Después incluso de que Gonzalo hubiera muerto y los hubiera dejado cubiertos con esa sombra nostálgica, culposa, de nunca haberlo acompañado en el desenlace de su historia. De hecho, ella solo lo acompañó hasta su divorcio, el alejamiento de sus hijos…de lejos supo que había desarrollado diabetes, esa enfermedad de la falta de dulzura en la vida. 

Mucho después creyó haber descifrado el enigma, se había convencido que  esa Presencia quizo decirle que no era necesario tanto trajín, correr y agitarse tanto, despeinarse, sudar, sufrir. Que todo era Perfecto incluso en lo Imperfecto, que hay Tiempo dentro del Tiempo y que todo se lograba con algún tipo de artilugio que no era y sí era de este mundo.

Mientras el Angel comía su pizza manejando sus cubiertos casi como si él y todo flotaran sobre la silla y sobre la mesa, no la miraba pero ella se supo descubierta. Nada había que pudiera cubrirla. Desnuda y avergonzada su Alma de mujer que cuidaba a otros y cuidaba su trabajo, pero que no cuidaba de sí misma, no cuidaba el Templo que le fue dado. Pero entonces aún no lo sabía, solo sentía la vergüenza. Mucho después se convenció que esa había sido la amable, temible, incognoscible e insondable presencia de Dios. Mucho después sabría que había sido también la presencia de la Diosa. Y que el lenguaje terrible del Dios / Diosa había sido el del Amor. Total amor que nos desbarranca, nos desarma, nos licúa y nos regresa recompuestos a nosotros mismos.

Mientras atravesaba Managua en vórtice de emociones, Alguien había dispuesto que el Tiempo le fuera amable, que los ciclos le fueran amables, que el circo del mundo le fuera amable. Esa figura transparente y serena que no juzgaba, solo estaba, pero ella era tan impresentable que no podía menos que sentirse juzgada.

  • Mujer ¿qué has hecho?
  • Nada Padre-Madre, Diosa-Dios. Nada. Lo peor es que no he hecho nada. No sé dónde estoy,  no sé qué hora es, qué día es. No sé quién Soy. He despertado y Nada Soy y Nada estoy. 

Esta fue la lección, veinte años después.

A veces se reconoce mota de polvo suspendida en el viento.

Quereza de mosca detrás de la puerta.

Cuando es feliz cree ser el brillo que cabalga el arcoíris, el que llena su pelo cuando lo seca, de cabeza, contra el sol.

Aún se mojan de lágrimas sus ojos cuando lo recuerda porque era el Amor.

Y desde entonces, con su recuerdo, se permite ser feliz.

María Arboleda

1 – 18 de Abril de 2019

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